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Guía de Estambul I: Los tesoros de la Punta del Serrallo

La Basílica de Santa Sofía y los fastuosos palacios de Topkapi son los principales activos del extremo oeste de Sirkeci.

Aquí se amontonan los atractivos monumentales más importantes de la ciudad y las huellas más gloriosas de bizantinos y turcos.

La Basílica de Santa Sofía desde el Parque de Sultanhammet.

La Basílica de Santa Sofía desde el Parque de Sultanhammet.

El extremo oeste de Sirkeci recibe el nombre popular de El Serrallo; y no por casualidad. Esta corrupción latina proviene del turco Saray, que se traduce literalmente como residencia del señor, o palacio. El Serrallo es uno de los lugares más hermosos de Estambul y ubica una de las concentraciones patrimoniales y artísticas más impresionantes del mundo. Ya quisieran muchas ciudades del mundo, presumir, en toda su superficie, de las maravillas del extremos oeste de la orilla europea de la megápolis turca. Santa Sofía, el complejo palaciego de Topkapi, la basílica de Santa Irene, fuentes monumentales o el impresionante Museo Arqueológico de la ciudad son alguno de los atractivos del lugar que Viajar Ahorate recomienda visitar.

Un buen punto para iniciar el paseo por este lugar imponente es el Parque de Sultanahmet, justo en frente a Santa Sofía y junto a la impresionante Cisterna Basílica (Dirección: Yerebatan Alemdar Mah, 1; Tel: (0212) 522 12 59; mail: info@yerebatan.com; Horario: L-V 9.00 – 17.30), un depósito subterráneo de agua de más de 9.800 metros cuadrados formado por una espectacular columnata de 336 piezas traídas de antiguos templos paganos de los alrededores de la ciudad. La cisterna, de 143x65 metros, fue construida por el emperador Justiniano I en época Bizantina (año 532) para abastecer a la ciudad en caso de asedio. Las cámaras de los turistas se centran en la cabeza de la medusa, un capitel con la efigie del monstruo que fue colocado boca abajo para evitar los efectos de su mirada mortífera (VER GUÍA COMPLETA DE ESTAMBUL).

La Basílica de Santa Sofíaes el icono más reconocible de la ciudad (Dirección: Plaza de Santa Sofía (Estambul); Tel: (0212) 522 17 50; Horario: de 15 abril a 31 de septiembre M-D 9.00-19.00; de 1 de octubre a 14 de abril 9.00 – 17.00; Mail: ayasofyamuzesi@kultur.gov.tr; gratis el primer lunes de cada mes). Ayasofía, iglesia de la Santa Sabiduría, mezquita sublime, la magnífica, la maravilla entre las maravillas... La basílica de Santa Sofía, obra cumbre de la arquitectura bizantina, es uno de los símbolos inequívocos de la ciudad de Estambul. Un icono rodeado, a su vez, de multitud de grandes monumentos que nos hablan del pasado glorioso de esta ciudad milenaria.

La primera impresión que se tiene al plantar los pies frente a la Basílica es la de un edificio pesado. Los arquitectos que construyeron el templo tuvieron que ingeniar un sistema de grandes contrafuertes y muros para soportar el peso de la cúpula. Los minaretes ayudan a solventar esta impresión de masa compacta que desaparece cuando se accede al templo. El interior de Santa Sofía está dominado por la enorme cúpula de 31 metros de diámetro y de 55 metros de altura en su punto máximo. Esta enorme semiesfera, única por sus dimensiones hasta el siglo XV, se une a los paramentos verticales del edificio mediante cuerpos triangulares llamados pechinas (las más antiguas del mundo). El espacio queda dividido por un total de 107 columnas (número simbólico), se completa con dos pequeñas naves laterales que soportan las galerías superiores. La mayoría de los capiteles, que cuentan con la intrincada decoración de inspiración vegetal bizantina, incluyen en su iconografía las iniciales del emperador Justiniano y su mujer Teodora. A los pies de la nave izquierda se encuentra la llamada Columna de San Gregorio, famosa por curar dolencias tan dispares como la ceguera, la invalidez o la infertilidad. Para ello basta introducir un dedo en un angosto agujero y esperar el milagro. Las colas suelen ser de impresión.

