Didio Juliano, el emperador romano que compró el trono y perdió el poder en apenas dos meses

La muerte del emperador Cómodo, hijo de Marco Aurelio, a finales de 192 d.C., abrió una de las crisis de sucesión más desordenadas de la historia de Roma, como popularizó Ridley Scott en Gladiator. El año siguiente, conocido como el “año de los cinco emperadores”, convirtió el trono imperial en el centro de una pugna política y militar que reflejaba hasta qué punto el poder en Roma dependía ya del ejército, las alianzas y la fuerza. En ese escenario, Didio Juliano protagonizó el episodio más escandaloso de todos.

Tras la muerte del emperador Pertinax, Roma atravesó una crisis de sucesión que desembocó en una situación extraordinaria: la Guardia Pretoriana, encargada de proteger al emperador, terminó entregando el poder al aspirante que ofreció una mayor recompensa económica. El vencedor fue Didio Juliano, que accedió al trono el 28 de marzo y lo perdió poco más de dos meses después.

Aunque la posteridad lo recuerda principalmente por haber comprado el trono, Juliano no era un desconocido ni un aventurero improvisado. Nacido en Mediolanum, la actual Milán, pertenecía a una familia de prestigio con raíces en Italia y el norte de África. Las fuentes antiguas lo sitúan ocupando distintos cargos políticos y militares antes de alcanzar el consulado y consolidar una posición destacada dentro de la élite imperial. Su trayectoria lo había convertido en una figura experimentada de la administración romana mucho antes de convertirse en emperador.

La puja que decidió el futuro de Roma

La situación cambió radicalmente cuando Pertinax fue asesinado por miembros de la Guardia Pretoriana. Sin un heredero claro y con la capital sumida en la incertidumbre, los soldados encargados de custodiar el poder imperial se convirtieron en árbitros de la sucesión. Según las fuentes recopiladas por los historiadores, varios candidatos trataron de asegurarse su respaldo. Según relatan las fuentes históricas, Juliano recurrió a su considerable fortuna para superar las ofertas de sus rivales. El principal competidor era Tito Flavio Sulpiciano, prefecto de Roma y suegro de Pertinax. Finalmente, la Guardia Pretoriana terminó reconociendo a Juliano como nuevo emperador después de una puja que ha pasado a la historia como uno de los episodios más controvertidos de la Roma imperial.

Aquella forma de alcanzar el poder marcó desde el principio su destino político. Diversos testimonios de la época recogidos en la enciclopedia World History, describen una profunda indignación entre la población romana, que veía cómo el cargo más importante del Imperio parecía haberse convertido en objeto de negociación. Las crónicas recogen escenas de hostilidad hacia el nuevo gobernante, recibido entre reproches y acusaciones por haber utilizado su riqueza para hacerse con el trono.

Un poder cada vez más frágil

La legitimidad de Juliano quedó cuestionada desde el primer momento. Su dependencia de la Guardia Pretoriana dificultó la consolidación de su autoridad y pronto comenzaron a aparecer señales de debilidad. Las fuentes señalan que el nuevo emperador no logró garantizar el respaldo político que necesitaba para mantenerse en el poder. A ello se sumaron las dificultades provocadas por la escasez de recursos disponibles para sostener su gobierno y la progresiva pérdida de apoyos que necesitaba para afianzar su posición.

Mientras Roma discutía la validez de su mandato, en distintas provincias comenzaron a surgir aspirantes dispuestos a disputarle el trono. La situación se agravó rápidamente porque varios mandos militares contaban con el apoyo de importantes contingentes de tropas, un factor decisivo en cualquier lucha por el poder dentro del Imperio romano. Entre ellos destacaron tres figuras con experiencia militar y respaldo entre las legiones: Pescenio Níger, gobernador de Siria; Clodio Albino, gobernador de Britania; y Septimio Severo, gobernador de Panonia Superior. Los tres reivindicaron su derecho a la sucesión, pero Severo disponía de una ventaja fundamental gracias al apoyo de las legiones asentadas en la frontera del Danubio.

El ascenso de Septimio Severo

La proclamación de Septimio Severo por parte de sus tropas alteró por completo el equilibrio político del momento. Respaldado por un poderoso ejército, inició su avance hacia Italia mientras la posición de Juliano se deterioraba a gran velocidad. Las fuentes señalan que el emperador trató de organizar la defensa de Roma, pero sus esfuerzos no dieron resultado.

Ni la Guardia Pretoriana ni el Senado mostraron una fidelidad suficiente para sostener un gobierno cada vez más aislado. Conforme las legiones de Severo se aproximaban a la capital, la sensación de que el desenlace era inevitable comenzó a extenderse entre los círculos políticos romanos. La autoridad de Juliano, cuestionada desde el primer día, se debilitó todavía más.

Finalmente, el Senado decidió retirar su apoyo a Juliano y reconocer a Septimio Severo como nuevo emperador. El 1 de junio del año 193 d.C., apenas unos sesenta y seis días después de haber accedido al poder, Didio Juliano fue condenado a muerte. Un ejecutor enviado a su residencia acabó con su vida, poniendo fin a uno de los reinados más breves y controvertidos de la historia de Roma.

Su caída se produjo además en uno de los periodos más turbulentos del Imperio. La lucha por la sucesión desencadenó una crisis política que enfrentó a varios aspirantes al trono y que acabaría consolidando el ascenso de Septimio Severo. La breve experiencia de Juliano quedó asociada para siempre a una imagen que ha atravesado los siglos: la de un hombre que logró alcanzar el trono romano gracias a su riqueza, pero que no pudo conservarlo cuando perdió el respaldo político y militar indispensable para gobernar. Más de 1.800 años después, su nombre continúa vinculado a uno de los episodios más singulares de la historia imperial romana.