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Relaciones

'Friend bombing': la trampa de las nuevas amistades que pasan bruscamente de la intimidad e idealización al silencio

Juanjo Villalba

27 de junio de 2026 22:28 h

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Durante meses compartieron comidas, secretos, mensajes a cualquier hora y planes de fin de semana. Hubo declaraciones de amistad que casi sonaban a amor: “Eres la persona más importante de mi vida”. Después, un día cualquiera, el silencio. 

No hubo una discusión. Tampoco una conversación ni una despedida. Simplemente, dejó de contestar a sus mensajes. La amistad que había ocupado un lugar central en su realidad, se evaporó con la misma rapidez con la que había aparecido.

Historias como esta empiezan a encontrar un nombre en redes sociales y en la literatura especializada: friend bombing. Un término que toma prestado el concepto de love bombing, habitual en el ámbito de las relaciones románticas contemporáneas, que sirve para describir aquellas amistades que se construyen a una velocidad vertiginosa mediante atención constante, sensación de intimidad inmediata y una fuerte idealización de la otra persona. 

Lo que inicialmente parece una conexión excepcional puede acabar derivando en un alejamiento brusco, una pérdida de interés repentina o incluso en un ghosting total.

Como es obvio, aunque el fenómeno ha encontrado recientemente una etiqueta, las dinámicas que describe no son nuevas. Lo que sí parece nuevo es el contexto en el que se producen. El ecosistema digital y una cultura obsesionada con la inmediatez han alterado irreversiblemente los tiempos de cocción de los afectos. Hoy es posible sentir que alguien forma parte de nuestra vida apenas unos días después de conocerlo, incluso antes, pero también es posible que desaparezca con la misma facilidad.

Cuando la intensidad ocupa el lugar de la intimidad

Eva María Rodríguez Vicente, psicóloga sanitaria especializada en trauma, vínculos y dependencia en el Centro VITEI, conoce bien este tipo de dinámicas por haberlas tratado en consulta. Según cuenta, suelen comenzar con una acumulación de señales que, por separado, podrían parecer inocentes. “Mensajes constantes, disponibilidad casi total, confidencias tempranas, idealización del vínculo y esa especie de ‘ya eres mi persona’ cuando todavía no ha habido tiempo real para conocer de verdad a la otra persona”, explica.

El problema no es conectar rápido ni sentir afinidad. El problema aparece cuando confundimos intensidad con intimidad

“El problema no es conectar rápido ni sentir afinidad. El problema aparece cuando confundimos intensidad con intimidad”, continúa. “Se genera una cercanía acelerada artificialmente que todavía no está sostenida por tiempo compartido, coherencia, experiencias comunes o límites”, asegura.

La especialista recuerda que las relaciones sanas atraviesan distintas etapas que cumplen una función importante. Son esos períodos los que permiten comprobar cómo se comporta alguien cuando aparecen los desacuerdos, los problemas, las frustraciones o las diferencias de ritmo. Cuando todas esas fases se comprimen o se saltan, la sensación de intimidad puede resultar engañosa. 

“Además, hay un contexto especialmente relevante, sobre todo en población joven: el entorno digital”, añade. “Hoy es más fácil acceder a nuevas personas, iniciar conversaciones y generar una sensación rápida de conexión, pero también es más fácil desaparecer sin demasiada explicación”, apunta.

Ana (32 años, Barcelona), que prefiere ocultar su nombre como el resto de testimonios de este artículo, conoce bien esa experiencia. Conoció a una compañera de trabajo a través de amigos comunes y rápidamente se convirtió en una de las personas más importantes de su día a día. Aquella nueva amiga empezó a compartir problemas sentimentales, a buscar su compañía constantemente y a apoyarse cada vez más en ella. Poco a poco, fue dejando de lado a sus amistades de siempre para concentrar gran parte de su vida social en un grupo reducido de personas.

Me puso en un pedestal como amiga, como persona y como profesional. Era halagador, pero también me sorprendía e incluso me incomodaba

“Me convirtió en su mejor amiga muy rápido. Era algo que no era completamente mutuo, aunque yo le tenía muchísimo cariño”, recuerda. “Me puso en un pedestal como amiga, como persona y como profesional. Era halagador, pero también me sorprendía e incluso me incomodaba”, añade.

