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Opinión - Por un puñado de puntos, por Antón Losada

Angustia de izquierdas

11 de octubre de 2026 21:11 h

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“¿Qué va a pasar?”. Me lo preguntaba hace unos días un conocido en un bar. Me ha pasado unas cuantas veces, sobre todo en los últimos meses, también antes de que se produjera la convocatoria electoral; como reacción, presupongo, al ambiente o a aquello que en el ambiente se palpa: me cruzo con alguien en una barra, me acaba diciendo algo sobre la situación política, me pregunta qué va a pasar. Como no tengo una bola de cristal, a quien me pregunta algo así le hago un resumen o análisis de la coyuntura en unos minutos, trato de explicar algunas cosas, me resigno al final. Sospecho que buscan con sus preguntas más sosiego y apaciguamiento que respuestas. En ellos late una angustia compartida, como si hubiera saltado la alarma y viniera una catástrofe, un desastre natural.

¿Vivimos un tiempo de angustia de izquierdas? «La angustia es el vértigo de la libertad», escribía Kierkegaard, que separaba el miedo, siempre miedo a algo, de la angustia ante lo posible. Cuando, en el décimo seminario, Lacan trató la angustia, insistió en que esta no venía ni de dentro, ni de uno mismo, ni carecía de objeto; la angustia es lo que no engaña. La de izquierdas de este otoño no carece de objeto, desde luego: el panorama demoscópico lleva meses instalado en una mayoría absolutísima para las derechas, cuando no la proyecta rozando los tres quintos que exige una reforma constitucional. Quienes me preguntan en los bares no se equivocan, pues.

Se da por hecho, en ciertos discursos, que el 29 de noviembre nos lo jugamos todo, a todo o nada, casi, donde (si se pierde) la catástrofe y la hecatombe serán totales. No seré yo, respecto a eso, quien contradiga a José Luis Villacañas, que afirmaba esta pasada semana que la época que viene «no será una derogación formal del texto de 1978, será la destrucción de nuestra constitución social y tendrá como elemento público la reforma de leyes parciales, de la ley electoral, de las pensiones, de los sindicatos, de la enseñanza, de las universidades y de la sanidad pública». Tras esa ofensiva, escribía Villacañas, «nada será igual. Los pensionistas quedarán desprotegidos, los nacionalistas sin influencia política en el Estado, los sindicatos sin fondos públicos de ayuda, el profesorado coaccionado a impartir contenidos impuestos, las universidades asfixiadas y la sanidad pública abandonada». Un desmantelamiento que probablemente venga con una combinación de crueldad y torpeza, como es el caso en Argentina, donde la Corte Suprema dejó vía libre a finales de septiembre a la venta sin límites de tierras a extranjeros, decretada por Milei, para suspenderla de forma cautelar diez días después. Tengo un colega que me pregunta siempre qué preferiré, cuando «llegue la derecha» y «tengan apuntados nuestros nombres»: si exilio o fusilamiento.

Pienso que exagera, quizá porque soy joven y descreída o porque soy joven y temeraria. Si nos creemos de verdad este discurso, si tan terrible va a ser todo, si el fin de los tiempos está a la vuelta de la esquina (por más que la historia electoral de derechas y extremas derechas se parezca más bien a un electrocardiograma: a veces ganan, a veces pierden): si esa sombra acecha todavía, ¿qué hacemos cuando los mismos partidos que hablan de esa urgencia lo juegan todo a la chica y se comportan como unos irresponsables? ¿Guillotina? 

Mientras en Sol las asambleas piden que caiga el rentismo o proclaman que no se puede hacer las paces, que esto es lucha de clases, a la izquierda del PSOE se negocia (tarde y mal, porque el Frente Amplio ha tenido meses, y meses, y meses de tiempo, y cualquiera que lo mire desde fuera no sabe muy bien en qué lo habrán gastado, más allá de definir un nombre que ya se barajaba hace tres años) si entra o no entra Podemos, el orden de las listas por Madrid, dónde repartir las pequeñeces y los escaños, liberados, subvenciones, el resto de armatostes electorales. Rufián, que lleva meses diciendo que lo que viene es chunguísimo, terrible, que es imposible encararlo solos, que no le da la gana tener a Abascal de vicepresidente o de ministro de Interior, ha decidido también jugar a la chica, enterrar sus ambiciones estatales y encabezar la lista de ERC, con un «acuerdo de colaboración» con Podemos como premio de consolación. Conste que nada de esto es nuevo y que sucede exactamente lo mismo en todos los procesos electorales; lo desconcertante es la distancia entre el tono y la conducta.

Si cada convocatoria es la última y cada derrota el fin del mundo, una pierde la capacidad de distinguir lo grave de lo terrible, y se instala un fatalismo desesperante; al final, hasta hay quien goza de ese fatalismo, de pensar en lo jodido de cuanto se viene, y en ese goce de la angustia hay una dinámica lesiva, tanto para quien goza como para los demás.

En Esperanza sin optimismo, Terry Eagleton separaba una cosa de la otra. El optimismo es una cuestión de temperamento, casi irracional: la convicción de que todo saldrá bien porque sí, por una tendencia del mundo o por el arco moral del universo. La esperanza, en cambio, se trabaja, requiere empeño, obliga a quien la tiene a implicarse, a hacer cosas. Esa esperanza es muy distinta de la esperanza vacía que ofrece en 2026 la clase política. Su esperanza, ¿para qué? Con las calles levantadas porque en ocho años de Gobierno la crisis de la vivienda solo ha ido a peor, esperanza, ¿en qué, en quién?

Quizá en no delegar la esperanza, ni esperar, como hacen quienes no esperan hoy nada de los partidos. «Ocho días de poder popular son capaces de hacer mucho más que ocho años de gobierno progresista», decía a principios de octubre Valeria Racu, portavoz del Sindicato de Inquilinas. Lacan dijo en aquel seminario que «actuar es arrancarle a la angustia su certeza». Lo absurdo sería resignarse al final o, incluso en la catástrofe, cruzar los brazos o rendirse.