El rostro que se nos exige

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Cuando publiqué La careta y el rostro, la poeta Julia Baigorri me señaló dos cosas. La primera, que su máscara no era la de quien ha sido maltratada por sus compañeros, sino la de quien debe parecer feliz todos los días: yo confieso que la llevo. Soy de las que cuando llega a casa cuelga la careta de mujer feliz, como Eleanor Rigby, y ahí surjo yo, con toda mi soledad, tristeza e incertidumbre. La segunda, que el artículo que le habría gustado leer era otro: el de las abusonas y abusones, los que se erigen en caudillos de un grupo y eligen a su víctima por ser guapa o fea, bajita o gorda, escuálida o tartamuda, o simplemente porque perciben en ella demasiada sensibilidad. En memoria de los niños suicidados, me escribió, los que sufrieron en silencio la tortura de ir al cole que era su campo de exterminio. Este artículo intenta responder a esa segunda petición, sin olvidar la primera.

Empiezo por la primera máscara, la de la felicidad obligada. Edgar Cabanas y Eva Illouz, en Happycracia, describen cómo la felicidad se ha convertido en un mandato: una obligación que se exhibe, más que un estado al que se llega. Los autores critican una determinada concepción de la psicología positiva según la cual el bienestar aparece como responsabilidad individual. De ahí la presión constante por estar feliz y, sobre todo, por parecerlo. La careta de Julia responde a un mandato social que no admite excepciones. En casa no puede decir hoy no puedo: cuelga la careta y espera a que se le borre el gesto de la sonrisa.

Toda sociedad establece escalas, y esas escalas jerarquizan y excluyen. Erving Goffman lo describió en Estigma: la identidad deteriorada (1963). Ante un desconocido, la primera impresión nos permite anticipar a qué categoría pertenece y qué atributos tiene. Si descubrimos en él algo que lo vuelve distinto y menos deseable, dejamos de verlo como una persona entera y corriente y pasamos a verlo como alguien manchado y rebajado. Ese acto de reducción es la escala en funcionamiento. La apariencia física y los modales se miden con una vara invisible, y quien cae fuera del intervalo aceptable carga con lo que Goffman llama estigma: una identidad deteriorada que se le impone como condición permanente. A quien cae fuera se le clasifica antes de mirarlo. Lo que hace daño llega después de clasificar, con el sistema de premios y castigos.

Careta y rostro comparten origen. En latín, persona designaba la máscara del actor, y una hipótesis muy repetida la hace derivar del etrusco phersu. En el teatro clásico máscara y persona eran una misma cosa: te ponías la máscara y eras ese alguien. Goffman llevó la intuición a toda la vida social en La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959): cada espacio es un escenario y en él representamos un papel. Hay además un giro que suele pasarse por alto: se nos exige llevar una careta y también tener un rostro determinado. Judith Butler distingue entre las vidas que una sociedad reconoce como inteligibles y las que arroja al terreno de lo abyecto, aquello que no puede leerse. Butler desarrolla esta distinción a propósito de las normas de inteligibilidad de género; aquí utilizo esa lógica, de forma deliberadamente extensiva, para pensar otras formas de exclusión del ámbito de lo visible. De ahí una pregunta más cruel que la de la careta: si tu rostro mismo no cumple los requisitos, ni siquiera tienes derecho a una máscara digna.

Goffman y Butler describen el mecanismo de la exclusión, y las cifras del acoso escolar muestran cómo se aplica. El VIII informe de la Fundación ANAR y la Fundación Mutua Madrileña recoge las respuestas de 18.245 estudiantes de 236 centros de cinco comunidades autónomas durante el curso 2025-2026. El 14,1% del alumnado dice que él o algún compañero de su clase sufre acoso o ciberbullying, frente al 12,3% del curso anterior. El acoso presencial, medido aparte, sube del 6,5% al 7,9%. Entre los motivos, que el alumnado podía marcar en varias opciones, el aspecto físico ocupa el primer lugar (78,9%), seguido de la cultura, la raza o la religión (54,9%) y de las cosas que la víctima hace o dice (50,3%). La orientación sexual aparece en el 43%. Además, los motivos que más crecen respecto al curso anterior son el aspecto físico, la cultura, la raza o la religión, y la orientación sexual. El castigo cae sobre lo que se sale de la norma.

