Noventa años atrás: así comenzó la guerra civil en Albacete
La Guerra Civil comenzó en Yeste. Durante décadas, en la memoria colectiva de la Sierra de Albacete, se conservó el mito de que el conflicto se inició el 29 de mayo de 1936 en la pedanía de La Graya. Aquel día se vivió un terrible episodio de violencia social que acabó con 18 muertos y 29 heridos. Quizá por la resonancia del suceso y la cercanía de la tragedia, los vecinos de la comarca creían que esta fue la causa. En verdad, la guerra prendió tras el fracaso parcial del golpe militar iniciado el 17 de julio en Melilla y extendido al conjunto de España al día siguiente.
Durante años, otro mito se asentó en la memoria de generaciones de españoles. Según la dictadura franquista, en una mezcla argumental de verdades y mentiras, las razones estaban claras. La conflictividad política y social de la primavera de 1936, una revolución comunista en ciernes y el asesinato del diputado derechista José Calvo Sotelo empujaron a un considerable grupo de militares y patriotas a la salvación espontánea de España. Sin embargo, hoy existe un amplio consenso entre los historiadores: la conspiración militar y civil venía forjándose desde mucho antes. Entre quienes más han contribuido a documentar ese proceso destaca Ángel Viñas, de orígenes rodenses.
Cuando el 15 de julio los sublevados ultimaban los primeros movimientos en África, en Albacete, un falangista escribía en su diario: “Ayer, en el ambiente de las graves decisiones, se hizo el ajuste y recuento de las fuerzas para la sublevación”. En la capital manchega estaba determinado el mando del 'alzamiento', tan solo faltaban las órdenes provenientes de Madrid. Y volvía a preguntarse el seguidor de José Antonio Primo de Rivera: “¿Podrá Albacete, sin guarnición militar alguna, hacer frente a los millares y millares de milicianos marxistas, tan cuidadosamente preparados?”.
Estas palabras las escribió Vicente Navarro Vergara y se publicaron en 1967, en un especial de La Voz de Albacete. En otras grandes localidades de la provincia como Hellín, Villarrobledo, La Roda o Almansa, grupos ya organizados se dispusieron a cumplir las órdenes del general Mola, el director de la conspiración.
Las instrucciones no se cumplieron por igual en todo el territorio. Desde aquellos días de julio, España quedó partida en dos: sublevados y quienes permanecieron fieles a la República. Entre las provincias que hoy conforman Castilla-La Mancha, la intentona golpista se frustró en Cuenca, Ciudad Real y Guadalajara. En Toledo, la sublevación no triunfó inicialmente. Sin embargo, un grupo de militares encabezado por Moscardó se atrincheró en el Alcázar y resistió durante semanas. El franquismo convirtió aquel episodio en uno de los principales símbolos de su propaganda.
Una calma tensa
Así pues, en aquellos calurosos días de julio, Albacete quedó rodeada de provincias leales a la República: Murcia, Alicante, Jaén y las provincias manchegas. Hecho que la elevó a enclave estratégico. Como se señala en “La Guerra en Castilla-La Mancha”, libro coordinado por Francisco Alía Miranda, del total de 86 municipios de la provincia albaceteña, la sublevación triunfó en 12 pueblos, incluida la capital. En la mayoría de las localidades se mantuvo una calma tensa.
En esas horas de confusión, el alcalde republicano de Elche de la Sierra, Manuel Salvador López, emitió un bando en el que decía: “Tengamos serenidad, prudencia y mucha cordura; reconociendo que nosotros no hemos de resolver el problema, abstengámonos de todo cuanto pueda ocasionar disgustos y mirándonos no como vecinos y amigos, sino como hermanos unidos todos como un solo hombre”. Mientras el alcalde redactaba esas palabras llamando al sosiego, en Hellín, Villarrobledo, La Roda y la ciudad de Albacete las fuerzas sublevadas trataban de mantener el control de las instituciones tras sustituir a las autoridades surgidas de las elecciones de febrero de 1936.
A partir de la victoria electoral del Frente Popular, la conflictividad social y política experimentó una rápida escalada. La República no había solventado por completo los grandes problemas de España y se intensificó la polarización. En esta deriva, España no era una excepción. La Europa de entreguerras se caracterizó por la “brutalización” de la política, en expresión del historiador George. L. Mosse. Los autoritarismos disuadían con mayor efecto; resultaban más atractivos que la democracia.
Mientras tanto, la ciudad de Albacete ya contaba con más de 50.000 habitantes y esa primavera de 1936 sufrió algo insólito en su historia. Como describió Rosa María Sepúlveda Rosa: “Durante los cinco meses de gobierno del Frente Popular, vivió un periodo de gran tensión en el que se produjeron graves desórdenes políticos y sociales”.
