Mahler y Nueva York
La Filarmónica de Nueva York es una de las orquestas más antiguas del mundo. Fundada en 1842, un año antes que la Filarmónica de Viena, ha contado entre sus titulares con figuras tan emblemáticas como Willem Mengelberg, Arturo Toscanini, Bruno Walter, Dimitri Mitropoulos, George Szell y Leonard Bernstein, entre otras. Desde septiembre pasado es su director musical y artístico el venezolano Gustavo Dudamel, que dirige también la Sinfónica Simón Bolívar de su país. Ha estado durante 17 años al frente de la Filarmónica de Los Ángeles y tuvo un paso fugaz por la Ópera de París, en la que renunció a los dos años por motivos personales que no explicó.
Los pasados días 13 y 14 de octubre la Filarmónica de Nueva York con Dudamel ofreció sendos conciertos en el Auditorio Nacional de Madrid, como apertura de la temporada de Ibermúsica. Hacía 16 años del último que la orquesta dio en España. Tuve la fortuna de asistir al segundo de esos conciertos, que incluyó la obra encargo de la orquesta Imágenes mestizas, de la cubano-estadounidense Tania León, y la monumental Sinfonía número 5 de Gustav Mahler. Precisamente este compositor fue titular de la Filarmónica de Nueva York durante los últimos años de su vida, entre 1909 y 1911, después de haber ocupado la dirección en el Metropolitan Opera House. Mahler renunció a la dirección de la Hofoper de Viena tras la muerte de su hija Maria, de cinco años, el verano de 1907, y también cerró su casa de vacaciones en Maiernigg, a orillas del Wörthersee, un lago junto a Klagenfurt, la capital de Carintia. En las proximidades de esa casa se hizo construir una cabaña a la que se retiraba a componer, y en la que escribió sus sinfonías Quinta, Sexta ySéptima. Mahler marchó a Nueva York y debutó en el Met en enero de 1908 con Tristán e Isolda de Wagner.
La Filarmónica de Nueva York presentaba en Madrid una amplia plantilla, con muy nutrida cuerda. A lo que parece, ha abandonado el frac como uniforme masculino, ya que sus profesores vestían traje negro de calle, con camisa y corbata del mismo color. Algunos incluso prescindían de la americana. Las profesoras, mayoritarias en los violines, utilizaban vestidos negros. Por su parte, Dudamel vestía traje y corbata negros con camisa blanca. Algunas orquestas, como la de París o la RTVE hace tiempo que abandonaron el frac, atuendo incómodo y anacrónico.
El concierto se inició con las Imágenes mestizas de Tania León, obra breve e interesante, que utiliza elementos de jazz y de músicas populares iberoamericanas, aunque parte de una melodía de origen nigeriano. En su brevedad, ya que no supera los 11 minutos, la obra utiliza con habilidad la percusión, los vientos y las cuerdas, y la orquesta ofreció una entregada versión, que fue aplaudida por el público.
Pese a la poca duración de la primera parte, hubo descanso antes de la magna obra que es la Quinta de Mahler. Sus sinfonías Segunda, Tercera y Cuarta tienen presencia de la voz humana. A partir de la Quintaprescinde de ella, y solo la recuperará en la Octava, conocida como Sinfonía de los mil por sus amplios efectivos vocales e instrumentales.
Dudamel inició en primer movimiento, titulado Trauermarsch (Marcha fúnebre) por Mahler, con intensidad, como con ecos de la de Siegfried en Ocaso de los dioses de Wagner. La orquesta hizo gala de unos brillantísimos metales y de un denso sonido en la cuerda. Excelente el trompeta solista, encargado de enunciar el tema de cuatro notas que abre la obra con un recuerdo rítmico de la Quinta de Beethoven. Tuvo algún manifiesto contratiempo, cosas del directo. Más intenso aún fue el segundo movimiento, Stürmisch bewegt (Agitadamente movido), que es una especie de desarrollo del primero.
Antes del tercer tiempo (Scherzo), que Mahler considera la segunda parte de la obra, Dudamel hizo una pausa prolongada, como indica el compositor. En este movimiento, que es una especie de Ländler o vals, el trompa solista hizo gala de un muy bello sonido. A diferencia de lo que hacía Mahler, Dudamel no colocó al trompa en el proscenio, sino que tocó de pie desde su atril.
La tercera parte se inicia con el célebre Adagietto. Es de un intenso lirismo y está escrito, a diferencia del resto de la sinfonía, solo para arpa y cuerdas. La profusión de percusión y vientos que presentan los otros cuatro movimientos desaparece en esta especie de remanso de serena paz entre el Scherzo y el Rondo-Finale. Se trata de un fragmento que ha conseguido por sí solo mayor popularidad que la obra a la que pertenece. La película de Luchino Visconti Muerte en Venecia, de 1971, tuvo una influencia decisiva en su difusión. La Quinta sinfonía de Mahler no tuvo buena acogida en su estreno en 1904 en Colonia. Sin embargo, el Adagietto ya fue interpretado separadamente por el propio compositor. Y cabe destacar que Henry Wood ofreció esta pieza en los Proms de Londres en 1909, mientras que la sinfonía completa no se estrenó en el Reino Unido hasta 1945. Leonard Berstein dirigió el Adagietto en 1968 en Nueva York durante el funeral de Robert F. Kennedy. También se ha tocado en actos conmemorativos de los atentados del 11 de Septiembre en Estados Unidos y en otras ceremonias fúnebres, como la del propio Bernstein.
Después del intenso Scherzo, el Adagietto sonó como un remanso de paz, que permitió disfrutar del aterciopelado sonido de las cuerdas y de la delicada interpretación de la solista de arpa. Cerró la sinfonía una fogosa lectura del Rondo, marcado Allegro giocoso por Mahler. La orquesta conducida por Dudamel hizo una interpretación intensa, enérgica, más brillante que profunda, en la que los metales exhibieron su gran calidad, si bien llegaron a ser algo estruendosos. El público premió con una entregada y prolongada ovación la visita de la orquesta neoyorquina.