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Los rojos no usaban sombrero

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Esa quisicosa conocida bajo el nombre de parrilla de programación, convierte a las televisiones generalistas durante el verano en una soez porquería. No se salva ninguna, fatídico entretenimiento para los que no tienen otro.

El colmo este julio lo ha puesto el fuego, en Madrid, Ávila y Castellón, y los muertos de Almería. ¿Alguien da más? Sí, cuando escribo esto, en alguna pocilga catódica ya empieza a ponerse en cuestión a la Unidad Militar de Emergencias (UME), junto con un elogio desmedido del voluntariado de los pueblos… A qué huele eso, muy mal. Nada más acabar la guerra de España, una sombrerería de la calle Montera de Madrid puso un anuncio en prensa, pequeño: “Los rojos no usaban sombrero”. No sabemos si el reclamo supuso un éxito comercial pero su notoriedad publicitaria ha llegado al menos hasta aquí.

Los rojos no usaban sombrero, ni lo usan. Usaron gorras, boinas y otros aderezos populares como el chapiri y sus variantes entre los milicianos de la CNT-FAI, véanse las últimas fotos de Durruti. Con el PCE al alza, se impuso la gorra militar, y así la guerra acabó con nosotros. Las parrillas de televisión actuales huelen a estalinismo rancio, sobre todo las de las televisiones públicas en las comunidades gobernadas por el PP, o semigobernadas, por ejemplo la canaria.

Como no estamos cansados, nos anuncian un nuevo canal para otoño: nos pilla confesados y mayores, bien sabemos que su principal promotor quiere hacer caja, y mucha, como ya hizo en anteriores ocasiones en las que el engañado fue ZP, por cierto. El bálsamo del mester de progresía para engatusar a incautos y ya tenemos nuevo canal, la siete, de caballería o de ingenieros. Cuánto iluso y cuánta acompañante necesaria.

Ocurre que la teórica de la televisión solo le importa a los que estamos un poco en las antecámaras de la misma. Esa ilógica de pertrechar los informativos con toda clase de barbaridades, denuestos y ordinarieces, traerá consecuencias para los irresponsables, y también para alguna de las protagonistas inconscientes de lo efímero de su fama. Me refiero a TVE, claro, para que alguna lectora de derechas me lea al menos un segundo. Allá ella.

Los rojos no usaban sombrero, y seguimos sin hacerlo. En mi caso, ni gorras ni demás tapa cerebros: solo tuve una boina muy de niño, y una gorra militar unos meses. Ambas por obligación. Ambas me quedaban mal y me incomodaban. Las olvidaba en todas partes, sobre todo en las pensiones y demás lugares de incierto vivir. También olvidé una en casa de una novia portuguesa, casi estábamos en Portugal, en Figueirido, Pontevedra, preciosa calle de los vinos por cierto. La portuguesa en cuestión era amiga de la hija del coronel de estado mayor, y menor, con lo cual fui objeto de burlas y asechanzas el resto de mi vida juvenil.

Los rojos no usaban sombrero ni cuando eran rojos solo por asimilación. Los rojos contemporáneos nacimos al encanto y a la belleza del lino cuando aquel otro lema publicitario, “la arruga es bella”, iluminaba la primera de El País a modo de anuncio pequeñito. Aunque no lo parezca, todo sigue vigente, sombreros y arrugas en el círculo del fuego.

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