Ya nos sacrificaron una vez
Cuenta la mitología griega que Ícaro, ataviado con unas alas fabricadas de plumas ungidas en cera, echó a volar muy alto hasta que, desobedeciendo el consejo de su padre, se acercó tanto al sol que las alas se derritieron y dio con sus huesos en el mar. He utilizado muchas veces esta fábula para contar otro mito, esta vez contemporáneo y torticero, el del famoso “habéis vivido por encima de vuestras posibilidades” que se popularizó durante la crisis iniciada en 2008, y dejó tantos cuerpos arrojados al vacío. Aquel mantra sirvió para culpabilizar a millones de personas por una hecatombe económica que no habíamos provocado; se utilizó con el fin de señalar que la ambición popular había sido desmedida y, por lo tanto, debíamos pagar por ello de la manera más cruel: así, quedarnos sin casa, sin trabajo, sin pensión –y con miedo, si parafraseo el viejo eslogan del 15M– se convirtió en la norma, la devolución de una deuda que no sabíamos que contrajimos simplemente por haber aspirado a vivir en condiciones dignas.
Ahora que, de la mano del PP, ha regresado la palabra “sacrificio” al ruedo social, algunas nos hemos puesto a recordar las tragedias sufridas, los recortes en derechos que aún continuamos arrastrando, los años perdidos de sueldo o proyectos vitales; en mi caso, también, el duelo migratorio que marcó más de una década fuera de España en contra de mi voluntad. Porque resulta que ya nos sacrificaron una vez y, sobre las biografías abatidas de entonces, alguien quiere volver a ejercer su violencia biopolítica.
Pero algunas hijas e hijos del sacrificio no olvidamos, pues cuando una vida se parte en dos es difícil no echar de menos a la otra mitad. En aquella época se nos pidió apretarnos el cinturón, aunque apenas nos quedase margen para respirar; el paro juvenil del 50% echó por tierra las ilusiones de muchos; la suspensión del empleo público dejó cientos de opositores llenos de unos conocimientos inaplicables; la reducción de las becas perjudicó a numerosos estudiantes provenientes de las familias menos adineradas. Mi derecho al sufragio –ése que pretenden arrebatar a los nacionalizados mediante la ley de nietos– pasó a transformarse en un voto rogado que, de facto, nos privaba de la posibilidad de ser sujetos políticos. El rescate bancario lo pagamos todos y, más allá de los descalabros concretos, se instauró en las mentalidades de las élites el paradigma de la mal llamada “austeridad”; esto es, la intención explícita de depauperar lo público y estrangular a las clases bajas y medias con total impunidad y de hacerlo, además, ayudándose del beneplácito de la mayoría de sus víctimas. Por qué querría un humilde abuelo privatizar su pensión, o congelarla, o qué mueve a un joven sin futuro a clausurar aún más su estrecha ventana de oportunidades son misterios inexplicables desde el raciocinio –tal vez, como afirmara Erich Fromm, nos sacude cierto instinto sadomasoquista–, pero lo que está claro es que ya hemos experimentado esta situación y, en aras del bien común, no deberíamos siquiera acercarnos a emularla.
¡Ay! Lástima que no sea cierta la máxima ciceroniana historia magistra vitae; no aprendemos de las circunstancias pasadas, y hasta la memoria parece haberse desprendido de su poder pedagógico a juzgar por el triunfo de opciones abiertamente ultraderechistas en países como Alemania. De hecho, el sacrificio cuenta con una larga trayectoria a lo largo de la última centuria, y sus suspiros se ignoran como la lluvia al caer sobre el asfalto. Fue la filósofa María Zambrano quien alertó de los peligros de la “historia sacrificial” tras la guerra civil y dos contiendas mundiales, para ensalzar después las bondades de una democracia de naturaleza humanística, cuajada de principios morales. Evocar sus reflexiones se torna imperativo en cuanto que nos están exigiendo esfuerzos en un contexto de belicismo creciente. A saber: a falta de una crisis como la del 2008, la excepcionalidad del empobrecimiento tal vez surja de aumentar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB o reinstaurar el servicio militar obligatorio, conforme prosigue la carrera por maltratar el ya endeble estado del bienestar. Todo ello, vendido bajo el halo de una meritocracia falsaria que responsabilice al individuo por su mala fortuna, compone la foto fija de una pesadilla: con la guerra de fondo, material y simbólicamente, aplicar unas políticas austericidas ya ensayadas con éxito va tomando forma como plan anunciado semanas antes de que vayamos a las urnas.
Cuesta creer que esa sea la España preferida por una ciudadanía consciente. Ni en sus antecedentes más próximos ni en el lejano siglo XX ha nacido del sacrificio más que el rostro del dolor, observado cínicamente por el minúsculo grupo de beneficiados. Lo hemos visto reflejado en el espejo de la difunta Maricarmen, y en las generaciones que, a partir de la mía –la millennial–, contemplaron una a una las promesas de estabilidad económica, protecciones sociales, e incluso arraigo, compañía y afecto desmoronarse como un castillo de arena. Conocemos la fórmula y sus consecuencias, pero, si se llegase a implementar en nuestros días, deberíamos añadirle el agravante de la geopolítica hostil en mitad de una emergencia climática. Y, por favor, no nos hablen de meritocracia: con esos CVs parasitarios, con ese inglés afásico que da vergüenza ajena. El problema no es que no queramos deslomarnos por construir un país mejor, sino que procedemos de haber sido ya desvalijados, despojados de alas y sol; es decir, venimos sacrificadas de casa y lo que ahora tocaría sería elevar altares al buen vivir, al menos, mientras quede tiempo para ello.