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El espejo de la sexta extinción en Castilla-La Mancha: de los trilobites de Cabañeros al silencio de las estepas

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La Tierra ha atravesado cinco grandes extinciones masivas a lo largo de su historia. Cada una transformó profundamente los ecosistemas y dejó su huella grabada en las rocas. Parte de esa memoria geológica se conserva hoy en Castilla-La Mancha. Pero la sexta extinción, la que numerosos científicos consideran ya en marcha, no pertenece al pasado: se está desarrollando ante nuestros ojos. Y, por primera vez, no está provocada por una glaciación, un gigantesco episodio volcánico o el impacto de un asteroide. Su principal responsable es una sola especie: la nuestra.

Hace 444 millones de años, una intensa glaciación provocó una de las primeras grandes pérdidas de biodiversidad marina. Más tarde, profundas alteraciones de los océanos desencadenaron nuevas crisis biológicas. La más devastadora ocurrió hace 252 millones de años, cuando un vulcanismo extremo provocó la desaparición de cerca del 90 % de las especies. Y hace 66 millones de años, el impacto de un asteroide en la actual península de Yucatán puso fin al dominio de los dinosaurios no avianos.

Aquellas catástrofes cambiaron el rumbo de la vida. Sin embargo, todas tuvieron algo en común: ocurrieron por causas naturales y en escalas temporales que, aunque rápidas para la geología, resultan inmensas comparadas con una vida humana.

Castilla-La Mancha guarda algunos de los testimonios más valiosos de ese pasado remoto. En los Montes de Toledo y en Cabañeros aparecen fósiles de trilobites que nos recuerdan que estas tierras estuvieron cubiertas por antiguos mares hace cientos de millones de años.

En la Serranía de Cuenca, yacimientos de relevancia internacional como Las Hoyas o Lo Hueco han permitido reconstruir ecosistemas desaparecidos, con aves primitivas, reptiles, insectos y dinosaurios excepcionalmente conservados. Son auténticas ventanas abiertas a mundos perdidos. Esos fósiles nos enseñan también una lección inquietante: la desaparición de especies forma parte de la historia de la Tierra, pero las recuperaciones ecológicas siempre necesitaron millones de años.

La diferencia es que hoy la amenaza no llega desde el espacio. Surge de nuestras propias actividades y deja señales visibles en toda la región.

Las grandes llanuras de Guadalajara, Cuenca, Toledo o Albacete albergan algunos de los ecosistemas esteparios más valiosos de Europa occidental. Sin embargo, muchas de sus especies emblemáticas atraviesan una situación crítica: la alondra ricotí, una de las aves más singulares y amenazadas de la fauna ibérica, ha sufrido un fuerte declive durante las últimas décadas debido a la transformación del territorio y a la fragmentación de los hábitats abiertos que necesita para sobrevivir. El sisón común, antaño frecuente en numerosos campos manchegos, también ha experimentado descensos muy preocupantes. Cuando desaparecen estas especies no solo se pierde biodiversidad; también se desvanece parte de la identidad de unos paisajes que han acompañado durante generaciones a agricultores, ganaderos y habitantes del medio rural.

Los ecosistemas pierden funcionalidad, los insectos polinizadores disminuyen, aumentan las temperaturas medias y se alteran ciclos naturales que llevaban miles de años funcionando

La presión sobre los recursos hídricos constituye otro de los grandes desafíos ambientales de nuestra Comunidad. La sobreexplotación de acuíferos y la contaminación por nitratos afectan a numerosos sistemas acuáticos. El ejemplo más conocido son Las Tablas de Daimiel, uno de los humedales más emblemáticos de España. Durante las últimas décadas ha sufrido periodos recurrentes de sequía extrema, incendios subterráneos de turba y una fuerte dependencia de aportes artificiales de agua para mantener parte de sus funciones ecológicas. Lo que ocurre en Daimiel no es únicamente un problema ambiental. También afecta al turismo de naturaleza, a las actividades económicas ligadas al agua y al patrimonio natural que heredarán las generaciones futuras.

Mientras algunas especies desaparecen, otras aumentan de forma descontrolada. El caso más evidente es el del jabalí. Favorecido por el abandono rural, la abundancia de alimento y la ausencia de grandes depredadores, sus poblaciones han crecido notablemente en amplias zonas de Castilla-La Mancha. Las consecuencias son visibles: daños en cultivos, accidentes de tráfico y una creciente presión sobre la vegetación y sobre numerosas especies que nidifican en el suelo. Este fenómeno convive con la expansión del conejo en determinadas áreas agrícolas y con el debate generado por el retorno natural del lobo a algunos sistemas montañosos. Son señales de que los equilibrios ecológicos tradicionales están cambiando rápidamente.

Los fósiles de Cuenca o los trilobites de los Montes de Toledo nos recuerdan que la vida siempre ha encontrado caminos para continuar. Pero también muestran que la recuperación tras una gran crisis biológica exige tiempos inmensamente largos.

Hoy asistimos a una aceleración sin precedentes. Los ecosistemas pierden funcionalidad, los insectos polinizadores disminuyen, aumentan las temperaturas medias y se alteran ciclos naturales que llevaban miles de años funcionando. La biodiversidad no es un lujo reservado a naturalistas o científicos. De ella dependen la fertilidad de los suelos, la calidad del agua, la producción agrícola, la regulación del clima y buena parte del bienestar de nuestras sociedades. Por eso la sexta extinción no es solo una cuestión ecológica. Es también un desafío económico, territorial y social. La vida continuará en la Tierra, como lo ha hecho después de todas las grandes extinciones del pasado. La verdadera incógnita es qué mundo quedará para quienes vengan detrás.

Castilla-La Mancha conserva en sus rocas el recuerdo de ecosistemas desaparecidos hace millones de años. Hoy, sin embargo, la historia no se está escribiendo en los fósiles, sino en nuestros campos, nuestros humedales y nuestras montañas. Esta vez el cambio no llega del cielo. Ocurre aquí, en el paisaje que habitamos cada día. Y precisamente porque somos nosotros quienes sostenemos la pluma que redacta esta crisis, todavía estamos a tiempo de cambiar el final de la historia.