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Crear a oscuras, sin recursos y bajo vigilancia: la resistencia artística en una Cuba al borde del colapso

Jan Torras

La Habana —
8 de agosto de 2026 22:22 h

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En 1993, en pleno asedio de Sarajevo, la directora Susan Sontag organizó en la ciudad una representación de la obra Esperando a Godot, de Samuel Beckett, bajo la amenaza de las bombas. Los actores, desnutridos y debilitados por la falta de suministros, actuaron entre escombros iluminados por velas y linternas. La historia resuena hoy en Cuba, que sufre un brutal asedio económico, pero donde el arte resiste, todavía y siempre, a quien lo amenaza. Mientras la falta de combustible vacía las calles y sigue provocando apagones de días y noches, los cubanos mantienen viva la escena cultural aunque haya que cargar los instrumentos a pie de un lado a otro de la ciudad y tocarlos a la luz de las velas.

La falta de electricidad ha cerrado casi todos los cines, y la escasez de recursos ha cancelado obras de teatro, conciertos y festivales. Músicos, bailarines, actores y otros artistas dedican su arte a levantar el ánimo y abrir espacios de apoyo mutuo para seguir adelante. “Se hace como se puede. Si hay electricidad proyectamos alguna película, y si se va la luz siempre hay por ahí algún instrumento para sacarnos de la desesperación. No se trata de evadirse o de olvidar los problemas, sino de recordar que la vida no se limita a ellos, que se merece que luchemos por ella” explica Robertico, del centro cultural La Marca de La Habana Vieja. El centro, que es también el primer estudio de tatuajes de Cuba, organiza talleres y eventos para financiar proyectos comunitarios, como el comedor social de la iglesia vecina dedicado a los jubilados, cuyas pensiones de cuatro euros mensuales no alcanzan para sobrevivir.

La penuria, a la que los cubanos ya estaban acostumbrados, se ha agravado a niveles insufribles desde enero, cuando Estados Unidos intensificó las medidas coercitivas unilaterales impuestas sobre la isla. Un solo buque de petróleo, enviado por Rusia en abril, ha logrado atracar en un puerto cubano en lo que va de año. Los apagones son diarios y pueden durar más de 24 horas. Las caídas del SEN (sistema eléctrico nacional) se hacen cada vez más frecuentes, y dejan a más de un 70% de la isla sin acceso a la electricidad. La falta de combustible ha afectado gravemente al sistema de bombeo hidráulico del país: cerca de 2,7 millones de cubanos no tienen acceso diario al agua potable y la cifra total de afectados por el suministro intermitente es de 10 millones de personas, prácticamente toda la población cubana, según datos del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos.

La inflación y los aranceles han disparado los precios de los productos más básicos y reducido a miseria los salarios estatales. El salario mínimo mensual de 3.210 pesos, alrededor de 4 euros, equivale al precio de un cartón de huevos. A los cubanos que viven de su trabajo les cuesta pagar más de un plato de arroz con frijoles al día.

A la asfixia energética se ha sumado una escalada en la retórica belicista. Donald Trump ha multiplicado en los últimos meses las amenazas de intervención militar, ha incluido a Cuba en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo y la ha acusado de ser una amenaza para Estados Unidos. La combinación de bloqueo económico y amenaza geopolítica ha generado en la isla una sensación de asedio despiadado.

Pedro Franco, director del grupo teatral El Portazo, tenía previsto estrenar su adaptación de Casandra, de Sergio Blanco, el fin de semana del 11 de julio de 2026, pero tres caídas del SEN en una misma semana lo han obligado a posponer el estreno hasta septiembre. En la obra, Casandra, pitonisa condenada a no ser creída, advierte de la destrucción de Troya sin poder evitarla.

Cuba es Troya. Estamos sitiados en el siglo XXI, y hacer teatro en una plaza sitiada es un honor

Franco explica: “Cuba es Troya. Estamos sitiados en el siglo XXI, y hacer teatro en una plaza sitiada es un honor. El colapso ya es una certidumbre, la conversación que hay que tener ahora es la de la reconstrucción. La verdadera victoria es sobrevivir. Crear arte es un deber cívico porque tiene la capacidad de sobrevivir al momento. Ellos cuentan con que bajes los brazos, con que desaparezcas, y por eso hay que quedarse”.

