Un estudio destapa cómo Roma reesculpía caras de emperadores y ahorraba mármol en plena lucha política
El poder imperial romano nunca tuvo una sucesión tranquila durante mucho tiempo. Roma pasó por asesinatos, guerras civiles, herencias familiares y golpes militares que llevaron al trono a decenas de emperadores distintos entre Augusto y la caída del Imperio de Occidente. Algunos gobernaron durante décadas y otros apenas conservaron el cargo unas semanas antes de morir o ser sustituidos.
En ese escenario, las estatuas y los bustos servían para algo más que decorar plazas o templos. La imagen del emperador estaba en calles, edificios públicos y foros porque ayudaba a recordar quién mandaba, legitimaba una dinastía y acercaba la figura imperial a provincias que jamás verían al soberano en persona.
Dos universidades revisaron miles de esculturas antiguas
Francesca Bologna, de la Universidad de Edimburgo, y Raffaella Bucolo, de la Universidad de Verona, estudiaron 2.028 retratos escultóricos de emperadores romanos fechados entre el año 27 a.C. y el 285 d.C. El trabajo apareció en Journal of Roman Archaeology y utilizó materiales del Roman Imperial Portraits Database de Sam Heijnen junto con hallazgos recientes.
Las investigadoras analizaron cuándo se modificaban las esculturas, qué regiones recurrían más a esa práctica y hasta qué punto los escultores alteraban los rostros originales para adaptarlos a otro gobernante.
La investigación detectó una ausencia llamativa durante la etapa de los Antoninos, pese a que fue un periodo con enorme producción escultórica. Los emperadores de esa época lucían barbas largas y peinados llenos de rizos, un detalle que complicaba reutilizar retratos anteriores. El mármol podía rebajarse, pero añadir volumen resultaba imposible, así que muchos talleres preferían empezar una pieza nueva.
Algo parecido ocurrió en momentos de crisis extrema, como el Año de los Cuatro Emperadores o la Anarquía Militar. La sucesión acelerada de gobernantes dejaba poco espacio para transformar estatuas ya existentes y la reacción inmediata pasaba por destruirlas o guardarlas.
El fenómeno más conocido fue la damnatio memoriae, la condena pública contra un emperador caído en desgracia. El Senado podía declarar enemigo del Estado a un gobernante y ordenar la eliminación de sus imágenes. Nerón encabezó el listado de emperadores más retallados, seguido por Calígula y Domiciano. Sus rostros desaparecieron de numerosas esculturas para dejar sitio a nuevos dirigentes o a figuras admiradas del pasado imperial. El estudio señala que muchos retratos de Calígula terminaron convertidos en representaciones de Augusto o Tiberio, una decisión que reforzaba la continuidad dinástica y la autoridad del nuevo poder.
Iberia reutilizó más figuras que otras provincias romanas
Las cifras también muestran diferencias importantes entre regiones. Iberia alcanzó el porcentaje más alto de retallados del Imperio con un 19% de los retratos imperiales reutilizados. Allí abundaron las transformaciones de Calígula en Augusto, una preferencia que las autoras relacionan con el prestigio duradero del fundador del Imperio y con la importancia posterior de Trajano y Adriano, nacidos en Hispania. Roma superó igualmente la media imperial con un 11%, sobre todo durante la etapa flavia, cuando muchos retratos de Nerón acabaron convertidos en imágenes de Vespasiano, Tito o Domiciano.
Asia Menor y el norte de África quedaron en el extremo opuesto con apenas un 4% de retallados, aunque por razones distintas. En Asia Menor existían canteras abundantes y talleres de gran calidad, lo que facilitaba esculpir nuevas piezas. En el norte de África, en cambio, el mármol debía importarse y los escultores solían llegar desde otros territorios, de modo que las pocas modificaciones detectadas fueron muy profundas. Grecia, Egipto y la Galia presentaron porcentajes intermedios. En Egipto aparecieron incluso cabezas de reyes helenísticos convertidas después en retratos de Augusto.
Los talleres aplicaron cuatro grados distintos de modificación
El estudio clasificó además el grado de transformación de cada estatua en cuatro niveles. El nivel tres implicaba borrar casi todo el rostro anterior, incluida la parte trasera de la cabeza. El nivel dos, el más frecuente con un 52% de los casos, afectaba sobre todo a la zona frontal porque los laterales apenas se veían cuando la estatua estaba elevada. El nivel uno dejaba rasgos a la vista del emperador previo y el nivel cero solo cambiaba la inscripción de la base. Un busto de Caracalla renombrado como Constantino constituye el único ejemplo identificado en esta última categoría.
Durante años, parte de la arqueología interpretó estas prácticas como una simple forma de ahorrar mármol y trabajo. Bologna y Bucolo rechazan esa explicación tan limitada. Las investigadoras escribieron que “la práctica romana de retrabajar la retratística imperial fue un fenómeno complejo caracterizado por la interacción de procesos técnicos e ideológicos”.
La comparación entre regiones mantiene esa idea. En lugares con acceso fácil al mármol apenas se reutilizaban esculturas, mientras que en otros territorios el retallado respondía a preferencias políticas, lealtades locales o necesidades de propaganda imperial.
Algunos romanos reconocieron rostros ocultos bajo nuevas figuras
El trabajo también plantea una cuestión difícil de resolver: hasta qué punto los romanos reconocían el rostro original oculto bajo una nueva imagen. Karl Galinsky, citado en el artículo, sostiene que algunos rastros se mantenían de forma deliberada para conservar la memoria de emperadores admirados o detestados.
La percepción dependía del observador, de la altura de la estatua y del contexto donde aparecía colocada. Un senador en Roma podía detectar restos de Nerón bajo el retrato de otro emperador, pero esa lectura resultaba mucho menos probable entre las clases populares o en provincias alejadas. Con el paso del tiempo, la memoria sobre la estatua original también terminaba diluyéndose y el nuevo rostro acababa siendo lo único que importaba.