Según Rodríguez Vicente, este tipo de comportamientos pueden responder a motivaciones muy distintas. En algunos casos existe una necesidad intensa de pertenencia o validación. En otros aparecen dificultades para gestionar la ansiedad relacional o una tendencia impulsiva a vincularse. También pueden existir patrones evitativos: personas que buscan mucha conexión mientras el vínculo resulta estimulante, pero que toman distancia cuando aparecen las exigencias emocionales propias de cualquier relación estable. 

“Por supuesto, también pueden existir dinámicas más manipulativas o de control, especialmente cuando esa intensidad inicial ya va acompañada de culpa, exigencia, celos, aislamiento o presión para que la otra persona corresponda al mismo ritmo”, asegura la terapeuta.

La economía de la atención también ha llegado a la amistad

La escritora Raquel Congosto, autora de Amiga mía (Blackie Books, 2025), un libro en el que se relata precisamente la ruptura entre dos amigas, cree que sería un error analizar el friend bombing exclusivamente desde la conducta individual. A su juicio, detrás de estas dinámicas existe una realidad social más amplia.

Las personas hacemos lo que podemos en un mundo que nos está ahogando”, afirma. “La cuestión importante es preguntarnos qué está ocurriendo para que nos relacionemos así, añade.

Congosto relaciona el fenómeno con una sociedad hiperestimulada, donde la atención se ha convertido en uno de los bienes más escasos. Vivimos rodeados de notificaciones, mensajes, vídeos cortos e interacciones constantes que generan una sensación permanente de urgencia. Esa lógica también termina trasladándose a las relaciones personales. “Estamos buscando interacciones continuamente y eso nos mete en una competición por la atención muy fuerte”, señala.

Las personas hacemos lo que podemos en un mundo que nos está ahogando. La cuestión importante es preguntarnos qué está ocurriendo para que nos relacionemos así

Las redes sociales desempeñan un papel fundamental en este proceso. Según la escritora, muchas personas han aprendido a desenvolverse mejor en entornos digitales que en conversaciones presenciales. La comunicación online permite editar, seleccionar y controlar la imagen que proyectamos. La amistad cara a cara funciona de otra manera. 

“En la vida real una puede equivocarse constantemente. Puede hablar de más, de menos o decir algo desafortunado. Relacionarse implica asumir esa incomodidad, rectificar y seguir adelante. Eso también forma parte del vínculo”, apunta.

La consecuencia es que muchas amistades nacen hoy bajo una sensación de intimidad instantánea. Se siguen en todas las plataformas, comparten historias personales muy profundas desde el primer momento y construyen una imagen pública de cercanía antes de que exista una base sólida que sostenga la relación.

Rocío (40 años, Barcelona) vivió algo parecido. Conocía desde hacía años a una persona de su entorno profesional, pero la relación se transformó cuando empezaron a colaborar en un proyecto. Durante aproximadamente un año mantuvieron un contacto muy intenso. Compartían trabajo, conversaciones frecuentes y confesiones personales que llegaron muy pronto. “Se generó una sensación de confianza e intimidad emocional muy rápidamente”, explica.

La admiración también apareció desde el principio. “Me hablaba constantemente de mis capacidades y de mi talento. Adoptó una posición casi de mentor. Había una mezcla de reconocimiento, protección y una cierta tendencia a recordarme quién era yo o quién debía llegar a ser”, recuerda.

Con el tiempo, sin embargo, empezaron a surgir tensiones. Entre ellas, una propuesta laboral, que consideró poco respetuosa, cambió su percepción de la relación. Después aparecieron desacuerdos relacionados con expectativas y reconocimiento profesional. La admiración inicial se transformó gradualmente en distancia.

“Lo que más me desconcertó fue el contraste entre la intensidad del comienzo y la frialdad posterior”, recuerda. “Con el tiempo entendí que la relación se había construido sobre una idealización muy importante”, añade.

El dolor de los amigos que desaparecen

Si existe un aspecto especialmente característico en el fenómeno del friend bombing es la intensidad del duelo que puede provocar. Culturalmente, las rupturas sentimentales o las pérdidas de un ser querido cuentan con rituales, relatos y espacios de reconocimiento social. Las rupturas de amistad suelen quedar en un terreno mucho más ambiguo.

