Mensaje desde Francia: cuando la nada es todo el horizonte
El día que los revolucionarios franceses tomaron la Bastilla, el rey Luis XVI escribió en su diario: Rien. Aquella palabra, nada, ha pasado a la historia como símbolo de la distancia entre las élites y quienes estaban transformando los cimientos de la sociedad. No sabemos si Emmanuel Macron lleva un diario de sus últimos meses en el Elíseo. Pero sí podemos imaginarlo, durante estas semanas, dedicando su tiempo a leer los sombríos diagnósticos de la prensa económica anglosajona sobre Francia. Quien vino a superar las contradicciones de la V República se encuentra al final de su mandato con una deuda cercana al 120% del PIB, los intereses de la deuda francesa a diez años en máximos desde 2002 y la urgencia de sacar adelante “un plan de ahorro” de 54.000 millones de euros.
En paralelo, desde Créteil, en plena periferia parisina, las movilizaciones estudiantiles se extendieron, primero, por la región de París y, después, por toda Francia. Según Le Monde, en apenas diez días, más de 1.000 centros educativos vieron interrumpido su funcionamiento normal. A lo largo de las siguientes semanas se sumaron otros sectores, desde las universidades y las familias, pasando por los sindicatos, hasta los chalecos amarillos, planteando un desafío total. Desoír las demandas y responder con dureza a los estudiantes solo ha aumentado la escala del conflicto y la intensidad del enfrentamiento.
Resulta sintomático y, a la vez, una cierta ironía del destino que esta protesta sistémica haya comenzado en la escuela. En Francia, como en otros países europeos, se ha cargado a la educación con la responsabilidad de resolver todos los problemas que se generaban más allá de sus muros. La escuela era la institución central en la promesa meritocrática que planteaba que, si hacías lo que te tocaba, si estudiabas, trabajabas y te esforzabas, vivirías mejor que tus padres. El mito de la educación como ascensor social ha tocado a su fin entre tanta precariedad laboral y tantas desigualdades que erosionan nuestras democracias.
Pero hay una diferencia generacional remarcable entre los jóvenes que se movilizan hoy en Francia y quienes nacimos tras la caída del Muro de Berlín. Nosotros vimos hecha añicos aquella promesa de progreso social con la crisis financiera de 2008. Los adolescentes de los liceos franceses han arrastrado las consecuencias de aquella crisis, pero su mundo ha sido un mundo de shocks energéticos y sociales permanentes, que han ido rompiendo nuestras sociedades entre quienes dedican la mayor parte de su renta a sobrevivir y quienes no lo hacen, como explica la economista Isabella Weber en su reciente libro Anti-fascist economics.
La crisis es la única normalidad que han conocido. No solo es que no puedan crear ya en la promesa de vivir mejor que sus padres, sino que no disponen de condiciones para imaginar un futuro propio. Ese malestar, que ha desbordado las aulas francesas, conecta con una experiencia transversal y más amplia: la vie chère, la vida cara. Para agravar más ese cóctel explosivo en algunas periferias urbanas la falta de perspectivas vitales y la angustia económica se combina en algunas periferias con el sentimiento de abandono de jóvenes franceses hijos y nietos de inmigrantes por parte de la República.
Cuando las protestas se han recrudecido, hay quien ha quedado hipnotizado por el fuego y las imágenes de los enfrentamientos con la policía. Lo hemos visto en la ritualización que han efectuado los medios de comunicación y también en nuestros timelines de las redes sociales -aparentemente promovido desde ciertos países y con la connivencia de las plataformas tecnológicas-. En el plano interno, Macron ha llegado a responsabilizar a la extrema izquierda y a la Francia Insumisa de los disturbios. Mientras la extrema derecha ha querido reducir el conflicto a un fenómeno exógeno, antifrancés, que estaría protagonizado por inmigrantes. Ambas interpretaciones niegan el malestar, pero sobre todo la brecha que separa a una importante parte de la sociedad de las instituciones de la V República.
Frente a esa mirada, vale la pena recordar a E. P. Thompson y a otros historiadores de la historia desde abajo, que nos enseñaron a no menospreciar los motines populares como meras explosiones irracionales de masas enloquecidas. Las revueltas populares tienen su propia lógica. En ellas es posible identificar concepciones ampliamente compartidas de la justicia e incluso las obligaciones del poder. No se trata de justificar la violencia, pero sí de evitar que el humo nos impida ver las causas.
Además, en Francia, la calle ha sido históricamente un campo de batalla por la legitimidad política. Los franceses han aprendido de su historia, y la mayoría de las veces en sus propias familias, que la movilización sirve y que las reivindicaciones de la calle forman parte consustancial de la democracia.
No debemos perder de vista el contexto político-institucional en el que se suceden estas protestas, que tienen visos de durar tras el último llamamiento de Sophie Binet, la líder de la CGT francesa. La próxima primavera se celebrarán elecciones presidenciales y los sondeos dibujan un escenario excepcional. Por primera vez en la historia de la V República, la extrema derecha no solamente estará en segunda vuelta, sino que su candidatura no es la que más rechazo genera entre los franceses. Parece que se gastó el frente republicano de tanto usarlo. Según el barómetro de Cluster17 para Político, Marine Le Pen registra un rechazo electoral del 62%, inferior al de Mélenchon (73%) o el Phillippe (68%). Ello aumenta enormemente sus opciones de llegar al Elíseo.
A pesar de que las protestas puedan acabar convirtiéndose en la antesala del Gobierno de Reagrupamiento Nacional, sería tremendamente injusto responsabilizarlas de ese desenlace electoral. Tanto la consolidación de la formación de Marine Le Pen como las dificultades de las izquierdas para ofrecer una alternativa compartida son procesos que vienen de lejos. Además, la respuesta del Estado y el centrismo francés a la movilización social, a través de su criminalización, la represión y las llamadas al orden, no hacen sino pavimentar el camino de la extrema derecha. Hemos visto irrumpir en todo su esplendor el macrolepénisme como polémicamente ha planteado el historiador Emmanuel Todd.
Desde España, hay importantes motivos para seguir de cerca estos acontecimientos. Como se ha repetido, las elecciones generales del 29N se presentan como unas elecciones epocales. Nos jugamos el modelo de sociedad y es bueno saber cuáles son las alternativas que hay en juego. De una manera diferente, pero conectadas entre sí, las movilizaciones por el derecho a la vivienda y las acampadas han situado en el centro del escenario político un malestar transversal y la incapacidad del Estado social de dar respuestas a la altura de las circunstancias históricas.
Si la democracia insiste en ofrecer la nada como horizonte a la generación más joven y a la parte de la sociedad que vive de su trabajo, ¿qué otra reacción esperamos que una que esté marcada por la desesperanza y la violencia? Sea quien sea quien salga victorioso de las urnas el 29N debería tomar buena nota de esta señal de alarma y no confundir, como Luis XVI, su rutina con la vida profunda de la nación.