La movilización por la vivienda se refuerza en los barrios de Madrid más allá de Sol y el Sindicato de Inquilinas
Aunque el impulso del Sindicato de Inquilinas y la beligerancia de la Coordinadora Juvenil Socialista han concentrado las miradas y los titulares de la acampada de Sol, entre los más de 40 colectivos que la conforman hay una organización que sobresale por su afán en servir de confluencia. Bajo las siglas Pucvm (Proceso de Unión de Colectivos de Vivienda de Madrid), esta entidad de reciente creación aglutina colectivos de vivienda de distintos barrios y municipios de la capital o el conjunto de la Comunidad.
Entre ellos se encuentra el Sindicato del Barrio de Hortaleza, al que pertenece Lucía; la Asamblea de Vivienda del Barrio del Pilar, en la que milita Rodrigo o la Asamblea de Vivienda de Villalba, donde Pablo trata de luchar contra la especulación inmobiliaria en la localidad de Collado Villalba. Los tres atienden a Somos Madrid tras la carpa de Pucvm entre las calles Arenal y Preciados, convertida en las últimas semanas en una herramienta de difusión que ha contribuido a lograr cifras récord de asistencia a los encuentros por la vivienda de los barrios.
También integran Pucvm la PAH Vallekas, el Sindicato San Blas-Canillejas, la Asamblea de Vivienda de Aranjuez, la Organización de Vivienda de Tetuán y la Asamblea de Vivienda AlcoSanse. Otros colectivos con fines similares con presencia en la Puerta del Sol optan de momento por no integrarse en el proyecto, caso del Sindicato de Vivienda de Carabanchel, el de Moratalaz y el de Tetuán.
“El nombre lleva poco tiempo, surgió justo la semana previa a la acampada, pero el proceso para generar esta unión viene de largo y habíamos tenido reuniones”, comenta Lucía. “La intención es encauzarnos en un proceso más unitario porque muchas asambleas compartimos discurso y maneras de hacer, aunque otras compañeras apuesten por otros modelos igual de legítimos. Sol ha sido una oportunidad más orgánica de hacerlo efectivo, lo cual es muy positivo y nos pone muy contentos”, opina Pablo. “Solemos trabajar a nivel de barrio, pero para determinadas acciones necesitábamos un espacio de coordinación manteniendo nuestras particularidades en el que mostrar el músculo que tenemos en el territorio. El movimiento por la vivienda es más grande que nosotros y la magnitud del problema es enorme”, completa Rodrigo.
Pablo lo baja a tierra y habla de “compartir formaciones, talleres, saberes, técnicas o tácticas que poner en funcionamiento conjuntamente, sin perder la esencia de barrio o de pueblo”. Una cotidianeidad que contribuya a “escalar el conflicto” si la situación de la vivienda no mejora, con una movilización persistente. Rodrigo menciona asimismo que esta articulación facilita que operen como “referente” para futuras asambleas.
Todo dentro de la heterogeneidad de las agrupaciones. El Sindicato del Barrio de Hortaleza, por ejemplo, no circunscribe su acción tan solo a temas habitacionales: “Tratamos también asuntos laborales [ya han anunciado su participación en la huelga general del 11 de noviembre]”. Es un elemento clave a la hora de diferenciarse, por ejemplo, del Sindicato de Inquilinas. Lucía indica, eso sí, que “en los últimos tiempos las problemáticas de vivienda han cobrado un protagonismo especial”. Cita el caso de las viviendas en el parque de Santa María que la Familia Banús, uno de los grandes clanes de la construcción durante el franquismo, vendió a varios fondos. Esto generó una enorme incertidumbre entre los inquilinos, que sirvió de germen para el propio Sindicato. “Es una asamblea abierta y horizontal. No hay ninguna verticalidad en la toma de decisiones”, resalta.
“Compartimos la misma manera de funcionar”, dice Rodrigo sobre la Asamblea de Vivienda del Barrio del Pilar. Hasta les une la preocupación ante actuaciones de la Familia Banús, aquí por una estafa que amenaza con dejar sin casa a algunos propietarios. “Llevamos solo dos años y nos reunimos los miércoles a las 19.00 en el centro social autogestionado La Piluka. Queremos dinamizar el espacio con contenido político, que parecía haber decaído estos últimos años en lo que respecta a lo social. Pero sobre todo nos gusta enfatizar que somos vecinas y vecinos normales del barrio, simplemente afectados de una manera u otra por la problemática de la vivienda que entendemos que no tiene solución únicamente en lo institucional, sino que tenemos que articularnos y acompañarnos para enfrentarlo de forma colectiva”.
Rodrigo destaca de hecho el vínculo entre organizaciones de vivienda y centros sociales okupados o autogestionados, “lugares de ocio alternativo en los que poder reunirte con tus vecinas sin mediación por el consumo”. Muchos de ellos también han tenido gran peso en la acampada: La Animosa (Hortaleza), La Casika (Móstoles), La Enredadera (Tetuán), La Rosa (Centro), la EKO de Carabanchel o el colectivo feminista Ariskas, ligado a La Villana de Vallecas.
Pablo ejemplifica la fuerza de los movimientos por la vivienda fuera de Madrid ciudad, que suelen recibir una atención mediática todavía menor. “Compartimos los principios de horizontalidad o apoyo mutuo, aunque sí que tenemos más trayectoria, ocho años. En ese tiempo han surgido muchos conflictos con la Sareb [el banco malo] y en general las administraciones públicas. La sierra norte no tiene un problema de vivienda turística tan acusado, pero sí hay muchas complicaciones por el caciquismo, familias enteras con muchísimas propiedades e influencias que están asentadas en los pueblos”. Frente a ese modelo, defiende la okupación como “una manera de garantizar el derecho a la vivienda y de lucha contra este sistema”.
