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Lecciones de esfuerzo de quienes viven de la política desde los veinte

11 de octubre de 2026 21:11 h

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El lema del PP de cara a las elecciones ya parece oficialmente el de la España del esfuerzo, o como dijo Feijóo en un mitin celebrado el pasado sábado la España del sacrificio. Ya sabéis, esa España que madruga, la que se abrocha la bata de borrego cuando aún no ha salido el sol por el horizonte para calentar el agua de la ducha, la España que enciende la cafetera a oscuras para no despertar a nadie en su piso compartido. 

La verdad que es de sacrificio sabemos bastante las clases trabajadoras, y muy especialmente quienes salimos al mercado laboral en plena crisis del 2009, justo para descubrir que “habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades”. En 2013, el paro de los menores de 25 años llegó al 55,5%. Licenciados con idiomas, muchos de los cuales tuvieron que hacer las maletas e irse fuera del país (para no volver) en eso que el PP bautizó entonces como “movilidad exterior”. Así que mi generación aprendió pronto que el sacrificio no siempre tiene recompensa, que se puede estudiar mucho, trabajar más y pagar un alquiler a duras penas. Y que, mientras a unos se nos pedía constantemente esfuerzo, otros encontraban siempre la manera de presentar sus privilegios como derechos adquiridos. 

La falacia del esfuerzo se desmonta de forma rapidísima, además, cuando se repasa qué ha hecho el PP con las medidas que pretendían aliviar, precisamente, a quienes más se han sacrificado estos años. Por poner dos ejemplos. El salario mínimo era de 735,9 euros en 2018. El último Gobierno de Rajoy había pactado con patronal y sindicatos llegar a 850 euros en 2020; hoy está en 1.221 euros en 14 pagas, un 66% más. Cuando el Gobierno lo subió de golpe a 900 euros en 2019, el PP lo tachó de imprudente. O la excepción ibérica, que contribuyó a contener las facturas de la luz durante la crisis energética, fue despachada por dirigentes populares como una “intervención radical del mercado” o, directamente, como el “timo ibérico”. 

Ayuso bromeaba el sábado sobre que alguien saludase a los acampados en Sol porque ya eran las doce de la mañana. A continuación, añadió la carta del terrorismo (al menos no la de ETA todavía). “Quiero saber si es cierto que hay un grupo que ha tenido antecedentes terroristas propalestinos gestionando la acampada de Sol”, afirmó, sin aportar pruebas que acrediten esta vinculación.  

Es curioso que los que piden esfuerzo y sacrificio, los que llaman vagos a chavales que se movilizan por sus derechos, son quienes llevan desde su veintena ocupando cargos políticos y viviendo de sueldos públicos. Feijóo, en concreto, lleva más de media vida instalado en las instituciones. Y tal vez sus currículums deberían invitar a cierta prudencia a la hora de impartir lecciones sobre lo que cuesta ganarse la vida.  

A siete semanas de las urnas, vamos conociendo las líneas maestras del programa electoral del PP: la petición de esfuerzo colectivo, la demonización de las bajas laborales, la sospecha sobre el voto por correo y una enmienda a la totalidad del sanchismo. Lo resumió el fin de semana Miguel Tellado, director de campaña: “Esto no va de que el PP le gane las elecciones al PSOE: se trata de salvar España de Sánchez. De defender la democracia española”. El programa electoral, por tanto, es defender a España de Pedro Sánchez. Una propuesta tan poco estimulante como la de quienes, desde una parte del PSOE, reducen su argumento electoral a pedir el voto para frenar a los fachas. Pero ya que el PP le reclama esfuerzo a la ciudadanía, estaría bien que predicara con el ejemplo esforzándose a en esbozar un programa que no ponga bajo sospecha las bases de nuestro sistema democrático y que diga, con cifras, cómo piensa conseguir que un milenial pueda pagar un alquiler sin compartir baño a los cuarenta. Que a estas alturas la clase trabajadora no necesita que nadie le explique qué significa sacrificarse.