La historiadora fue una de las pioneras en investigar este periodo en la provincia. En su trabajo de referencia sobre la primavera conflictiva del 36, dice la autora: “En Albacete, los enfrentamientos violentos fueron similares a los registrados en otras provincias. La derecha se mostraba activa y desafiante, lo que provocaba aún más a la izquierda.
Falangistas y monárquicos manifestaban abiertamente su oposición a la República, realizando pintadas, protagonizando desórdenes públicos y enfrentamientos con los socialistas que ocasionaron múltiples detenciones y muertos. Mientras, la izquierda consideraba llegada la hora de mejorar su precaria situación y vengar la actitud y el comportamiento de la derecha durante el bienio anterior. Además, se quejaba de las constantes provocaciones fascistas sin que los gobernantes tomasen medidas contundentes contra ellos“.
Según Sepúlveda, el desempleo, el descontento de los grandes propietarios por la expropiación de tierras y “la intoxicación del ambiente” provocada por la prensa son algunas de las causas que explican el clima de tensión previo a la Guerra Civil. En la crónica negra de esos meses, se registraron incidentes en las cárceles de Albacete y Chinchilla, donde hubo quema de colchones y mantas, y un preso perdió la vida. Otra persona murió en un tiroteo entre falangistas y socialistas en Albacete. En Bonete, un cabo de la guardia civil falleció durante un enfrentamiento con vecinos que habían talado árboles en una propiedad privada. Y en esta relación de incidentes, deben señalarse los hechos del 16 y 17 de marzo, cuando se atacaron edificios religiosos y el ex gobernador republicano Arturo Cortés y el socialista Andrés Arcos fueron tiroteados.
Como ha señalado Eduardo González Calleja: “Durante los años de la posguerra y hasta bien entrados los años sesenta prevaleció la estrategia oficial de culpabilizar al régimen republicano y a las fuerzas progresistas del desastre nacional”. La defensa del orden público fue uno de los grandes argumentos para el “Alzamiento”. Este historiador, uno de los mayores especialistas en la violencia política en tiempos de la República, calcula en 22 el número de víctimas mortales en Albacete durante este proceso de creciente crispación en la primavera de 1936. El libro Cifras cruentas desgrana, episodio a episodio, los sucesos acontecidos durante la Segunda República. A la luz de este recorrido, podría interpretarse que el régimen político surgido el 14 de abril de 1931 quedó atrapado entre las expectativas no cumplidas y la intransigencia de quienes veían peligrar sus privilegios.
En palabras de Manuel Ortiz Heras: “El año 1936 representa la culminación de un proceso de confrontación política y social reflejo de la propia dialéctica de clases. Las elecciones de febrero sirvieron para aglutinar muchos en pos de la conquista electoral, pero, también, pusieron de manifiesto el nivel de enfrentamiento y de crispación social. Después, las diferentes formaciones entraron en un juego de ataques y manifestaciones que tuvieron algunos conflictos especialmente significativos”.
El historiador de Tarazona de la Mancha publicó en 1996 un novedoso libro sobre la violencia política durante la II República y el primer franquismo. A finales del siglo XX, la historiografía española “adolecía de una teoría contrastada” sobre este ámbito. Con respecto a Albacete, los estudios monográficos eran casi inexistentes.
Sucesos de Yeste
“Al sonar la descarga son las diez y media de la mañana. Una cigüeña se mece voluptuosamente en el aire y, alarmada por la violencia del tiroteo, siega el cielo veloz y se refugia en la espadaña de la iglesia de Yeste”. No se trata de un suelto periodístico. Es un pasaje del libro “Señas de identidad”. Tres décadas después de la tragedia, el novelista Juan Goytisolo narró los hechos en un ejercicio literario que aúna documentación y memoria.
Los hechos constituyen una de las peores matanzas de campesinos durante la Segunda República. Esta historia sucedió el 29 de mayo de 1936. Explica el profesor Francisco José Peña Rodríguez: “La supervivencia económica de unas mil familias, especialmente de la aldea de La Graya, se resintió como consecuencia directa de la construcción del pantano. El desempleo acuciante no fue solventado ni con asentamientos de colonos ni tampoco con el permiso del gobierno para explotar la madera de las tierras públicas”. Este historiador es uno de los últimos que ha investigado los sucesos tras la línea de trabajo abierta por Manuel Requena Gallego a principios de los años 80.
Durante mucho tiempo los sucesos estuvieron ocultos. Después de noventa años, siguen despertando el interés. De hecho, a principios de junio, Yeste ha acogido unas jornadas de memoria histórica donde distintos profesionales han abordado cuestiones de aquellos tiempos. Aquellos tiempos convulsos y desesperados que llevaron a decenas de personas a roturar tierras que, desde antiguo, eran consideradas de aprovechamiento comunal.