Si no es la Cuba de sus sueños

El Gobierno paga un salario fijo a los trabajadores de arte y cultura, pero por culpa de la devaluación del peso este ya no supera los cinco euros mensuales. Con tal de sobrevivir sin dejar a nadie atrás, los artistas buscan diversificar y poner en común sus fuentes de ingreso. La Burbuja Lab, una residencia artística para “obreras, artistas y mujeres de cine”, nace con la iniciativa de crear una red de apoyo para repartir los fondos de solidaridad extranjeros y dar visibilidad a narrativas femeninas de la región. A través de talleres, clases magistrales, y distribución de fondos, el colectivo se asegura la ayuda mutua necesaria para seguir viviendo y creando.

Su directora, la cineasta y productora Rosa María Rodríguez, declara: “Ahora lo que más temo es que esta miseria nos quite el alma, que el dolor ajeno nos sea indiferente. Está pereciendo la solidaridad que caracterizaba al pueblo cubano; debemos hacer todo lo posible para salvaguardar lo que queda de fe en la humanidad, para restaurar la empatía. El arte es ese refugio donde dejamos nuestras angustias cotidianas para conmovernos por algo que nos supera. Hoy es más necesario que nunca”.

El Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos se dedica a financiar películas que romantizan la realidad, mientras que los independientes tenemos que filmar con cámaras escondidas o con el teléfono

Rodríguez forma también parte de la Asamblea de Cineastas Cubanos, un conjunto de directores de cine independientes que reivindican una mayor libertad a la hora de expresar el disentimiento. “El ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos) se dedica últimamente a financiar sobre todo películas que romantizan la realidad, donde todo es lindo y reinan el amor y la unidad, mientras que los independientes tenemos que filmar con cámaras escondidas o con el teléfono por lo difícil que es obtener permisos de filmación para trabajos críticos”, explica la directora. “Ahora te exigen pagar tasas desorbitadas por grabar en la calle, si es que te lo autorizan. Si la Cuba que representas no es la que existe solo en sus sueños, te tumban la luz durante las proyecciones, eliminan la película de los festivales, prohíben hablar de ella en medios estatales y te dicen que los trapos sucios se lavan en casa, que le estás haciendo el juego al enemigo”, añade.

En las últimas semanas, las condiciones extremas han avivado un hartazgo social cada vez más desinhibido. Caceroladas, pintadas, basuras quemadas… pero no sin miedo, pues la policía ha podido presentarse en la puerta de quien haya sido denunciado por un vecino para llevárselo a comisaría, según señalan varios artistas entrevistados. No suele ser hasta que se pone el sol que en las calles oscuras empiezan a resonar las cacerolas y a surgir las llamas de los montones de basura.

Ese margen, por estrecho que sea, del que goza el arte para clamar la palabra prohibida ha depositado sobre los hombros de la escena artística una responsabilidad colosal. Si las caceroladas solo pueden expresar la exasperación, el arte abre un espacio en el que la rebeldía afirma reivindicaciones concretas e imagina alternativas deseables.

Pedro Franco, el director de teatro, añade: “El contrato entre el pueblo y el Gobierno está roto. Ya no existe espacio de diálogo; por eso los cubanos estamos ciegos y sordos, y algunos llegan hasta a desear la intervención estadounidense. El arte, al poder preservar la ambigüedad interpretativa, tiene el poder de provocar conversaciones políticas que saquen a la luz el disentimiento. El teatro, en particular, hace del público el centro del discurso, lo cual, junto con su cinismo, lo convierte en especialmente detestable para los poderosos. Para que no muera la expresión artística y política, a mí me gusta recordar el teorema de Thomas: 'Define las cosas como reales y comenzarán a serlo en sus consecuencias'. Actuemos como si fuéramos libres, y enfrentémonos a quien nos diga lo contrario”.

Los eventos culturales sirven a menudo de excusa para debatir libremente las maneras de ayudarse, las soluciones a nivel colectivo o los errores que han debilitado la capacidad de resistencia. Conciertos y exposiciones acaban convirtiéndose en pequeñas asambleas a través de las cuales individuos desamparados restablecen su poder político, vuelven a sentirse pueblo, y se organizan para hacer frente común a la miseria y a quienes la orquestan. Si la estrategia estadounidense consiste en colapsar un Estado sumiendo a su pueblo en la desesperación, el arte se erige como la trinchera en la que este último puede reagruparse y reclamar el derecho a forjar su propio destino.

Al convertir la escasez en un lenguaje y la alegría en rebeldía, los artistas cubanos demuestran que el arte es una cuestión de fuerza vital antes que de medios materiales. Como los actores bosnios, no se preguntan por qué hacer arte durante un asedio, sino por qué un asedio mientras hacen arte. Cuando la supervivencia se convierte en suplicio, es fácil olvidar que la vida puede ser más. Celebrarla es el recordatorio constante de que las razones para seguir luchando superan siempre a las de rendirse.