LOS PARTISANOS
Thomas Piketty, la última utopía
Qué buen vasallo, si tuviese buen señor. La cita, extenuada por el uso, vuelve a ser útil ante la lucha intelectual de Thomas Piketty contra los plutócratas. El único brazo político que podría articularse en su favor pertenece al propio bando y no parece dispuesto. Piketty es el último socialdemócrata que blande armas de cambio pero carece de fuerzas para su revolución contra la desigualdad.
Veamos las huestes que se fueron entregando en el camino. Bill Clinton, al igual que Barack Obama, legitimó –a lo largo de dieciséis largos años de mandato entre ambos, nada menos– la demolición de la fiscalidad progresiva impuesta por Ronald Reagan y, en el caso de Clinton, llevó a cabo el último tramo de la desregularización dejando el campo libre para alcanzar sin freno el crack de 2008. Ante esa crisis financiera, Obama, además, entre reestructurar la relación del mundo financiero con la economía o restaurarlo, eligió la segunda opción. Quizás esta fue la señal decisiva que indicó el fin de las ilusiones con los demócratas ante el comienzo de un nuevo tiempo. En Europa las cosas no fueron mejores. Se sabe que la Tercera Vía de Tony Blair representó para Margaret Thatcher, el corolario de su gestión. Gerhard Schröder, en Alemania, avaló las políticas neoliberales al punto que, Oskar Lafontaine, su ministro de Finanzas renunció por esta razón, abandonando el SPD y creando una nueva formación que hoy devino en Die Linke, que podría alcanzar la alcaldía de Berlín. Por último (aunque la lista es extensa), François Hollande consiguió algo olímpico: la demolición del Partido Socialista francés en una sola legislatura.
Esto es lo que hay para hacer una revolución que revierta la concentración de riqueza en unos pocos en detrimento de la pobreza global.
Piketty, como parte del mundo académico, no llama a los cómplices políticos del expolio traidores sino que en su libro Capital e Ideología opta por denominarles “izquierda brahmánica”, un término técnico que toma de una casta de intelectuales y sacerdotes de la India, para describir a la base electoral progresista que en los años setenta eran las clases populares y que, poco a poco, se fueron transformando en votantes universitarios con ingresos altos aunque, señala, su peso real es su capital cultural, más que su riqueza. Frente a esta clase de progresismo, complaciente y acomodado en los frutos del conocimiento, Piketty ubica a los conservadores que convergen bajo una “derecha mercantil” a la que nadie invita a discutir la redistribución dejando, a merced de la derecha ultra y combativa –antisistema– margen de maniobra para instalar en las clases más bajas el debate sobre la inmigración y las fronteras.
¿Qué hacer?
En El capital en el siglo XXI Piketty propuso una fórmula de la que llegaron a hacerse camisetas: r>g. La r representa a los beneficios del capital, las rentas desmesuradas, que crean y alimentan a un porcentaje mínimo de sujetos que concentran una riqueza muy superior al crecimiento económico al que denomina g. Esto significa que el ritmo de la producción cae muy por debajo de la rentabilidad acumulada. Algo que constatamos cada día: la riqueza acopiada puede crecer más rápido que la economía en su conjunto. Piketty no afirma que la desigualdad que genera el modelo sea inevitable pero aclara –por si alguien tiene alguna duda– que el mercado no está por la labor de corregir absolutamente nada. ¿Con qué herramientas o con quiénes se puede contar para acometer las reformas que lo reviertan? Con los voluntarios citados más arriba, de momento, no.
En Capital e Ideología, cinco años después del otro título, Piketty plantea que la desigualdad económica no es un fenómeno natural ni una consecuencia inevitable del funcionamiento de la economía. No estamos ante una tormenta de lluvia torrencial ni un designio del destino, es decir: si nos mojamos por no tener techo es por una decisión política, una ideología concreta que proclaman y defienden las instituciones. Ergo, susceptible de transformar. Ya lo decía Norberto Bobbio: si algo le queda a la izquierda es la bandera de la igualdad: ¿por qué no levantarla?
Así como Mario Bunge proclamaba el socialismo cooperativo, una utopía que se agotó junto a la propia vida del epistemólogo argentino, Piketty propone el socialismo participativo, un programa que se acerca a la eutanasia de los rentistas que formulaba Keynes y de igual modo, difícil de implementar a través de las conversaciones de salón. Lleva su tiempo y, como también afirmaba Keynes, para entonces estaremos todos muertos.