La reutilización de la basílica como mezquita ha dejado rastros visibles tales como los preciosos pabellones de mármol utilizados por los lectores del Corán o las enormes cisternas de alabastro que servían para que los fieles pudieran cumplir con la obligación ritual de las abluciones. Estas grandes cantimploras blancas fueron donadas por el sultán Murat III en el siglo XVI. Pero la más notable es el mihrab (hueco destinado al Corán orientado hacia La Meca) que se sitúa en el ábside del templo o el precioso minbar desde el que se dirigía la oración de los viernes. Esta zona del interior también cuenta con un soberbio mosaico que representa a la Virgen María con el niño.

Más allá de las impresionantes vistas sobre la enorme nave central y la cúpula, uno de los grandes alicientes de subir las duras rampas (y resbaladizas) de Aya Sofía hasta la segunda planta es poder ver de cerca alguno de los mejores mosaicos que existen en el mundo.

Varios sultanes escogieron los jardines de la basílica (convertida ya en mezquita) para erigir sus fastuosos mausoleos familiares. La entrada al camposanto real se hace desde la calle que da acceso al palacio de Topkapi y es gratuita. Alguno de los santuarios, que son un resumen perfecto de la evolución de la arquitectura otomano son obra del genial Sinán, autor de alguna de las obras maestras que se desparraman por las calles de Estambul. Hay que destacar los ‘türbe’ (mausoleos) de Mehmet III, Selim II y Murat III. Una curiosidad de este espacio fue la reutilización del antiguo Baptisterio cristiano (aún más antiguo que la propia Santa Sofía) como mausoleo de dos sultanes peculiares. Mustafa I y el llamnado Ibrahim el loco, famoso por sus borracheras y orgías.

Otra visita imprescindible es el Palacio de Topkapi (Dirección: Babihumayun Caddesi (trasera de Santa Sofía); Tel: 212 512 04 80; mail: topkapisarayimuzesi@kulturturizm.gov.tr; Horario: Del 1 de noviembre al 14 de abril L-D 9.00 – 16.45; del 15 de abril al 31 de octubre L-D 9.00 – 18.45). Este inmenso complejo palaciego ocupa la mayor parte de la Punta del Serrallo y fue la residencia de los sultanes otomanos y sede de las principales instituciones del gobierno hasta el siglo XIX. Después de la conquista de la ciudad por parte de los turcos, el nuevo sultán ocupó los palacios bizantinos (zona de la actual Mezquita Azul), pero pronto optaron por utilizar la antigua acrópolis de los bizantinos para levantar el ‘Palacio Nuevo’. Siglos después, Ahmet III amplió las instalaciones y adornó la puerta de acceso con dos cañones. Desde entonces, el palacio recibió el sobrenombre de ‘La puerta del cañón’ o Topkapi.

El acceso al complejo de Topkapi se realiza desde la trasera de la Basílica de Santa Sofía. Junto a la Puerta de Augusto se alza la preciosa Fuente de Ahmet III. Esta puerta monumental del siglo XV da paso al llamado Patio de los Jenízaros, lugar donde se ejecutaban las sentencias a muerte de los grandes personajes del imperio. En este enorme espacio (donde se compran las entradas y hay una tienda de recuerdos) se encuentra una de las escasas huellas bizantinas de la Punta del Serrallo. La Iglesia de Santa Irene se construyó al mismo tiempo que Santa Sofía. Tras la conquista se convirtió en un arsenal a servicio del cuerpo de Jenízaros y hoy es un centro cultural.

