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París en llamas, en Sol huele a pis

Un automóvil arde en la plaza de la República mientras estallan enfrentamientos entre manifestantes y la policía durante una protesta contra el aumento del coste de la vida y los recortes en los servicios públicos en París.
18 de octubre de 2026 21:47 h

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La acampada de Sol por la vivienda se convirtió este fin de semana en un escenario de guerra: los acampados quemaron coches, autobuses y mobiliario urbano, saquearon comercios de la calle Preciados, intentaron asaltar el Corte Inglés y lograron entrar en el edificio de la Presidencia madrileña, que acabó en llamas. En Gran Vía levantaron barricadas, arrojaron adoquines a la policía, y los violentos choques dejaron cientos de heridos, algunos de gravedad. Normal que el Gobierno regional y el Ayuntamiento pidan el inmediato desalojo de la acampada, antes de que destrocen la ciudad entera.

Espera, que no, que no fue el centro de Madrid sino el de París y las principales ciudades francesas. Cientos de heridos, más de 2.000 detenidos en su mayoría menores, 1.500 comercios saqueados o destrozados, edificios públicos tomados al asalto, un ayuntamiento incendiado, coches quemados, barricadas, y a punto de asaltar las parisinas Galerías Lafayette, mientras la policía respondía con cañones de agua, gases lacrimógenos y granadas aturdidoras que dejaron varios mutilados. “Clima prerrevolucionario”, dijo la prensa francesa, con la policía desbordada, el Gobierno fuera de juego, la ultraderecha pidiendo mano dura y el país entero conmocionado.

En Italia, fuertes choques entre jóvenes y policías en varias ciudades, también con gases y cañones de agua, y decenas de heridos. En Bélgica, violentas cargas policiales y más de 200 jóvenes detenidos. En Albania, enfrentamientos en la capital, edificios oficiales atacados, y parte de la sede del Tribunal Supremo quemada.

En España, tras varias semanas de manifestaciones pacíficas, plazas ocupadas sin incidentes por todo el país, y cientos de personas acampadas en la Puerta del Sol durante más de 20 días, el Gobierno madrileño, la derecha y algunos medios criminalizan a los jóvenes que reclaman vivienda digna: los han acusado de tener cuchillos para hacer bocatas, usar adoquines para apuntalar las tiendas de campaña, ponerle un pañuelo palestino a la estatua del oso y el madroño, dar mala imagen a los turistas, y lo último, el no va más de la violencia: bañarse en la fuente un día de calor, tirar los cubos de fregar por un respiradero del metro pensando que era una alcantarilla, y dejar un olor a pis que justificaría cerrar la estación de Sol varios días.

Si comparo las protestas violentas de Francia y otros países con nuestras tranquilas acampadas, no es porque me entusiasmen las barricadas parisinas ni critique la mansedumbre española, que no soy yo de los que tiran el adoquín y esconden la mano, ni tampoco de esos revolucionarios de salón que no pisan la acampada pero les dicen lo que deberían hacer. Que cada uno saque sus conclusiones; yo solo lo comento porque el contraste es notable, siendo todas movilizaciones por un mismo malestar: el aumento del coste de la vida, que es la vivienda pero también la cesta de la compra y el combustible.

En España, cuya crisis de vivienda es seguramente la más grave, y con similar sensación de empobrecimiento de la clase trabajadora, no arden las calles, y nuestros jóvenes indignados y sin futuro organizan turnos para barrer en la acampada y evitan hacer ruido después de medianoche. No sabemos si esa calma se terminará en algún momento, hay quien vaticina que la furia social que ya incendia otros países acabará llegando aquí también. Mientras tanto, los gobernantes sobreactuados y los periodistas escandalizados deberían agradecer que lo peor que pase en nuestras calles sea un poco de olor a pis.

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