Sin caer en el dramatismo ni la impotencia, parte de lo que dice Piketty se escucha en las campañas electorales (ahora mismo). ¿O acaso no se oye hablar de fiscalidad progresiva, afectando a los grandes patrimonios y herencias? En su propuesta hay, además, un planteo para dotar de ayudas económicas a los jóvenes, invitar a participar a los trabajadores en las decisiones de las empresas, ampliar el acceso a la educación y reducir las desigualdades educativas. Esto es solo la punta del iceberg pero para entender el aspecto revolucionario basta con decir que para Piketty la idea de igualdad no es solo redistribuir una parte de los ingresos que se generan sino una repartición distinta de la propiedad y el poder.
Estos conceptos son acompañados en el libro, de manera didáctica, con referencias a clásicos como Sentido y sensibilidad o Papá Goriot. De la novela de Jane Austen se vale para ilustrar que una herencia no es solo un capital que se recibe sino que determina los ingresos, la posición social y las posibilidades de matrimonio de una persona. La nota cruel es que el universo de Austen no forma parte del pasado. De la novela de Balzac toma las enseñanzas que el protagonista, un joven estudiante sin dinero, recibe de un adulto conocedor de los mecanismos sociales: le advierte que hacer carrera profesional no es el camino hacia la riqueza; la vía rápida es desposar a una heredera. El Wall Street Journal, en su reseña del libro, no compartió la enseñanza de estos ejemplos y le propuso al autor la relectura de otros dos clásicos: Rebelión en la granja de Orwell y El cero y el infinito de Koestler (este último, arrojándole el estalinismo en la cara, se aleja del fair play liberal).
El último movimiento de Piketty ha sido presentar el informe de Global Justice Project (Proyecto de Justicia Global), un laboratorio dedicado al estudio de la desigualdad en el que le acompañan una serie de prestigiosos economistas así como también investigadores de los escenarios de la transformación global, especialistas en distribución de la renta y fiscalidad progresiva y estudiosos de los medios y la financiación de la democracia sumando, en total, cuarenta y cuatro académicos.
¿Qué plantean? Al problema de la desigualdad le añaden el reto climático. “Sin ese enfoque dual, los gobiernos se arriesgan a repetir los errores que desencadenaron las protestas de los chalecos amarillos en Francia contra un impuesto al carbono que habría afectado a la clase media y trabajadora más que a los ricos”, declaró Piketty en la presentación del informe. Sube, entonces, el listón de reformas que expone en sus libros y plantea llegar a 2100 manteniendo el calentamiento por debajo de los dos grados y multiplicando los ingresos para una gran mayoría del planeta.
La revista Jacobin, en un largo artículo, tacha de ingenuo el esbozo de este programa ya que no ve el modo de financiar una transición en un plazo más corto, hasta finales de la década de 2050, momento en el que el Fondo Soberano Mundial (WSF, por sus siglas en inglés) habría acumulado fondos suficientes para autofinanciarse y los multimillonarios actuales estarían en extinción por la vía de impuestos y limitaciones. Jacobin, en definitiva, acusa a Piketty de carecer de una evaluación realista del equilibrio de fuerzas de clase que le convierten en “un general sin ejército”.
Es verdad, en una entrevista reconoce que su crítica a las grandes fortunas, las mayores, constituye una revolución y ante el planteo de si se concretará por una vía apacible o a través del “desorden” (es la palabra que utiliza) no tiene respuesta. “Yo soy un intelectual: he elegido escribir libros, no ser guerrillero”.
En La tierra baldía, se sabe, Eliot sublima la crisis que deja la Primera Guerra Mundial, y ni bien comienza el poema describe una ciudad irreal, en la que los habitantes caminan hacia el trabajo como figuras que se desplazan fantasmales, mecánicamente. Al final del libro, en el último poema Lo que dijo el trueno, rompe el silencio un estruendo: habla por primera vez la voz de la naturaleza. Se trata de una voz con sentido. La propuesta de Thomas Piketty construye también, por primera vez, en estos años un sentido. Ahora falta el trueno.