El acceso al segundo patio se realiza a través de la llamada ‘Puerta del Medio’ (Ortakapi), que se construyó bajo el reinado de Soleimán el Magnífico en 1524 y servía de residencia al cuerpo de guardia del sultán y a los verdugos que, curiosamente, también trabajaban como jardineros. Desde aquí se accede al llamado Patio del Diván, donde se localiza la mayoría de las dependencias públicas del área palaciega. Los edificios más importantes de esta zona son el Diván y las cocinas. El Diván (Kubbealti) es un pequeño complejo de edificios que albergaba las deliberaciones del consejo de ministros del sultán. Las sala del Consejo y el Archivo, conectados por un magnífico arco, ocupan el extremo izquierdo. Destacan las magníficas cúpulas, las verjas doradas y la decoración con azulejos de Iznik. En la sala del consejo hay que detenerse en el propio diván, el banco corrido en el que se sentaban los visires, y la celosía desde la que los sultanes podían escuchar los debates sin ser vistos. La tercera estancia era el gabinete del Visir que hoy alberga una interesante colección de relojes de los siglos XVIII y XIX. Junto a estas salas se encuentra la Sala del Tesoro en la que se puede ver una interesante colección de armaduras y armas de la época otomana. Este conjunto de edificios está coronado con la Torre del Diván, la construcción más alta de todo el complejo.

En el extremo derecho del Patio (muro este) de los Jenízaros se encuentran las antiguas cocinas y las viviendas de los trabajadores del palacio. Este enorme edificio consta de una docena de salas coronadas de cúpulas y chimeneas diseñadas por el arquitecto Sinán, que tuvo que remodelar el área de servicio tras un incendio. Las antiguas despensas y obradores acogen hoy una de las más importantes colecciones de porcelana china del mundo.

El tercer patio era de uso exclusivo del sultán y de los más altos dignatarios del estado y embajadores que llegaban a Estambul desde los más diversos puntos del mundo. Al tercer patio se entra a través de la Puerta de la Felicidad que estaba guardado por los llamados ‘Eunucos Blancos’, la guardia personal del soberano otomano. Acto seguido el viajero se encuentra con el Salón de Audiencias, lugar en el que el sultán recibía a los embajadores acreditados. Del interior hay que destacar su recubrimiento de madera y el trono. En cuanto al exterior, hay que destacar la elegante columnata que soporta el voladizo y los hermosos azulejos de Iznik que, por doquier, decoran la mayoría de las paredes del recinto palaciego. Junto a la sala de audiencias se encuentra la Biblioteca de Ahmet III, una de las joyas más hermosas de palacio. El edificio, de mármol blanco, se construyó a principios del siglo XVIII para acoger una colección de más de 6.000 volúmenes.

En el extremo derecho (este) se encuentran la Escuela de Pajes, donde los niños cristianos arrancados a la fuerza de sus familias se preparaban para servir en palacio, que hoy guarda una bellísima colección de vestidos de la época otomana. Junto a este edificio se encuentra el Tesoro, con una muestra de las impresionantes riquezas acumuladas por los gobiernos turcos. Destacan los tronos reales y los regalos traídos a Estambul por los dignatarios europeos. En la sala tres se encuentra el famoso diamante Kasikçi, que con sus 86 kilates es el quinto más grande del mundo. En esta parte del palacio se abre una imponente terraza con vistas increíbles al Mar de Mármara y a la orilla asiática de Estambul.

En el lado izquierdo (oeste) hay que empezar por la sobria Mezquita de los Agalar, la más antigua de palacio levantada por orden de Mehmet II a principios del siglo XVII. El sencillo exterior, con ladrillos rojos y blancos, contrasta con la exuberante decoración interior realizada con azulejos vidriados. Junto a la mezquita se encuentran las Salas de las Reliquias o Casa de la Felicidad, una serie de estancias en las que se exhibe una curiosa colección de piezas que tienen que ver con los orígenes del Islam. Entre otros tesoros se pueden ver el sable, el manto y el estandarte de Mahoma, un trozo de la piedra de la Kaaba, elementos arquitectónicos de la Mezquita de la Meca y otros objetos sagrados trasladados a Estambul desde El Cairo y Arabia. Ojo con las cámaras. Está terminantemente prohibido hacer fotos en esta parte del palacio.