Rodríguez Vicente considera que se trata de una diferencia profundamente injusta. “La amistad ocupa un lugar esencial en nuestra vida emocional y social. Cuando alguien desaparece, no sólo perdemos a esa persona. También perdemos rutinas, expectativas, sensación de pertenencia y una parte de nuestra identidad dentro de ese vínculo”, apunta.

El ghosting añade una capa extra de sufrimiento porque deja preguntas abiertas. La mente intenta completar constantemente los huecos: qué ocurrió, qué cambió, si hicimos algo mal...

La situación se vuelve especialmente dolorosa cuando la ruptura llega sin explicaciones: “El ghosting añade una capa extra de sufrimiento porque deja preguntas abiertas. La mente intenta completar constantemente los huecos: qué ocurrió, qué cambió, si hicimos algo mal o si la relación significó lo mismo para ambas personas”.

Es justo lo que le pasó a Carla, periodista de 30 años de Madrid, que todavía está atravesando ese proceso. Conoció a quien acabaría convirtiéndose en su mejor amiga trabajando en un medio de comunicación. Compartían intensas jornadas laborales, planes en su tiempo libre y conversaciones muy personales. La relación parecía tan sólida que llegó a creer que formaría parte de su vida durante muchos años.

“Me dijo que era la segunda persona más importante de su vida después de su hijo. Compartíamos secretos, vulnerabilidades y muchísimas horas juntas”, recuerda. Pero la amistad comenzó a deteriorarse cuando ambas cambiaron de trabajo. Las promesas de mantener la cercanía y de volver a trabajar juntas se fueron diluyendo. “Me hizo promesas de que me llevaría a su periódico y fueron eso: promesas. No ocurrió”, explica. “Me hizo ghosting durante semanas y hace dos meses ya desapareció completamente. Nunca más me ha vuelto a contestar o escribir”, añade.

“Ha sido peor que una ruptura de pareja”, admite. “Era un pilar de mi vida. Lo más difícil es entender cómo alguien con quien compartías prácticamente todo puede desaparecer de repente”, cuenta.

Para Raquel Congosto, esta invisibilidad del duelo por amistad tiene raíces profundas. Durante décadas, recuerda, la amistad ha sido considerada una relación secundaria frente a la pareja, la familia o el trabajo. Pero, “las amistades han servido muchas veces para sostener las demás relaciones. Si tienes un problema de pareja, hablas con tus amigas. Si el trabajo va mal, te apoyas en tus amigos. Pero rara vez hemos considerado la amistad como uno de los grandes pilares sobre los que organizamos la vida”, sostiene.

Recuperar el valor de la lentitud

La pregunta que surge entonces es cómo abrirnos a la amistad, pero también protegernos sin caer en la desconfianza permanente. Tanto la psicóloga como la escritora coinciden en que la solución no pasa por cerrarse a nuevas relaciones.

La intimidad sana suele ser progresiva, recíproca y compatible con los límites. Se construye a través del tiempo

“La clave está en observar menos la intensidad emocional y más la consistencia”, argumenta Rodríguez Vicente. “La intimidad sana suele ser progresiva, recíproca y compatible con los límites. Se construye a través del tiempo”.

También recomienda prestar atención a cómo reacciona la otra persona cuando aparecen esos límites. Una amistad sólida tolera diferencias de ritmo, espacios propios y otras relaciones importantes. La necesidad constante de exclusividad o de atención inmediata suele revelar inseguridades más profundas.

Congosto reivindica igualmente el valor de la lentitud en un contexto social que premia la velocidad. “Pararse, dedicar tiempo a los demás y construir relaciones despacio es algo profundamente político hoy en día”, afirma. “Las estructuras comunitarias necesitan tiempo y cuidados. La amistad también”, añade.

Quizá sea esa la principal enseñanza que puede dejarnos el friend bombing. La profundidad de una relación no se mide por la cantidad de mensajes intercambiados durante las primeras semanas ni por las confesiones compartidas en una madrugada. Se mide por la capacidad de permanecer cuando la novedad desaparece. Cuando llegan los desacuerdos, las agendas incompatibles, los límites y la rutina. En definitiva, cuando aparece la vida real.