Las formas que adopta el castigo son reveladoras: insultos, motes y burlas (86,4%), aislamiento (43,5%), rumores (32,7%) y agresiones físicas (29,7%). El aislamiento y la burla son las sanciones típicas contra quien no encaja en la escala. El 27,6% de quienes sufren acoso presencial lo padece desde hace más de un año. Es una condición que se repite: tú eres así y mereces que te traten así. Los docentes encuestados señalan la presión del grupo de iguales (89,3%) como factor decisivo, y el 81,9% ve el sentimiento de superioridad como el rasgo más asociado al agresor. En el 33% de los casos presenciales participan dos o más agresores. El acoso es una ejecución colectiva de la norma: el grupo confirma su propia normalidad castigando al que se desvía.

Julia pedía mirar al otro lado: al que elige, al que jalea, al que mira. El estudio de Christina Salmivalli y sus colegas (1996) describió los roles que cada niño adopta en el acoso y los relacionó con su estatus en el grupo. En una muestra de 573 escolares finlandeses de sexto, identificó seis roles: víctima, agresor, reforzador del agresor, ayudante del agresor, defensor de la víctima y espectador. Los autores pudieron asignar un rol al 87% del alumnado y encontraron diferencias significativas en la distribución de esos roles según el sexo y el estatus social dentro del grupo. Un estudio con 441 adolescentes de dos institutos públicos de Castellón (Górriz y colaboradores, 2010), que asigna a cada alumno un único rol principal, reparte la clase así: 19% agresores, 20% seguidores del agresor, 32% defensores, 25% público y 4% víctimas. La conclusión de ambos trabajos es que el acoso funciona como fenómeno de grupo: la mayoría de la clase participa, de forma activa o pasiva, en el clima que lo hace posible. Los reforzadores agreden riendo o jaleando, y a veces impidiendo que la víctima escape para ver cómo la humillan. El público, según los autores del estudio de Castellón, suele quedarse quieto por miedo a ser la siguiente víctima o a enemistarse con los agresores. Pero esos roles no son fijos: en su muestra, cuando el público deja de ser pasivo, en el 81% de los casos pasa a defender a la víctima, y los defensores eran los compañeros más valorados por el grupo. El informe de ANAR apunta en la misma dirección: el 59,2% del alumnado cree que sus compañeros hacen algo ante un caso, 7,1 puntos más que el curso anterior. La clase puede inclinarse hacia un lado o hacia el otro.

Sobre los suicidios hay que hablar con cuidado. En 2024 se quitaron la vida 90 menores de 20 años en España, frente a 76 el año anterior, según el INE. Es la cifra más alta de los últimos años, y llega mientras el total de suicidios descendía por segundo año consecutivo. El INE no registra causas, y el Ministerio de Sanidad describe el suicidio como un fenómeno multicausal. Por eso pongo estas cifras junto a las del acoso sin unirlas con una flecha. En algunos casos concretos consta, además, que hubo señales de acoso y que la respuesta llegó tarde. Sandra Peña tenía 14 años, vivía en Sevilla y se quitó la vida el 14 de octubre de 2025. Según la investigación judicial, el colegio supo del acoso en febrero de 2025, ocho meses antes, y su madre pidió que la cambiaran de clase por los insultos y las burlas que recibía. Un informe de la Inspección Educativa señala que no consta que el centro abriera un procedimiento corrector. En septiembre de 2026, la Audiencia de Sevilla confirmó el archivo de la causa penal contra los responsables del colegio: no aprecia entre su actuación y la muerte la relación de causalidad directa que exige el derecho penal. El mismo auto describe esa actuación como “deficitaria, insuficiente y contraria a la urgencia” que un caso de acoso requiere, y reconoce que las medidas tomadas fueron tan leves que no surtieron efecto. Añade que el acoso influyó en el sentimiento de rechazo de Sandra hacia sí misma, aunque no de forma decisiva a efectos penales. Pide a la autoridad educativa más prontitud y contundencia, con supervisión de especialistas, y reclama la implicación del alumnado y de la comunidad educativa, porque dejar toda la responsabilidad en el equipo directivo se ha mostrado insuficiente. El archivo cierra la vía penal y deja abierta la civil para los padres. La justicia de menores investiga por separado, hasta donde consta, a las tres alumnas señaladas, y la Junta espera a la Fiscalía de Menores para decidir la sanción al colegio. En Jaén, dos adolescentes de 15 y 16 años aparecieron sin vida en un parque del centro. Se habló de acoso, y la Junta pidió prudencia hasta que concluyera la investigación policial: hay causas que tardan en conocerse. Detrás de cada cifra hay alguien que ya no está. Julia lo escribió así: los que sufrieron en silencio la tortura de ir al cole que era su campo de exterminio solapado y consentido a espaldas de los padres ajenos a su sufrimiento.

