Obituario
Sánchez Monteseirín, el alcalde que puso patas arriba la Sevilla eterna para romper sus inercias y meterla en el siglo XXI
“Mereció la pena”. Alfredo Sánchez Monteseirín, fallecido a los 69 años, chocó con la Sevilla eterna, con inercias políticas y sociales y hasta con su propio partido, fue vilipendiado y machacado hasta la extenuación, pero siempre resumía así lo que fueron sus 12 años como alcalde hispalense: “Mereció la pena”. Y por ello, lo que más le satisfacía es que le dieran la razón pasados los años, sobre todo ciudadanos que iniciaban su reconocimiento con “yo no le voté y le critiqué mucho”.
Dicen las crónicas que, allá por el siglo XVI, Pedro de Navarra acumuló 14 años como asistente real sumando dos etapas, lo más parecido que puede encontrarse al tiempo que estuvo Monteseirín como regidor junto a la también docena que acumuló otro asistente real, Juan Alonso de Ulloa, en el XV. “Tengo el convencimiento de que he sido alcalde para hacer y no para ser”, dejó dicho en el que fue su último discurso, el día del patrón San Fernando, a escasos días de dejar un cargo que ocupó durante 4.362 jornadas.
Todo empezó el 3 de julio de 1999, cuando recibió el bastón de mando de Susana Díaz, la que luego sería presidenta de la Junta de Andalucía, entonces la concejal más joven de aquella Corporación y como tal presente en la mesa de edad. El telón se bajó el 11 de junio de 2011 pero él no acudió al pleno en el que Juan Ignacio Zoido (PP) tomó posesión, arropado por un Mariano Rajoy rumbo a La Moncloa y con los indignados –el 15M estaba en plena efervescencia– rodeando la casa consistorial.
Alcalde (casi) por sorpresa
Al cargo llegó contra pronóstico y contra el reloj. El PP de la alcaldesa Soledad Becerril había vuelto a ganar las elecciones y se daba por hecha la repetición –por tercer mandato consecutivo– del pacto entre los populares y los andalucistas de Alejandro Rojas Marcos. Pero entre que el PP no se esmeró mucho en la negociación y que el PA era entonces socio del PSOE en el Gobierno andaluz, Manuel Chaves aprovechó a última hora y se llevó el gato al agua prometiéndole a Rojas Marcos el premio gordo del Metro para Sevilla.
Para llegar a ese punto, le tuvo que ganar las primarias al que era portavoz municipal socialista y expresidente de la Junta, José Rodríguez de la Borbolla. Hizo campaña con el eslogan Contigo, aunque también usó el de Nos comprometemos por escrito con..., una novedosa iniciativa (la de contratos programa con colectivos sociales o barriadas) con la que quería transmitir que lo que acordaba iba a misa. No llegó a repetir esta fórmula.
Él mismo reconocía que aquella campaña, la de 1999, fue la más dura de las tres: aunque era presidente de la Diputación de Sevilla, se enfrentaba a dos pesos pesados de la política sevillana como Becerril y Rojas Marcos. De las tres elecciones sólo ganó una, la de 2003, aunque le gustaba decir que nunca perdió. Y tenía razón, porque siempre tuvo socios de viaje que le dieron los votos que le habían faltado, formando gobiernos de coalición con el PA (cuatro años) e IU (ocho).
Una plaza al pie de la Torre Sevilla
Quería que le recordaran como un político honesto y como una persona valiente y útil. Valentía política no le faltó, buscándole las cosquillas a una ciudad encantada de haberse conocido, empeñada en que su mayor encanto consiste en no cambiar. A la Sevilla de las esencias, con la que casi se estrenó con aquella Madrugá de las carreritas, se atrevió a reducirle las sillas de la carrera oficial por la que pasan las cofradías y la interconectó con un carril bici que para muchos era algo para perroflautas. “Lo que Sevilla necesita no es un carril bici, sino un carril BMW para generar riqueza”, le llegó a reprochar un empresario.
Tuvo que superar muchas resistencias, y por eso le gustaba que le reconocieran las cosas a toro pasado. “Un conservador es alguien que te da la razón diez años después”, por eso le producían una íntima satisfacción detalles como que la derecha abrazara con el tiempo sus peatonalizaciones o hasta la Torre Sevilla, proyectos contra los que las fuerzas conservadoras batallaron con uñas y dientes. Y por eso le encantó que en 2021 le pusieran su nombre a la plaza que está al pie del rascacielos de la Cartuja.
Pese a que transformó la ciudad con una catarata de reformas urbanas, aseguraba que de lo que se sentía más orgulloso era de haber aumentado su “cohesión social y territorial”. Abanderó lo que definía como “urbanismo humanizado”, en línea con lo que luego se transformó en el eslogan de La ciudad de las personas, lo que no le evitó la acusación de acometer proyectos faraónicos, especialmente el de las por entonces controvertidas Setas de la Encarnación, que han acabado transformadas en uno de los símbolos de la capital.
“Me llevo un equipaje ligero”
Alardeaba de haber logrado el equilibrio entre sus ideas progresistas y la esencia clásica de Sevilla, declarándose por encima de todo como una persona de principios que aplicaba a la política. La base la adquirió con su participación en movimientos cristianos de base en El Cerro del Águila y en organizaciones universitarias, lo que combinó con ese ser “muy cabezón”, como lo dibujaban los suyos, y ese querer acercar Sevilla a las capitales europeas más vanguardistas.
Su último mandato fue muy crispado, un laboratorio en el que se ensayaron métodos de acoso y derribo político –incluida una perenne vía judicial– que luego se exportó a la política nacional. En la hora del adiós ya sacó pecho de lo hecho por los “muchos” aciertos, algo que defendía “con humildad pero con la cabeza bien alta porque hemos cumplido con nuestro deber”. En paralelo, admitía todos los errores “que la humana condición nos tiene reservados a aquellos que distamos de ser perfectos”.
En su último discurso, señaló que “me llevo un equipaje ligero” –“como los machadianos hijos de la mar”– pero, eso sí, “lleno de risas y travesuras de niños que juegan a esta hora en cualquier espacio público de Sevilla reconquistado a los coches” con las peatonalizaciones. En su maleta, aseguraba, no cabían “ni los sinsabores ni los días de tormenta”, con el convencimiento de que el trabajo hecho se reconocería con el paso de los años.
Presumía de haber puesto en práctica sus ideas socialistas y de haber contribuido a una ciudad “más justa”, y resaltaba que “hemos visto cómo se han convertido en realidad lo que en principio eran sueños y ambiciones”. Como finalizaba la carta que le envió a sus colaboradores mientras recogía el que había sido su despacho durante 12 años, “ha sido para mí un gran honor compartir este sueño contigo”.