La más indigna forma de transfuguismo
Como aficionada al fútbol estoy más que acostumbrada a ver cómo los jugadores se venden por unos billetes, incluso si son del equipo rival. Es una práctica tan común como institucionalizada. Pero a los futbolistas no los vota nadie, ningún socio deposita en ellos un mandato o una confianza cívica, es parte de su ADN lo de llegar e irse, vienen con un cheque y con otro se van. Cuando el transfuguismo entra en la política está brotando la mayor de las deslealtades: que un electo utilice su escaño para alterar el mandato de las urnas, que un representante público usurpe la voluntad de los ciudadanos para cambiar o alterar las mayorías. Y entrando ya en el plano ético (que debería haberlo), que apoye a un partido que representa lo contrario a los valores que solía defender, salvo alguna revelación ideológica tan inverosímil como mitológica.
El transfuguismo es una forma de corrupción, una práctica antidemocrática que, aunque legal, muestra una debilidad profunda en la democracia. Ningún partido está libre de pecado, eso es así. Pero en el caso del Ayuntamiento de Lugo, a la ya de por sí turbia práctica del transfuguismo, se suma la casuística propia. No estamos hablando de un contexto normal ni de habituales discrepancias políticas, estamos hablando de un contexto salpicado por la trágica cadena de muertes de tres (ex)compañeros de la tránsfuga María Reigosa (Por contextualizar, en el período de un año han fallecido la alcaldesa Paula Alvarellos, por un infarto, y los concejales Pablo Permuy y Olga López Racamonde, por cáncer).
La Xunta de Galicia acaba de anunciar la vacante en la Jefatura del Servicio de Litoral lucense que, según denuncian el PSOE y el BNG, estaría esperando a Reigosa al final del túnel de la moción de censura. Ella asegura que no concurrirá y el gobierno gallego dice que no es un puesto creado a dedo. Sea como fuere, el PP volverá a gobernar Lugo veintisiete años después gracias al apoyo de Reigosa, salvo giro de guion inesperadísimo. Elena Candia, presidenta provincial del partido y designada directamente por Feijóo como integrante del comité ejecutivo nacional, empuñará el bastón de mando el próximo 7 de mayo, salvo sorpresa.
La última muerte grupo del PSOE en el Ayuntamiento de Lugo, la de Olga López, concejala de Cohesión social, ocurrió el pasado 6 de abril. Hay que reconocer que, al menos, Candia tuvo unas horas, puede que días, de cortesía para iniciar los contactos para la maniobra. “Tenemos que aprovechar la oportunidad de mejorar Lugo”, dijo la semana pasada la futura alcaldesa de la ciudad. La oportunidad. Como si se tratase de los Días Fantásticos de El Corte Inglés o alguna oferta de Lidl, y no de un indigno movimiento político.
Los gallegos estamos más que acostumbrados a personajes oportunistas sin escrúpulos dentro de nuestra política regional. Es un mal ancestral que casi surge de la propia tierra, representantes públicos partidarios de servirse a sí mismos antes que servir al ciudadano violando el concepto de compromiso. Pero hay situaciones en las que, por su excepcionalidad, lo comprensible es que la humanidad y la cortesía institucional se antepongan a los intereses propios y a las políticas de partido. No será en Lugo donde en unos días veremos al PP recuperar el Ayuntamiento veintisiete años después, auspiciado por tres muertes y una tránsfuga. Podría ser la secuela ficticia de una película de Mike Newell, pero desafortunadamente no lo es.