La Biblioteca de Rafael Azcona: Madrid 2009 - Logroño 2013, 2020

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Rafael Azcona manifestó en numerosas ocasiones que se sentía más atraído por la literatura que por el cine. Fiel a la vocación lectora subyacente a su oficio de eximio guionista, fue un asiduo visitante de librerías durante toda su vida y más de una vez confesó que nunca se dormía sin una lectura en mano –y no para “coger el sueño”, como el viejo protagonista de Belle Époque.

La cuantiosa biblioteca rica en obras clásicas, actuales, raras que formó en su vivienda familiar de Paseo de La Habana en Madrid es la prueba irrefutable de tal afición. En 2013, cinco años después de la muerte de Rafael, tras la ardua tarea de sopesar y decidir el mejor destino, Susan Youdelman de Azcona, su viuda, concretó la donación de la biblioteca y gran parte de los materiales de archivo a la Comunidad Autónoma de La Rioja, con el cometido de que se constituyera en un espacio abierto a lectores e investigadores.

Por una serie de azares encadenados con mi condición de profesora de Literatura Contemporánea en la Universidad Nacional de La Plata, reforzados por mis vínculos familiares con la tierra riojana, tuve el privilegio de establecer con el entrañable guionista una amistad que, de alguna manera, se continuó con su esposa Susan, con quien nos conocimos en 2009. Como es de esperar, el cine y el universo narrativo de Rafael fue uno de los primeros temas e, inevitablemente, sus libros y el futuro que les daría.

Pero no se trataba solo de un depósito razonado de libros: una biblioteca guarda además una parcela única de la biografía de su dueño, irremplazable por otros testimonios o fuentes. El ordenamiento subjetivo, la cercanía de determinadas obras, la combinación con otros objetos ornamentales, conforman, junto con el más visible y material, un acervo simbólico que revela prioridades, vivencias, predilecciones y hábitos de lectura ¿Qué iba a suceder con la biblioteca intangible de Rafael?

Al hilo de estas reflexiones Susan aceptó no alterar la disposición de los libros hasta encontrar la forma de resguardar los frágiles vestigios inmateriales de su historial. Cuando pude acceder al entorno cotidiano de Rafael, corroboré que en el raudal de libros que se esparcía por todos los rincones de la casa familiar permanecía indeleble el aura de su dueño. En el que fuera en vida el hábitat hogareño casi inexpugnable de Azcona perduraban huellas que hablaban de su avidez lectora, formación autodidacta y rutinas profesionales, todo un acervo inmaterial que guardaba valiosa información para comprender ciertos hilos invisibles de su obra y poética.

Propuse entonces a la dueña de casa un trabajo contra reloj en condiciones precarias: en los pocos días que iba a permanecer en Madrid y con recursos técnicos muy básicos me dediqué a fotografiar estante por estante. En viajes posteriores a España pude recoger nuevos detalles pero la primera e improvisada recolección fue decisiva.

Las imágenes compiladas y la memoria del espacio físico original poco o nada agregan desde el punto de vista de la bibliotecología al catálogo realizado por José Luis Cabezón para el Instituto de Estudios Riojanos (IER), pero añaden una nueva y peculiar vía de acceso al taller de la obra del gran escritor y cineasta. La aproximación a sus predilecciones y demandas de exigente y cosmopolita consumidor de literatura, historia, arte y cultura demuestra que su faceta lectora es inseparable de su buen oficio y original universo creativo, a la vez que ofrece claves e indicios de la sociedad española de la segunda mitad del siglo XX, tanto del franquismo como de la transición, con bifurcaciones en la nueva centuria.

Cartografía y memoria de la biblioteca

La biblioteca, tal como estaba dispuesta en la casa familiar, podría subdividirse en numerosas secciones; no obstante, la primera organización que salta a la vista está determinada por tres ambientes bien definidos y responde a criterios temáticos pero, sobre todo, a razones funcionales y a los usos que el guionista daba a sus libros.

En primer lugar se erige el estudio, el lugar de trabajo de creador de El repelente niño Vicente. Se trata de un espacio amplio y luminoso, con una mesa de trabajo situada de espaldas a un gran ventanal que da la calle. Una estantería de media altura separaba el escritorio del espacio dedicado a biblioteca, que se distribuía por otras tres paredes, dos de ellas cubiertas de anaqueles hasta el techo, y una tercera, de media altura, que dejaba lugar para cuadros y objetos relacionados con la trayectoria del autor: premios, obsequios, placas.