Así pasó en la aldea de La Graya, en la finca de la Umbría del Río, propiedad de los Alfaro. Ante las quejas de los terratenientes, se personaron en el lugar un numeroso contingente de guardias civiles. La tarde del 28 de mayo se produjo un primer encontronazo entre beneméritos y ocupantes.
Se detuvo a seis de los campesinos y se inició el traslado al juzgado de Yeste. La mañana del 29 de mayo, un grupo de doscientas personas se situó a lo largo del recorrido que debían hacer agentes y detenidos. El alcalde socialista trató de negociar y, al parecer, cuando iban a ser liberados, uno de los jornaleros hirió mortalmente a un guardia con un gancho resinero.
A partir de ese momento, se produjo un enfrentamiento fatídico que acabó con multitud de heridos y diecisiete personas más perdieron la vida; todos ellos eran vecinos de la zona. Escribió Requena Gallego: “La gente que había vuelto a La Graya estaba asustada por lo ocurrido y todo el mundo marchó a casa de familiares afincados en otras zonas o durmieron en el monte, pues temían que aquella noche llegasen los guardias, detuvieran a todos y quemasen el pueblo”.
La nación os llama
A principios de junio, los sucesos se debatieron en el Congreso de los Diputados. Solo unos días después llegó la sublevación militar. Y a pesar de que la urgentísima actualidad engulló la tragedia, las consecuencias de lo ocurrido en Yeste se prolongaron durante años. No extraña que en la Sierra de Albacete pensaran que la guerra había comenzado en La Graya. De alguna manera no les faltaba razón. En verdad, todo comenzó el viernes 17 de julio, con aquella primera alocución radiada: “¡Españoles! A cuantos sentís el santo nombre de España, a los que en las filas del Ejército y la Armada habéis hecho profesión de fe en el servicio de la patria, a cuantos jurasteis defenderla de sus enemigos hasta perder la vida, la nación os llama a su defensa!”.
Entre tanto, en Radio Albacete estaría sonando alguna canción popular del momento. Para el domingo estaba prevista una velada cinematográfica en la Plaza de Toros y el concierto de la Banda Municipal en el Parque de Canalejas. Se informaba en una croniquilla local a sus lectores: “Para el campo y la playa van saliendo en estos días cuantos quieren y pueden proporcionarse un descanso o disfrutar de las caricias del mar o del monte que aminoran los rigores del estío”. No iban a ser unas vacaciones rutinarias. El Defensor de Albacete publicó un primer comunicado del Gobierno Civil: “Se ha frustrado un nuevo intento criminal contra la República”.
Cuatro días después, el mismo periódico informaba en sentido completamente opuesto: “Las fuerzas de Albacete se sumaron al movimiento el domingo último, declarándose el estado de guerra en toda la provincia”.
La sublevación arrancó hacia las tres de la tarde. Se ocuparon los edificios principales; se procedió a la sustitución de las autoridades; se detuvo a los “elementos de las izquierdas” y se clausuraron los centros obreros. Aquella mañana del 22 de julio un aeroplano sobrevoló la capital arrojando octavillas en las que se decía: “¡Albacetenses! El movimiento militar que salvará a España ha triunfado plenamente”. Sin embargo, mientras los sublevados difundían mensajes de victoria, las fuerzas leales a la República trabajaban ya por la recuperación de Albacete. Así lo constató el propio falangista Navarro Vergara en su diario: “Se aprieta el cerco sobre nuestra provincia. Las radios rojas lo anuncian y, por confidencias, se confirma”.
En uno de sus libros dedicados a Albacete, el periodista Andrés Gómez Flores relata: “La iniciativa de la sublevación la tomó la Guardia Civil, teniendo como principales instigadores al teniente coronel y comandante militar de la plaza, Enrique Martínez Moreno, quien asumió todos los poderes de la provincia, auxiliado por el teniente coronel jefe de la Guardia Civil, Fernando Chápuli Ansó, el comandante Ángel Molina Galano, también de la Guardia Civil, el comandante de Infantería, Valerio Camino Peral, y el capitán de la Compañía de Asalto, Alfonso Cirujeda, cuya especial dureza se dejó notar en los asuntos de orden público previos al estallido de la guerra”.
Ellos fueron los protagonistas de una sublevación militar que cuatro días después comenzó a desmoronarse. Desde Madrid, el diario La Voz compartía este titular: “La situación de los rebeldes es desesperada”. Como contábamos más arriba, la provincia de Albacete había quedado aislada en la zona republicana. La rebelión en esta tierra, según los historiadores, la habían secundado 278 guardias civiles y 700 partidarios entre falangistas, monárquicos, cedistas y agrarios. Pero desde el 20 de julio, la respuesta republicana comenzó a organizarse en distintos pueblos, mientras desde las provincias vecinas avanzaban las columnas encargadas de recuperar Albacete.
