Pensar en nuestro futuro
En ocasiones, cada vez en más ocasiones, me extraña la ruindad de ciertas personas, de ciertos partidos. Tal vez se deba a mi imbatible optimismo, a que, en general, tiendo a pensar bien de la gente o, al menos, a tratar de comprender por qué actúan como actúan, que les mueve, qué hace que sean así. Tiendo a creer que, si llego a entenderlos, eso puede significar que ellos también serán capaces de entenderme a mí y entonces hay posibilidades de llegar a un diálogo constructivo que nos sirva a todos para poder vivir mejor, juntos y en paz.
Cuando lean esto habrá pasado ya una semana, pero la ruindad del acto seguirá ahí, grabada a fuego en la mente de todas las gentes de bien: el PP no “ha visto” eso de dedicar un minuto de silencio a la muerte de Maricarmen. Un minuto por una vida humana que ellos han contribuido a destruir. ¿No les parece de una ruindad estrepitosa? ¿De verdad piensa el PP que, con ello, está interpretando la voluntad de sus votantes? ¿Tan ruines los consideran? Si yo fuera votante del PP me sentiría realmente ofendida por ello.
Hemos llegado a un punto en este país en el que parece que para los partidos de derecha y ultraderecha las mentiras, los insultos, las faltas permanentes al respeto a cualquier otro ser humano son lo habitual. Pregonan su desprecio por el resto de los españoles y españolas y ya ni siquiera se avergüenzan de su comportamiento, ya que suponen que cuanto más violentos y maleducados sean, sobre todo al atacar a sus rivales políticos, mejores resultados electorales conseguirán.
Falta muy poco tiempo para que la ciudadanía pueda expresar su voluntad en las urnas. El señor Feijóo quiere que “hable el pueblo”. Debe de ser que la expresión de miles de ciudadanos manifestándose públicamente en las calles y plazas de nuestro país no le parece una forma de hablar. Debe de ser que, tan ocupado como está, no le ha dado tiempo a estudiar historia, ni la de nuestro país ni la de otros.
Dentro de unas semanas vamos a tener de nuevo la posibilidad de ejercer nuestro derecho al voto y por eso me parece importante recordar que es fundamental frenar a los partidos que solo tienen en mente el interés de los grandes millonarios, no el de las personas normales. Para conseguirlo, lo primero es ir a votar, y lo segundo votar a quienes más han hecho y están haciendo por nuestra sociedad, por el bien común: los partidos de izquierdas.
Igual que me extraña la ruindad de la que son capaces algunos políticos, también me extraña que propugnen abiertamente medidas futuras que van en contra del interés de los ciudadanos de a pie y que las expresen con tanta seguridad, sin temor a que la gente se dé cuenta de las barbaridades que están diciendo y que eso pueda restarles votos. Me explico: ¿cómo se puede decir que, si llegan al gobierno, van a tomar medidas para que los trabajadores tengan que acudir a su puesto de trabajo aun estando enfermos? ¿Cómo tienen la desfachatez de abogar por la privatización de la sanidad y de las pensiones? Está claro que piensan que están hablando para personas que no se dan cuenta de lo que eso significa, porque ¿quién puede pensar que vamos a estar mejor como sociedad teniendo que pagar nosotros “privadamente” el médico que nos atienda o teniendo que ocuparnos “privadamente” de nuestra pensión cuando lleguemos a la edad de jubilarnos? Está claro que piensan que sus votantes no se dan cuenta de lo que significa y eso quiere decir que desprecian su inteligencia, que creen que hablan para tontos, ya que solo un tonto puede pensar que pagando menos impuestos va a obtener mejores servicios.
Desde aquí, quisiera animar a lectores y lectoras de esta columna a dos cosas que me parecen fundamentales. Si cada uno de los que pensamos que es necesario conseguir que no lleguen las derechas al poder, hacemos estas dos cosas, tan simples, yo creo que podemos ayudar.
Una es que en nuestro círculo de amigos, en nuestro trabajo, en la medida de nuestras posibilidades, hablemos con cuatro o cinco personas para animarlas a que vayan a votar. Eso de “yo no me meto en política” o “todos son iguales” no nos sirve. Todo comportamiento, público o privado, es un comportamiento político. Toda elección -también la de no votar- es una decisión política. Pero no votar es dejar que otros decidan por ti y que los que ganen esas elecciones hagan las leyes a las que quedarás sujeto. Sería muy importante conseguir que se dé cuenta de ello todo el mundo, cuanta más gente, mejor.
La segunda cosa que podemos hacer es hablar con esas pocas personas que tenemos a nuestro alrededor hasta que podamos estar seguros de que han comprendido algo fundamental: que lo que pregona la derecha es que los pobres sean cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos; que, si ganan, nos van a arrebatar los derechos que tanto nos costó conseguir a base de protestas, manifestaciones, cárcel e incluso ejecuciones. Hay que dejarles claro que votar a la derecha es votar para que volvamos a ser un país de jornaleros y caciques, sin derechos para los obreros, los enfermos, las mujeres en general, los homosexuales, las personas trans, los extranjeros, los inmigrantes, los que tienen otro color de piel u otra religión. Yo estoy segura de que mucha gente que piensa votar PP lo va a hacer por inercia, sin darse bien cuenta de dónde se está metiendo. E incluso algunos de los votantes de Vox es muy probable que tampoco se hayan apercibido de que ese partido quiere que volvamos al pasado más triste, gris, miserable y cruel de nuestro país. Que volvamos nosotros, claro, la población, la masa; no los políticos que van a asegurar sus salarios y se van a repartir cargos y prebendas “por nuestro bien”.
No quiero volver a algo que ya conocí en mi infancia y adolescencia. Sé muy bien lo que significa el miedo, la censura, el estar sometida a leyes humillantes, el tener que obedecer a jefes, funcionarios y políticos semianalfabetos, el no poder votar y poder dar mi voto a quien garantice la sanidad, la educación libre, las pensiones, la vivienda, el derecho a expresarse públicamente.
Eso es lo que quiero ahora: seguir viviendo en libertad, en un país donde pague más impuestos quien más gana, en el que las personas que no pueden solas tengan la seguridad de que se las va a ayudar, en el que todo el mundo tenga derecho a una buena educación, a una buena sanidad pública, a una vivienda digna. No quiero que se rescate a los bancos y que no devuelvan el dinero con el que se les rescató. No quiero que se privaticen los hospitales, ni las residencias de ancianos, ni los colegios, ni las cárceles. No quiero que los millonarios paguen menos impuestos que los trabajadores. No quiero que haya ciudadanos de primera y de segunda categoría. No quiero votar a partidos que han dicho “no” a todas las leyes que contemplaban mejoras para la población, desde el aumento del salario mínimo hasta las nuevas leyes para la regulación de los fondos buitre.
Les pido ese favor: hagan un poco de proselitismo, de trabajo de zapa. Hablen claro, digan lo que saben muy bien que nos va a pasar si ganan las derechas. Sé que es difícil, que es más cómodo pensar que allá cada uno con su conciencia, pero estamos en un momento en que es necesario ayudar un poco a que algunas personas abran los ojos y se den cuenta de ciertas realidades. No les pido ese favor para mí; es para todos nosotros. Es para vivir en un país del que no tengamos que avergonzarnos, que no mire con admiración a Estados Unidos y su lamentable presidente, que no se deje comprar por el dinero ruso, que no acepte las mentiras que se propalan en temas como el cambio climático y el peligro de las IAs, que no se deslice por la pendiente del ultraliberalismo y el ultranacionalismo hasta acabar en la miseria. Es por nuestro futuro.