Ser o... SER

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Hace unos años, alguien me intentó dar un consejo que nunca he olvidado.

No recuerdo exactamente sus palabras, pero el mensaje fue muy claro:

—Paco, ahora que estás en este puesto tienes que convertirte en otra persona, en otro profesional.

Y ahí estaba el problema.

Porque el fondo de lo que quería decirme no era malo. Determinadas responsabilidades exigen prudencia, medir mejor nuestras palabras, entender el impacto de nuestras decisiones y aprender a movernos en entornos diferentes.

En eso tenía razón.

Pero no fue eso lo que sus palabras me dijeron.

Me estaban invitando, de alguna manera, a dejar atrás a la persona y al profesional que había construido durante tantos años. Precisamente la persona y el profesional que, sin lugar a dudas, habían contribuido a que me ofrecieran aquel puesto.

Aquella conversación me dejó una pregunta que me ha acompañado desde entonces:

¿Hasta qué punto adaptarnos significa dejar de ser uno/a mismo/a?

Y también un aprendizaje importante para quienes tenemos la responsabilidad de liderar personas: no basta con pensar en lo que queremos decir. Tenemos que ser conscientes de lo que nuestras palabras pueden provocar en quien nos escucha.

Porque las palabras importan.

Una conversación puede ayudar a alguien a crecer o hacerle pensar que, para hacerlo, tiene que dejar de ser quien es.

Y creo que esa diferencia es una de las bases del liderazgo humanista: entender que delante de nosotros/as no hay únicamente profesionales o equipos.

Hay personas.

Personas con su historia, sus valores, sus dudas y sus expectativas.

Quizás ahora, después de unos días de vacaciones, sea también un buen momento para pensar en nosotros/as mismos/as.

Las vacaciones nos dan algo que durante el resto del año parece escasear: tiempo.

Tiempo para descansar, compartir, desconectar… y pensar.

Pensar si estamos viviendo la vida que queremos.

Si estamos disfrutando, o no, del camino.

Si la persona y profesional que somos se parecen a quienes queremos llegar a SER.

Porque el tiempo pasa muy rápido.

Y, casi sin darnos cuenta, vamos avanzando.

Somos muchas cosas a lo largo de nuestra vida, hijos, hijas, amigos, amigas, padres, madres, profesionales, responsables, líderes…

Vamos ocupando puestos.

Asumiendo responsabilidades.

Cumpliendo objetivos.

Podemos hacer todo eso dejando que la vida avance y simplemente subirnos a ella. Seguir adelante, sin llegar nunca a pilotarla.

Podemos ser.

O podemos SER.

Para mí, ahí está la diferencia.

Ser es ir viviendo. Ir respondiendo a lo que llega. Ir avanzando, a veces sin preguntarnos demasiado hacia dónde.

SER, en cambio, exige conciencia. Exige parar de vez en cuando y mirarnos.

Preguntarnos si seguimos siendo coherentes con nuestros valores.

Si nuestras decisiones nos acercan a la vida que queremos.

Si estamos evolucionando sin dejar de reconocernos.

Porque evolucionar no significa convertirse en otra persona.

Podemos cambiar nuestras formas sin cambiar nuestros códigos.

Podemos asumir responsabilidades sin perder la cercanía.

Podemos aprender a adaptarnos sin tener que escondernos.

Y quizá esta sea una reflexión que no deberíamos hacer únicamente después de unas vacaciones.

Deberíamos volver a ella una y otra vez.

Preguntarnos:

¿Sigo siendo quien quería ser?

¿Me reconozco en la persona en la que me estoy convirtiendo?

¿Estoy construyendo solo una carrera o también una vida que merece la pena vivir?

Porque cuando nos damos cuenta, la vida ha pasado muy rápido.

Y sería una pena haber construido una carrera, alcanzado objetivos y ocupado puestos importantes para descubrir que, por el camino, hemos dejado de disfrutar de las personas, de los momentos, de nuestra propia vida, de nosotros/as mismos/as.

Así que, ahora que quizás has tenido unos días para parar y pensar, me gustaría dejarte esta pregunta.

¿Quieres simplemente ser… o vas a SER?