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Agostados desde junio

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El diccionario de la RAE le da varias acepciones a la palabra agostar, todas previsibles dado el origen del término, fijado en nuestro calendario. La primera reza literalmente: “Dicho del excesivo calor: Secar o abrasar las plantas”. Es el exceso de temperatura propio del verano que arruina nuestras buganvillas y helechos, entre otros.

El segundo, más inquietante, es también claro y contundente: “Consumir, debilitar o destruir las cualidades físicas o morales de alguien”. Esto es literalmente lo que me provoca a mí el calor cuando llega a Sevilla con ganas de quedarse de temporada. Ya lo he contado en la temporada pasada, pero sí, me consume, debilita y destruya paulatinamente. A mí y, seguro, a muchos de vosotros, queridos lectores.

El problema es que esta sensación de agotamiento, pringue sudorosa y tensión baja cada vez nos asalta antes. Y así nos vemos, cabizbajos, desanimados y pegados a la pared buscando la sombra a comienzos de junio, si no desde finales de mayo. Agostados mes y medio antes de tiempo.

Lo paradójico es que, más allá de que el cambio climático nos provoca cada vez mayores picos de temperatura y tramos más largo del año con calor sofocante, Sevilla es una ciudad que debería estar históricamente acostumbrada a situaciones similares a ésta, aunque no tan prolongadas.

Una localidad de larga tradición árabe, con cultura ciudadana y trazado urbano bastante preparado para el calor. Calles estrechas, mucha vegetación, patios interiores, ventanas con persianas bajadas para evitar la entrada del sol, edificios más orientados al norte que al sur, y vida social a partir de la caída del astro rey.

Sin embargo, el urbanismo contemporáneo, de hace dos o tres décadas para acá, y de forma exagerada en los últimos años, nos lleva por el camino contrario, desde los refugios climáticos a la barbacoa natural en plazas y avenidas. Si no me creen, estallen un huevo a las cinco o las seis de la tarde en un banco de estos modernos de piedra, a ver lo que tarda en freírse o plancharse. No sé qué dice el libro de estilo del que tanto habla el alcalde, pero cada vez hay menos árboles de sombra en nuestras calles, muchos son talados y sus alcorques acaban asfixiados y recubiertos por el cemento, se nos regatean los parques y zonas verdes y las reformas de los grandes espacios públicos se llenan de explanadas de granito expuestas al sol.

Este año, a mediados de junio, en lugar de haber aprendido de los errores cometidos, el gobierno municipal ya ha avisado de que el proyecto sigue a expensas del visto bueno de Patrimonio y no puede asegurar la instalación a tiempo, aunque “va a hacer todo lo posible para ello”. Huele a verano sin toldos en la Avenida

Otra de las herramientas clásicas de Sevilla para proteger a vecinos y visitantes del calor extremo son los toldos en las calles del centro. Ya están puestos en buena medida, y suponen un gran alivio para evitar la exposición al sol. Siempre he dicho que la sombra de árbol, incluso la de edificio, son mejor que la de toldo. Pero cuando la solana cae de pleno, las lonas que cubren nuestras calles son gloria bendita.

El año pasado el Ayuntamiento intentó innovar (la intención era muy de agradecer) con un sistema de entoldado en la Avenida de la Constitución, entre el Ayuntamiento y el Archivo de Indias, una superficie que no había sido cubierta nunca hasta entonces. Igual porque hasta hace 20 años, cuando se peatonalizó, la vía tenía suficiente arbolado y nunca había hecho falta. Lo cierto es que ahora es una evidencia que ese trazado, tan frecuentado por turistas y sevillanos, no puede pasarse todo el verano al sol ligero.

El caso es que aquello salió como el rosario de la aurora. Los plazos se retrasaron; el Ayuntamiento culpó a la cumbre de la OTAN, a la protección del patrimonio y a la empresa contratada; y cuando llegó septiembre los toldos apenas llevaban dos semanas puestos y cubrían la mitad de la superficie prometida.

Este año, a mediados de junio, en lugar de haber aprendido de los errores cometidos, el gobierno municipal ya ha avisado de que el proyecto sigue a expensas del visto bueno de Patrimonio y no puede asegurar la instalación a tiempo, aunque “va a hacer todo lo posible para ello”. Huele a verano sin toldos en la Avenida.

Así las cosas, seguiremos viendo turistas paseando por ese eje urbano tan principal en los peores momentos de los peores días del año, agostándose poco a poco. Secándose, abrasados como plantas, colorados como carabineros; consumidas y debilitadas sus cualidades físicas y morales. Los más listos, con un triste paraguas abierto para protegerse.

Los sevillanos evitaremos las horas centrales del día y buscaremos la sombra en los márgenes de nuestras calles. Sabemos aprovechar el primer tramo de la mañana y refugiarnos luego en nuestras casas, con el aire acondicionado puesto y con las persianas religiosamente bajadas para combatir al sol. Y esperaremos a la caída de la tarde para salir en busca de familia y amigos.

Pero a este tema, como a tantos otros, tenemos que buscarle una solución. Y no creo que vayamos a encontrarla ni en el asfalto, ni en el cemento, ni en el granito, ni en la escasez de arbolado y zonas verdes. Porque, como sigamos así, acabaremos agostados, pero no desde junio, sino desde varios meses antes.