De puntillas

28 de septiembre de 2026 09:50 h

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Hay series que entretienen, otras que emocionan y hay algunas que, cuando terminan, obligan a quedarse un rato en silencio. O incluso unos días.

Eso me ha ocurrido con cada capítulo de Tip Toe, la serie de Russell T. Davies que están emitiendo en HBO. No porque cuente algo que no supiéramos ya, sino precisamente porque consigue convertir en una historia cotidiana algo que quizá llevamos demasiado tiempo contemplando con una cierta distancia como es el regreso de la intolerancia, la normalización del odio y el miedo entre quienes creíamos que ya habíamos aprendido a vivir en libertad.

“Ser queer en 2026 es un acto político”, esta es una frase que dice un personaje de la serie, que se me ha quedado grabada. Y es que, después de décadas de avances, de leyes que reconocen derechos, de una mayor visibilidad y de generaciones que han crecido viendo con mucha más naturalidad distintas formas de amar y de construir una familia, podríamos pensar que es una frase exagerada, que pertenece a otro tiempo, pero quizá hemos cometido un error llegando a pensar que, porque hemos conseguido derechos, también habíamos conseguido acabar con los prejuicios. Y no es así. 

Sería injusto y falso negar la transformación profunda que ha experimentado la sociedad española. Personas que durante buena parte de su vida tuvieron que esconder quiénes eran pudieron finalmente mostrarse como son. Muchas familias han podido vivir con normalidad una realidad que antes estaba marcada por el silencio. Miles de personas han podido besar a su pareja en público sin sentir que estaban cometiendo una provocación. Pero que hayamos avanzado no significa que el camino haya terminado. Las leyes pueden cambiar una sociedad, pero no consiguen eliminar de un plumazo todos sus prejuicios. 

Durante mucho tiempo hemos dado por supuesto que las nuevas generaciones serían necesariamente más tolerantes que las anteriores y, probablemente, en muchos aspectos, lo sean. Pero esa certeza empieza a necesitar muchos más matices porque las personas jóvenes también están expuestas a un ecosistema digital en el que conviven la información, la diversidad y la solidaridad con contenidos que convierten al diferente en una amenaza, que ridiculizan los derechos de las minorías o que presentan la igualdad como una imposición.

El odio ya no necesita una esquina oscura para mostrarse. Tiene un teléfono móvil, un algoritmo y miles de personas dispuestas a compartir una mentira antes de que nadie tenga tiempo de desmontarla. Y tiene algo todavía más peligroso que es la capacidad de hacer que determinados discursos parezcan normales.

Este último aspecto me parece esencial porque la homofobia no comienza necesariamente con una agresión. A veces comienza con una broma, con un insulto que vuelve a provocar risas; con la idea de que “ya no se puede decir nada”. Con la utilización sistemática de las personas LGTBIQ+ como objeto de provocación política. Con la insistencia en presentar nuestra visibilidad como adoctrinamiento o nuestra igualdad como un privilegio.

El salto entre una cosa y otra no es automático. Sería absurdo decir que cada chiste homófobo conduce a una agresión, pero también sería ingenuo pensar que el lenguaje no construye el clima social en el que determinadas conductas pueden llegar a considerarse aceptables.

El propio Russell T. Davies ha explicado que Tip Toe nace, en parte, de su preocupación por una sociedad cada vez más irritable e intolerante y por la manera en que las redes sociales favorecen una comunicación basada en mensajes breves, contundentes y cargados de confrontación. Y ahí es, precisamente, donde creo que la serie deja de ser solamente una serie sobre personas LGTBIQ+, porque lo que está describiendo puede aplicarse también a otros colectivos como el de los inmigrantes, los sintecho, los “invasores” de Ceuta…, o incluso las mujeres.

Cuando una sociedad empieza a acostumbrarse a señalar al diferente, todos deberíamos preocuparnos. Cuando el insulto deja de dar vergüenza y empieza a provocar aplausos, deberíamos preocuparnos. Cuando la mentira se convierte en un arma y la indignación permanente sustituye a la conversación, deberíamos preocuparnos. Y cuando gran parte de una generación empieza a recibir desde las redes sociales mensajes que cuestionan la dignidad o los derechos de otras personas, deberíamos preocuparnos todavía más, porque se está construyendo un relato en el que determinadas personas empiezan a sentirse moralmente legitimadas para despreciar a otras.

Y conste que no escribo esto desde el miedo, lo escribo precisamente desde la memoria de quien pertenece al colectivo LGTBIQ+. Y quizá por eso Tip Toe me ha golpeado de una manera especialmente profunda. 