Antes del desenlace, anotamos dos libros de publicación reciente, editados por el Instituto de Estudios Albacetenses, que vienen a completar una visión global de los hechos. El primero es de Carmen Martía Parreño Tébar, II República y Guerra Civil en La Roda. El segundo, El 18 de julio en los campos de Hellín: de la violencia republicana a la represión franquista, de Francisco José Peña Rodríguez. Las historias locales están ayudando a comprender los trazos generales de unos hechos tan complejos y trascendentes. Un conflicto que ha atravesado las décadas y que sigue generando debate y controversia.
Al fin y al cabo, la tragedia de la guerra nos ha conformado como país. Una patria que en julio de 1936 se encaminó hacia las más terribles de las violencias. Regresando al detalle, apuntaremos que, en Almansa, con gran tradición izquierdista, la sublevación fue un sueño efímero. Diremos que, en La Roda, los rebeldes no encontraron resistencia y consiguieron el poder sin derramar una sola gota de sangre.
Proseguiremos señalando que, en Villarrobledo, milicianos de Socuéllamos y otras poblaciones cercanas acabaron con el 'Alzamiento'. Concluiremos esta mención breve, indicando que en Hellín las columnas procedentes de Murcia, Cartagena y Alicante encontraron cierta oposición. En la zona de Minateda se sucedieron los tiroteos y un avión de Los Alcázares lanzó una bomba en el cuartel de la Guardia Civil. “Después de dos horas de absoluta calma, comienzan a correr las primeras noticias. En la refriega han resultado siete muertos y varios heridos”, contaba la prensa.
Defensa imposible
Tras la caída de Hellín, las columnas republicanas procedentes del Levante, formadas por militares y milicianos se concentraron en las proximidades de Chinchilla de Montearagón. De nuevo, el 24 de julio, aviones de Los Alcázares bombardearon Albacete y causaron cuatro víctimas mortales. Al mando militar de las fuerzas republicanas se encontraba el comandante José Balibrea Vera. Entre los jefes de la milicia, el teniente de Carabineros, Emeterio Jarillo.
La noche antes de la derrota, los rebeldes habían improvisado trincheras desde el hospital hasta la plaza de toros, pero el ánimo en los sublevados albaceteños era ya muy precario. El paso de aviones con banderas republicanas no mejoró las esperanzas. El falangista Navarro Vergara apuntó en su cuaderno con concisión: “Defensa imposible”. Y añadía, quizá tiempo después, estas líneas: “Mañana, el día de nuestro holocausto, en el día de Santiago, ¿Permitirá el Apóstol guerrero el aniquilamiento de los guerreros de una moderna Cruzada?”. En efecto, el día 25 de julio todo acabó para los conspiradores en Albacete.
Francisco Sevillano o Antonio Selva también han estudiado el inicio de la Guerra Civil en Albacete. Éste último compartió en una investigación el mensaje final de los sublevados a Franco y Cabanellas. Eran las 12.40 de la mañana y decía así: “Artillería, aviones nos bombardean incesantemente. ¡Socorro! ¡Socorro! Primer jefe de Comandancia suicidarse. Imposible sostenerse esta situación”. No hubo auxilio.
Tal y como relató el teniente Jarillo para el diario El Sol: “Previo reconocimiento de nuestra aviación, comenzó el ataque, entablándose durísimo combate. Las fuerzas rebeldes entraron en la cárcel para pedir a los presos izaran bandera blanca en la torreta del edificio, sin duda para que nuestros aviones no dispararan sobre él y quedaran, en cambio, ellos libres para hostilizar”. Finalmente, tras unos tiros que sembraron el pánico y la huida de un avión 'enemigo', la 'columna libertadora' entró en Albacete y hacia las 13 horas del Día de Santiago, la sublevación fue derrotada.
Durante días, la prensa republicana, consciente del potencial propagandístico de esta victoria, difundió la conquista. Diarios míticos como Ahora ofrecían su interpretación de los hechos: “La vida normal se restablecerá en seguida, y dentro de breves horas Albacete, que no ha sufrido ningún daño, recobrará su aspecto habitual”.
Realmente, Albacete ya nunca fue la misma. Sus calles y algunos pueblos de la provincia acogieron a las Brigadas Internacionales. En demasiados hogares entró la violencia, la venganza y la necesidad. Ni en Albacete ni en España hicieron mucho caso de aquello que había escrito el alcalde de Elche de la Sierra, Manuel Salvador, en aquella fatídica semana: “Comprendamos que no es éste el momento de liquidar resquemores de baja política sino al contrario, unidos todos y defendamos nuestra tranquilidad”.