Cuando el teatro sirve para romper estereotipos y dar voz a las mujeres migrantes
¿Cómo encontrar o utilizar las palabras cuando no sabemos que existen o desconocemos su significado? Las experiencias en diferentes territorios, trayectorias vitales y contextos dificultan en ocasiones el aprendizaje al llegar a un nuevo lugar, en el que todo cambia bajo un prisma nuevo. Ese es una de las tesis que maneja Fátima Morales a la hora de abordar la salud mental, el acceso a la sanidad o la prevención de la violencia de género trabajando con las mujeres migrantes, para lo que ha incurrido en un nuevo proyecto donde el arte es protagonista: Piel Común.
Morales, profesora titular del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Sevilla, es la impulsora de este proyecto que cuenta con el apoyo de la Unidad de Igualdad de la US. Del 19 al 23 de octubre se impartirá el taller Piel Común, en el que la creadora teatral Marina Pallarés invitará al escenario a un grupo de mujeres que, a partir de la interacción en vivo, pondrán su cuerpo y voz a esas emociones y pensamientos que quedan relegadas al olvido de la rutina cuando, realmente, hablan del estado anímico, y físico, de cada persona. Una experiencia en la que se derrumban las barreras socioculturales para interactuar desde la empatía sin prejuicios.
Todo empezó cuando Morales formó parte como voluntaria de una iniciativa que ayudaba a identificar la adicción a las bebidas energéticas y a los cigarrillos electrónicos en los menores del barrio sevillano de las Tres Mil Viviendas. “Les dábamos a los niños noticias sobre el alcohol o el efecto de los vapeadores para que hicieran a partir de ellas una interpretación teatral”, relata en una entrevista con este medio. Su inspiración en un primer momento fue la corriente del teatro oprimido, técnica impulsada por el dramaturgo Augusto Boal, y, posteriormente, la acción de la compañía Teatre del Sí que dirige Marina Pallarés. Tras intercambiar conversaciones, notas y reflexiones sobre cómo abordar en contextos vulnerables distintas temáticas, como la salud mental o la violencia de género, confluyeron.
“Importa mucho más el código postal que el código genético”
“De ahí salió la idea de traer esta iniciativa a la US para hacerla con profesionales, estudiantado y miembros del PAS de la universidad”, apunta. “El teatro crea un espacio seguro en el que se pueden visibilizar muchas problemáticas del día a día”, utilizando la metodología de Investigación-Acción Participativa (IAP) para la interacción en tiempo real. ¿Cómo será la dinámica? “Se hace sobre la marcha. Marina pregunta cómo te sientes hoy y empezamos a representar el cansancio, por ejemplo, entre todas las participantes. Analizamos ese cansancio, cómo se representa, de dónde viene, si está más ligado al trabajo o a otra cosa, y así creas cada historia. Al finalizar los cinco días se representará una obra coral”, adelanta. Ahora mismo, las plazas ya están agotadas, pero quedan asientos para ver el trabajo final.
La investigadora universitaria ha abordado las dificultades que afronta este colectivo en distintos estudios, como el artículo Acceso de las mujeres migrantes a los servicios de salud sexual y reproductivo. Entre las barreras identificadas para acceder a los servicios de salud pública se identificaban la falta de información (57%) que tenía este grupo, al igual que cuestiones relacionadas con la lengua (43%), las diferencias culturales (39%), el estatus económico (25%), las barreras administrativas (25%) y la discriminación (14%). Todo ello como parte de una torre de Babel inexpugnable para la que hay que sensibilizar y formar a los futuros profesionales del sector.
“No se puede comparar la ansiedad de una persona migrante que tiene las cargas del tránsito que atraviesan, muchas de ellas, desde África con un contexto colonizador o el racismo, a las personas nacionales que conocen el sistema”, describe. Diferencias que se pueden constatar en cómo perciben, por ejemplo, la salud mental y el concepto de intimidad, ya que, por cuestiones culturales, hay pudor o cierto recelo a la hora de expresarse con total transparencia en una consulta médica. “Nuestro concepto de estrés para muchos de ellos son una tontería a raíz de las problemáticas tan fuertes que atraviesan. Su nivel de resiliencia es mucho mayor”.
Para ello, pide al alumnado que la escucha en cada clase que tenga una visión holística del paciente que atiende, en la que no solo hay que fijarse en la sintomatología que presentan, sino en los determinantes sociales que condicionan su salud: “Como vimos con Maricarmen, muchas veces importa más el código postal que el código genético; si son personas migrantes, racializadas, dónde viven, si tienen problemas familiares... Todo esto afecta”.
Experiencias desde la Casa Pumarejo
Otra experiencia similar e igualmente enriquecedora fue desarrollada en la Casa Pumarejo de Sevilla en colaboración con la asociación Mujeres Supervivientes y de la Oficina de Cooperación al Desarrollo de la US. En la investigación Una estrategia comunitaria para la prevención de la violencia de género dirigida a personas que viven en condiciones de vulnerabilidad en Sevilla, publicada en octubre del año pasado, se demostró que la mayoría de las mujeres, mayoritariamente migrantes, que acudían al comedor social de la entidad no identificaba las primeras muestras de violencia de género ni conocía los recursos públicos disponibles para afrontarla, como el teléfono 016.
“Muchas de estas mujeres habían sufrido violencia y la habían normalizado y, además, estaban desinformadas. A través de los talleres participativos pudieron darse cuenta de lo que habían vivido y, con ese apoyo en comunidad, se sintieron más seguras y con mayor bienestar”, detalla la experta.
De esta forma, la iniciativa viene a demostrar que la intervención comunitaria participativa no solo recoge datos científicos, sino que mejora la alfabetización en salud, su capacidad de detección y prevención de la violencia, y fortalece las redes de apoyo. En aquella ocasión, utilizaron el body mapping, una herramienta de autoexploración en la que se incentiva el conocimiento a través de lo que siente el cuerpo. De esta forma, reconocían el sufrimiento que habían somatizado y evaluaban los riesgos a los que estaban sometidas, los patrones del amor romántico o las relaciones tóxicas de forma temprana. Como contrapunto, se centraron en fomentar el amor propio y la sororidad.
“Es una forma de representar las vivencias, como ocurre con el teatro”. Así, Morales basa su estrategia investigadora en la experiencia real y comunitaria para ayudar a desarrollar estrategias con el fin de mejorar la salud individual y, finalmente, que revierta en la mejora de la salud pública.