Porque quienes hemos vivido determinados momentos de nuestra historia reciente, sabemos que los derechos que hoy parecen evidentes no aparecieron por generación espontánea. Otras personas tuvieron que enfrentarse antes a la incomprensión, al insulto, al rechazo, al silencio y, en muchos casos, a la violencia para que otros pudiéramos vivir de una manera más libre.

A estas alturas deberíamos saber que los avances no son para siempre y que los derechos que hoy tenemos también pueden perderse. Los derechos se conquistan, pero también hay que defenderlos. Porque lo que hoy parece garantizado puede dejar de estarlo mañana.

En España escuchamos a diario a dirigentes de VOX reclamar la derogación de las leyes trans y presentar estas normas como una amenaza para los menores o describir las políticas LGTBI como imposiciones ideológicas. Y en 2026, con el respaldo del PP en algunas comunicades autónomas, siguen calificando determinadas leyes LGTBI de “ideológicas”, “invasivas” o alejadas de la evidencia científica. En La Rioja, por ejemplo, VOX reclama expresamente la derogación de la ley autonómica de identidad y expresión de género, calificándola de “disparate” y vinculando su aplicación con el “adoctrinamiento” en las aulas. 

Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con cualquiera de esas posiciones políticas porque, en democracia, todas las leyes pueden discutirse y reformarse, pero cuando se repite sistemáticamente que un colectivo representa una amenaza, que sus derechos son una imposición ideológica, que su visibilidad es adoctrinamiento o que sus reivindicaciones forman parte de una agenda que pretende destruir la familia o borrar a las mujeres, no estamos hablando simplemente de una discrepancia legislativa. Estamos construyendo un relato sobre quiénes somos y sobre qué lugar debemos ocupar en la sociedad.  

Y ese relato importa porque el retroceso no tiene que empezar necesariamente con una ley que elimina un derecho. Puede empezar mucho antes. Puede empezar cuando los ciudadanos dejamos de ejercer esos derechos. Cuando alguien decide no coger de la mano a su pareja por miedo. Cuando una chica o un chico evitan decir en clase que es gay. Cuando una familia decide no hablar de sus dos madres o de sus dos padres para evitar problemas. Cuando alguien escucha un insulto y prefiere callarse. Cuando una persona LGTBIQ+ empieza a pensar que quizá es mejor no llamar demasiado la atención. En definitiva, cuando volvemos a caminar de puntillas. 

Ese es, para mí, el verdadero significado del título de la serie. Uno de los personajes explica que antes entraba en una habitación diciendo “¡tachaaán!” y ahora camina de puntillas “por si acaso”. Esa frase resume una amenaza que no deberíamos despreciar.

Porque no hemos luchado durante décadas para que las personas LGTBIQ+ aprendamos de nuevo a escondernos. No hemos conquistado la libertad para vivir pendientes de quién nos mira. No hemos conseguido visibilidad para volver a pedir perdón por existir. 

Aunque también es cierto que tampoco deberíamos caer en el error contrario y pensar que todo está perdido, porque no lo está. Nuestra sociedad ha cambiado y lo ha hecho para mejor en muchísimos aspectos. Precisamente por eso tenemos algo muy valioso que proteger. Lo que necesitamos ahora no es miedo, sino vigilancia. No es enfrentamiento, sino firmeza. No es responder al odio con más odio, sino impedir que el odio vuelva a convertirse en una forma aceptable de relacionarse con los demás.

Necesitamos educación, instituciones que no miren hacia otro lado; combatir la discriminación allí donde aparezca; exigir responsabilidades cuando se cruza la línea entre la libertad de expresión y la agresión o la incitación al odio. Y necesitamos, sobre todo, recuperar la idea de que los derechos de una minoría no son solo un asunto de esa minoría. Son un asunto de todos porque son una cuestión de democracia.

Quizá por eso me ha dejado tan inquieto Tip Toe. Porque no quiero creer que sea una profecía ni que pretenda serlo. Pero sí creo que es una advertencia muy seria. Una llamada de atención sobre lo que puede ocurrir cuando una sociedad se acostumbra demasiado al ruido, al insulto, a la deshumanización y a la polarización. Y las advertencias solo sirven cuando todavía estamos a tiempo de actuar. Por eso creo que debemos estar alerta. No porque debamos vivir con miedo, sino porque conocemos demasiado bien el precio de bajar la guardia.

Hay una generación que luchó para poder salir de la oscuridad. Hay otra que ha crecido creyendo que esa libertad era algo natural. A ambas nos corresponde ahora la misma responsabilidad: negarnos a volver a entrar en una habitación de puntillas.