Eleanor Rigby recoge el arroz que queda tras las bodas en la iglesia y vuelve a casa a ponerse la cara, que según la canción guarda en un tarro junto a la puerta. La canción de los Beatles dura porque capta una forma de existir: la careta como estrategia de supervivencia cuando no hay otra. La soledad de Eleanor Rigby incluye no poder mostrar que está sola. La careta del tarro oculta una infelicidad que no está permitida, y en eso Eleanor Rigby y Julia Baigorri son la misma figura: la mujer que se pone la cara de felicidad al salir y la guarda al volver. En el espacio público la careta te permite pasar el examen. Si sonríes y pareces normal, cumples los indicadores que exige la escala y nadie te aísla ni se ríe de ti. El precio es que tú tampoco estás presente. La careta te protege y, al mismo tiempo, te cancela. En lugar de vivir, apruebas la inspección.

¿Y al llegar a casa? Goffman distinguió entre la región anterior (front region), donde se desarrolla la actuación ante los demás, y la región posterior (back region), donde los requisitos de esa actuación pueden relajarse. Añado una pregunta: ¿qué ocurre cuando la región posterior es el único lugar donde puedes quitarte la careta y descubres que debajo hay agotamiento? Los datos españoles de 2026 apuntan en esa dirección. El estudio de la Fundación ONCE y la Fundación AXA, con 4.100 adultos, sitúa en el 20,2% a quienes viven una soledad no deseada. La soledad llega al 49,1% entre quienes tienen problemas de salud mental, frente al 11% entre quienes no los tienen. Y el 77,6% de la población considera bastante o muy difícil reconocer ante los demás que tiene un problema de salud mental. Quitarse la careta y decir no estoy bien es en sí un acto estigmatizado. El círculo se cierra: el dolor no se muestra en público porque no se acepta, en privado sigue ahí, y llega la sospecha de que quizá no hay un yo real, solo capas de caretas desgastadas.

Marcel Mauss describió en Ensayo sobre el don (1925) el potlatch de los pueblos del noroeste del Pacífico: una forma de intercambio competitivo en la que el prestigio y el rango se ponían en juego mediante la exhibición, la entrega y, en determinados casos, la destrucción de riqueza. En algunos potlatch se quemaban grandes cantidades de bienes y se rompían o arrojaban al agua objetos de cobre para imponerse al rival. La máscara exigía un sacrificio real. Hoy la máscara se valida de otra manera: exige destruir la propia cara para sobrevivir. Allí se destruía riqueza para imponerse, y aquí se trata de borrarse hasta encajar.

Julia me sugirió que escribiera este artículo en memoria de los niños suicidados. No tengo capacidad de restituirles nada. Puedo decir lo que las cifras y los casos permiten decir: la crueldad se sostuvo entre muchos. Alguien eligió a la víctima, y a su alrededor otros rieron o miraron hacia otro lado. Y en casa, muchas veces, nadie lo sabía, porque el hijo se ponía cada mañana la careta de quien va al colegio como a un lugar normal. Esa careta decía que no pasaba nada. Debajo había un niño esperando que alguno de los que miraban hiciera algo.

Si tú o alguien cercano necesita ayuda, el teléfono 024 de atención a la conducta suicida es gratuito y funciona las 24 horas.