Las construcciones más interesantes del cuarto patio esta parte del palacio se concentran en el extremo oeste. Los sultanes utilizaron este balcón privilegiado sobre la desembocadura del Cuerno de Oro para crear varios pabellones de recreo como el Kiosco de Bagdad, construido por orden del sultán Murat IV en 1638 para celebrar la conquista de la ciudad iraquí por parte de las tropas otomanas. Es una de las joyas arquitectónicas del complejo con un voladizo soportado por columnas de mármol coronadas con capiteles con decoración floral y un interior dominado por la enorme cúpula forrada de azulejos rojos. De esta zona también hay que destacar la piscina que el sultán ‘Ibrahim el loco’ mandó construir para sus juegos eróticos y borracheras y la Sala de la Circuncisión, erigida en tiempos del propio Ibrahim (1642) para celebrar la circuncisión de su hijo primogénito. Hacia la izquierda se encuentran otros pabellones de arquitectura ‘europea’ construidos durante los últimos años de uso palaciego de Topkapi. Junto a las murallas hay un restaurante con buenas vistas (es muy caro).

Merece la pena volver a pagar para visitar el Harén del Palacio de Topkapi. Esta extensa área del recinto, que ocupa gran parte del ala este del edificio, era la residencia privada del sultán, su familia y las más de 400 mujeres que formaban su cortejo de concubinas, amantes y favoritas fielmente protegidas por los míticos eunucos. El acceso, desde el Patio de los Jenízaros, está custodiado por las celdas donde residía el cuerpo de eunucos negros. A partir de aquí se suceden las estancias, pasillos, hamanes (baños), patios y grandes estancias en las que el sultán hacía su vida privada. Hay que destacar habitaciones como ‘La Cámara Imperial’, con su enorme cúpula, ‘Las Habitaciones de los Príncipes’, con los mejores azulejos de Iznik de palacio, el comedor de Ahmed III, que recibe el apetitoso nombre de ‘Sala de las Frutas’ o el enorme ‘Patio de las Favoritas’.

Muy cerca del Palacio de Topkapi se encuentra el Museo Arqueológico de Estambul (Dirección: Gülhane Parki; Tel: (0212) 520 77 40-41; mail:;Horario: M-D 9.00 – 17.00). Este centro es una fiel muestra de la enorme riqueza histórica de la propia ciudad y de los territorios que formaron parte del Imperio Otomano. Aunque la recolección de tesoros se inició con la propia construcción del imperio, la inclusión de los ilustrados otomanos en los círculos científicos del XIX provocó la creación de un activo cuerpo de arqueólogos que trajo hasta la ciudad tesoros como las tumbas de Sidón o la impresionante colección de piezas troyanas. El museo costa de dos partes. El primer edificio alberga las colecciones del Antiguo Oriente con piezas mesopotámicas, egipcias, árabes palestinas y de la propia Península Anatólica. Destacan, por ejemplo, los relieves de la avenida de entrada de Babilonia (s. VI AC); la lápida de Kadesh (s. XIII AC), que celebra el tratado de amistad entre los hititas y los egipcios; el obelisco asirio de Adad Nirari (s. VIII AC) o una colección de cerámica de los siglos XII al XVIII.

El Museo de Antigüedades completa el paseo por la historia clásica. En este espacio se agolpan impresionantes colecciones de escultura griega y romana y las piezas maestras de la Necrópolis de Sidón, excavada por estudiosos turcos a finales del siglo XIX. En estas salas se acumulan verdaderas obras maestras de la escultura funeraria como el Sarcófago de Alejandro (s. VI AC) decorado con escenas de caza y bélicas en las que puede verse una representación de Alejandro Magno en plena batalla contra los persas o el Sarcófago de Las Plañideras (s. IV AC) con 18 mujeres llorando. En los pisos superiores hay que detenerse en la sala dedicada a Troya y en el espacio que nos descubre la Constantinopla bizantina a través de maquetas, cuidadas reproducciones y una interesante colección de restos que nos hablan de la vida cotidiana de la ciudad antes de la irrupción de los turcos. También hay una sala dedicada al periodo de dominación latina de la ciudad por parte de los cruzados.

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