La carga mental de ayer y de hoy

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Estos días de calor extremo en La Rioja, muchos hogares —la mayoría sin aire acondicionado— libran una batalla silenciosa contra el termómetro. No es solo aguantar el calor: es gestionarlo. Calcular a qué hora conviene bajar las persianas y a qué hora abrirlas. Vigilar si ya ha refrescado fuera para ventilar antes de acostarse, levantarse a medianoche a cerrar una ventana porque el aire de fuera ha empezado a entrar más caliente que el de dentro, decidir si esta noche toca dormir con un ventilador apuntando a los pies o rendirse y bajar al salón. Nada de esto aparece en ningún parte meteorológico, pero organiza buena parte de la vida doméstica en estas semanas, sobre todo en aquellos hogares en los que hay niños, enfermos o personas mayores. Y, como casi todo lo que tiene que ver con sostener el funcionamiento invisible de una casa, recae de forma desigual: alguien, normalmente una mujer, lleva ese cálculo en la cabeza, aunque nadie se lo haya pedido.

No es un fenómeno nuevo. Es, de hecho, viejísimo.

En 1785, en Hallowell, un pueblo de la frontera de Maine, una comadrona llamada Martha Ballard empezó a escribir un diario que mantendría durante 27 años, casi sin faltar un solo día. En él anotaba los partos a los que asistía —816 en total—, pero también las tareas de la casa, las visitas, las cosechas, quién estaba enfermo y quién necesitaba qué. Ese diario pasó casi dos siglos considerado poco menos que basura histórica: “trivialidades sobre tareas domésticas” fue, parafraseada, una de las valoraciones que se repitió incluso en una historia feminista de la partería publicada en los años setenta. Hizo falta que la historiadora Laurel Thatcher Ulrich se pasara ocho años desenredándolo para que el mundo entendiera lo que realmente contenía: el mapa mental de una mujer sosteniendo, sin ayuda ni reconocimiento, la salud y el funcionamiento entero de su comunidad.

Ojo, que he puesto un ejemplo de Maine pero podría estar hablando perfectamente de una riojana de la misma época. Sí, cambia el contexto general, puede que algunas de las actividades que llevaba a cabo Ballard no las realizase nuestra riojana anónima, pero al fin y al cabo ambas organizaban su vida y su existencia en torno a los mismo ciclos y necesidades.

Tampoco era algo propio del siglo XVIII. En realidad, el cuidado, fundamental para nuestro desarrollo histórico (como apunta, entre otras, la gran Marga Sánchez Romero) fue recayendo poco a poco en las mujeres del grupo. Y los cuidados, a su vez, se sumaban a los trabajos en el campo, manufacturas y artesanías y actividades de intercambio y comercio. Aquí es donde entra el primer problema: aquellas actividades que no se relacionaban directamente con las “actividades económicas” empezaron a considerarse menores. No aportaban riqueza, por lo que no se tenían en cuenta.

Evidentemente en este punto estoy resumiendo siglos de evolución del pensamiento económico e historiográfico. Puede parecer una trivialidad, pero de vez en cuando resulta útil hacerlo, ya que en este momento no nos interesa tanto ese proceso como su consecuencia: las mujeres que cargaban con todas estas labores tenían (y tienen) una doble carga de trabajo. Por un lado, la casa, los hijos y familiares, qué comemos y cenamos hoy, qué nos hace falta para mañana, cuándo tiene que ir alguien al médico; por otro, el trabajo fuera del hogar y todas las responsabilidades que conlleva.

Todo ello acaba por traducirse en un concepto acuñado en los años 80: la “carga mental”. El término no nació pensado para las mujeres. En los años setenta se empezó a usar en la ergonomía y la psicología del trabajo para describir el desgaste cognitivo de ciertos empleos, sobre todo el de los directivos que se llevaban a casa, mentalmente, los problemas de la oficina. Fue la socióloga francesa Monique Haicault quien, en 1984, tomó ese concepto y lo trasladó al terreno doméstico. En su artículo “La gestion ordinaire de la vie en deux” (“La gestión ordinaria de la vida en dos”), publicado en la revista Sociologie du travail, Haicault definió la carga mental como el trabajo de planificación y organización que sostiene cualquier hogar: prever, calcular, anticipar, aunque nadie vea ese esfuerzo porque no se traduce en una tarea física concreta. Para ella, ejecutar una tarea sin haberla anticipado mentalmente es solo hacerla a medias; la verdadera carga está en llevarla en la cabeza antes, durante y después.

Pese a la precisión del concepto, tardó décadas en calar. Durante los años ochenta y noventa quedó casi confinado a los círculos académicos de la sociología del trabajo, sin apenas eco fuera de ellos; la propia Haicault ha reconocido que la toma de conciencia fue “muy lenta”. Hubo que esperar más de tres décadas, hasta 2017, para que la ilustradora Emma popularizara la idea con su cómic “Fallait demander” (“Deberías haberlo pedido”), que ganó mucha popularidad y llevó el término a las conversaciones cotidianas, a las redes sociales y, finalmente, también de vuelta a la propia academia, que empezó a estudiarlo con una atención que no le había dedicado en sus primeros treinta años de vida.

Y así, casi cuatro décadas después de que Monique Haicault le pusiera nombre, seguimos con el mismo mapa mental encendido, solo que ahora, además, hace 40 grados. Porque a la lista de siempre (qué cenamos, quién tiene cita con el pediatra, si hay que llamar a la abuela) se suma esta semana otra capa invisible: cuándo bajar la persiana, si ha refrescado ya para ventilar, si el pequeño ha bebido suficiente agua o si conviene despertar de madrugada para comprobar que todo sigue bien en casa de los mayores.

Ese ejercicio constante de estar pendiente, de sostener mentalmente el bienestar de los demás sin que nadie lo pida ni lo note, no es gratis: se paga en cansancio, en insomnio, en la sensación de no desconectar nunca, y con el tiempo puede pasar factura a la salud mental de quien lo carga. No es debilidad ni exceso de exigencia personal: es la consecuencia lógica de siglos organizando la vida de los demás desde la sombra. Quizá, la próxima vez que hablemos de esto, sea el momento de mirar más de cerca cómo llegamos hasta aquí —esa larga historia del cuidado convertido en obligación silenciosa— para entender que reconocerla es el primer paso para repartirla.