Los objetos dispersos en la habitación revelan la cercanía del propietario: documentos relativos a su oficio junto a retazos biográficos: cartas, dibujos y pinturas de su autoría –reveladores de la continuidad de su primera vocación artística-, algunos utensilios domésticos, numerosos objetos testimonios de vida y aficiones, -más de uno con reminiscencias de su tierra natal-; todo dominado por una gran colección de libros guardados con un criterio de ordenamiento propio y, en cierto modo, arbitrario desde el punto de vista de la Clasificación Decimal Universal.

La variada temática y la heterogeneidad de los géneros y disciplinas –desde libros raros en torno al sexo y al erotismo a una vasta colección, ocupando un lugar central, de planos callejeros de ciudades de España, Europa y América- denotan la relación de los materiales con su trayecto profesional e intereses personales. La historia y -cómo no- el cine, sobrepasaban las letras, razón por la que los escasos títulos de temática literaria presentes son por demás significativos. En suma, un gran acopio de saber enciclopédico, donde no faltaba un sitio especial, y muy a mano, para diferentes clases de diccionarios. El diversificado repertorio sin lugar a dudas proveía al guionista de las herramientas indispensables para un proceso creativo que siempre se apoyó en el estudio riguroso y la información contrastada. Más que la biblioteca de Azcona lector, se tenía la sensación de estar en el taller y el laboratorio del gran guionista.

A la literatura, en su concepción más clásica, le estaba destinado el salón principal de la vivienda, dispuesto con los muebles y la decoración propios de una sala de estar y recibir. Todas las paredes, incluso la zona superior a los marcos de puertas y ventanas, estaban cubiertas de libros, álbumes musicales y vídeos, aunque con clara dominancia de los primeros. A diferencia de lo que sucedía en su estudio, la clasificación es aquí más sistemática. Numerosos libros de literatura universal -muchos extranjeros en su idioma original- y, en menor medida, de arte, se encuentran ordenados por autor, género, lengua, nacionalidad. El conjunto incluía además una nutrida fonoteca y, en un ángulo más apartado, un ámbito para la videoteca con su aparato de televisión para reproducir las películas.

Por último, la tercera sección estaba en la cocina. Rafael Azcona, es sabido, era de buen paladar. Fue además un buen cocinero que disfrutaba con la preparación y la degustación de los platos. Acorde con la afición, muy cerca de los fogones había ubicado una pequeña aunque muy variada colección de libros de temas gastronómicos que no se limitaban a clásicos recetarios; muchos incursionaban en materia histórica o antropológica. Merece una mención aparte el libro de cocina francesa editado en 1957 que utilizó como fuente documental de La grande bouffe, una de las grandes realizaciones del mítico tándem que formó con el director italiano Marco Ferreri.

Los detalles que cada una de estas estancias encerraba es trabajo para el futuro.

Coda

Cuando concebí estas notas ignoraba que la Biblioteca Personal de Rafael Azcona, ya patrimonio de la comunidad riojana, había vuelto a cambiar de domicilio. En consecuencia, a la memoria gráfica del hogar madrileño debe añadirse ahora las imágenes, ya históricas, de los libros que hasta septiembre de 2020 estaban dispuestos en el noble Palacio de los Chapiteles de Logroño, que tan justo honor hacía al legado.

Dado el desfase temporal que llevo acumulado, seguramente cuando finalizo estas líneas la colección de 7000 volúmenes -más los diversos documentos, objetos personales y obras de arte que forman parte de la donación de Susan Youdelman- ya tiene programada la fecha de reapertura en la nueva sede de la Calle Alcalde Emilio Francés; y quizás ha vuelto a funcionar la url que daba información global en la WEB sobre su existencia. Con la misma lógica, quizás falte poco tiempo para que la Biblioteca Personal de Rafael Azcona esté de nuevo en funcionamiento, contribuyendo a mantener más vigente la obra del gran cineasta y escritor, y más productivo el capital bibliográfico que supo reunir en vida.

Raquel Macciuci

La Plata, Argentina, 4 de noviembre de 2020