Con el estallido social tras el desahucio y la posterior muerte de Maricarmen, la afluencia a sus encuentros se ha disparado. “En la asamblea de Hortaleza normalmente somos 15 personas y el otro día fuimos 40. Ha habido un agite del que Sol habla por sí solo, pero que lo rebasa. Es algo que estaba latente, pero faltaba que saltara una chispa para enfrentarnos a la realidad de un problema que nos sobrepasa a todas. Está siendo muy abrumador y también muy ilusionante”, afirma Lucía. Pablo apostilla que “algo así puede ocurrir porque durante años ha habido un trabajo paciente, de hormiguita, que han plantado la semilla que ahora está creciendo de esta manera”.
Ha habido un agite del que Sol habla por sí solo, pero que lo rebasa. Es algo que estaba latente, faltaba que saltara una chispa para enfrentarnos a la realidad de un problema que nos sobrepasa. Está siendo muy abrumador y también muy ilusionante
Pese a la emoción, expresan a título personal algunos reparos sobre cómo se ha canalizado la movilización social de las últimas semanas. “Tengo la sensación de que ha estado demasiado pautado. El recorrido de la protesta y de sus ítems mediáticos la han reconducido hacia canales institucionales que no sé si expresan la profundidad del malestar o la complejidad del problema”, opina Rodrigo. Pablo pone como ejemplo que los decretos de vivienda tumbados por la derecha en el Congreso “ya dejaban fuera a las personas migrantes y sin papeles, el colectivo más afectado por la situación de la vivienda junto a los jóvenes”. Rodrigo lo resume en que existe “una subrepresentación de los sectores más afectados por la propia temática en el discurso público”.
Además de poner reparos a la concepción de las medidas, exigen una mayor ambición. Según Pablo, “hace falta una baja de alquileres, la congelación ya no es suficiente”. Habla de “movilizar el parque de 3,8 millones de viviendas vacías, con penalización fiscal a quienes no las ponen en el mercado, en vez de beneficios a los caseros buenos”. Rodrigo reclama “la prohibición de la especulación impidiendo comprar vivienda a las entidades jurídicas”, así como la de “las empresas de desokupación, replanteando el marco de la okupación, que deslegitima situaciones vitales de pura necesidad”. Lucía recuerda otra petición de colectivos sociales, no solo ligada a la vivienda, pero sí a la protección del derecho a la protesta: “La derogación de la Ley Mordaza, que en ocho años este Gobierno no ha tocado. Hay muchas compañeras en procesos judiciales por defender el derecho a la vivienda. Las diferentes asambleas suman 350.000 euros en multas”.
Reforzar la participación para mantener la chispa
El Sindicato del Barrio de Hortaleza se reúne una vez a la semana, normalmente los lunes a las 18.30 o 19.00, en La Soci. Se trata de la sede de la Asociación Vecinal de Manoteras, en el número 46 de la calle Cuevas de Almanzora. El primer lunes de cada mes abordan cuestiones de funcionamiento interno, mientras que el resto se centran en casos concretos. “Solo si la persona implicada va; no los tratamos si no está porque su presencia nos parece importante”, matiza Lucía. Luego reparten tareas, tanto para la persona afectada como las que puedan asumir el resto de miembros.
La Asamblea de Villalba se da cita por su parte cada viernes a las 19.00: “Somos un grupo de vecinas afectadas por el problema de la vivienda que se reparten tareas a todos los niveles: pegar carteles, escribir un comunicado, subir algo a Instagram... Hay muchísimas cosas que hacer y todo el mundo puede aportar. Nadie vino aprendido, que se pasen a conocernos porque somos un espacio abierto y diverso”, expone Pablo.
Somos un grupo de vecinas afectadas por el problema de la vivienda que se reparten tareas. Hay muchísimas cosas que hacer y todo el mundo aporta. Nadie vino aprendido, que se pasen a conocernos porque somos un espacio abierto y diverso
Recuerda que los desahucios, el extremo más “traumático” de la crisis habitacional, son “la punta del iceberg de todo un proceso larguísmo de muchas otras dinámicas perversas”. Cita solo algunas: “Que el casero no te quiera devolver la fianza, que no me pueda empadronar en mi vivienda, que me hagan pagar honorarios y mes de agencia...”.
Respecto al futuro inminente de Pucvm, su papel en la acampada, lo encaran con tranquilidad y sin dramatismo. Así lo explica Rodrigo: “Aunque en un primer momento nos volcamos con mucha energía porque somos organizaciones por la vivienda, nunca nos hemos sentido un elemento central en Sol. Nuestra posición ha sido colateral, de traer al centro lo que hacemos en los barrios. Un pie aquí y un pie allí. Nos ha servido para mayor difusión y para recoger casos. Pero, como no fuimos convocantes, tampoco creemos que debamos ser desconvocantes. Acompañaremos la acampada con nuestro trabajo y veremos cómo evoluciona”.
Pablo lo sintentiza en que no conciben la movilización como “un trabajo explosivo, sino como una labor del día a día”. El objetivo es que “cada persona se organice en su propio territorio con sus vecinas y su comunidad inmediata para que el apoyo mutuo contribuya a solucionar el drama de la vivienda”.