Excavado entre 1957 y 1962, este yacimiento del Valle del Duero es considerado de los más relevantes para comprender la primera Edad del Hierro

Alberto Gómez

30 de junio de 2026 12:30 h

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Situado a las puertas de Valladolid, en la margen izquierda del río Pisuerga, el yacimiento de El Soto de Medinilla es considerado como el referente arqueológico más emblemático del Duero Medio. Este enclave estratégico, ubicado en el cuello de un cerrado meandro, ocupa una superficie de unas diez hectáreas que guardan los secretos de la Primera Edad del Hierro. Su descubrimiento en los años treinta del siglo XX marcó un hito, revelando una secuencia cultural que terminaría por dar nombre a todo un grupo humano conocido como la Cultura Soto de Medinilla

Y es que los restos hallados han permitido a los investigadores sistematizar un periodo histórico fundamental para la Meseta Norte. A través de su estudio, se ha podido comprender mejor la transición hacia sociedades más complejas y organizadas en la península. La relevancia de este sitio radica en su capacidad para explicar cómo las comunidades del Bronce final se transformaron radicalmente ante las nuevas influencias externas y tecnológicas. Es, sin duda, la piedra angular para el estudio de la protohistoria en el valle medio del Duero y sus territorios adyacentes.

Las excavaciones sistemáticas realizadas entre los años 1957 y 1962 bajo la dirección de Pedro de Palol resultaron decisivas para el estudio científico del lugar. Estos trabajos sacaron a la luz un imponente tell o colina artificial que alcanza los cuatro metros de altura, formado por la superposición de diversos poblados. A lo largo de más de tres siglos de ocupación continua, se identificaron numerosos niveles de hábitat que muestran la evolución técnica y social de sus antiguos pobladores. Investigaciones posteriores, realizadas en los años ochenta y noventa, ampliaron este conocimiento distinguiendo hasta once niveles de ocupación en la zona del montículo. 

Gracias a esta estratigrafía excepcional, los arqueólogos han podido establecer una cronología precisa que abarca desde el siglo IX hasta el IV antes de nuestra era. Sus hallazgos definieron lo que hoy conocemos como la primera gran etapa del hierro meseteño. El esfuerzo investigador de figuras como Federico Wattenberg fue igualmente crucial para dotar de un marco sólido a los descubrimientos realizados en estas ricas tierras castellanas.

Uno de los aspectos más fascinantes de este yacimiento es su singular arquitectura, que evolucionó desde estructuras vegetales hasta sólidas construcciones de barro. En las fases iniciales o formativas, los habitantes construían cabañas circulares utilizando una base de cañas y barro para levantar sus muros. Con el paso del tiempo, durante la fase del Soto pleno, se impuso el uso sistemático del adobe para levantar viviendas circulares de unos seis metros de diámetro medio. Estas casas contaban con elementos sofisticados como un hogar central, bancos corridos e incluso vestíbulos de planta trapezoidal para proteger la entrada. Algunas paredes interiores estaban decoradas con pinturas, lo que sugiere un interés estético y funcional muy avanzado para su época. Junto a las viviendas se alzaban estructuras rectangulares destinadas probablemente a funciones de almacenamiento de grano o talleres especializados.

La base económica de esta sociedad residía en una agricultura cerealista muy productiva y en una ganadería diversificada que aprovechaba las vegas fértiles. La introducción de innovaciones tecnológicas como el arado de hierro permitió transformar el paisaje y aumentar considerablemente el rendimiento de las tierras de cultivo. Los principales cultivos eran el trigo y la cebada, complementados con legumbres y otros productos hortícolas que garantizaban la subsistencia diaria del poblado. En cuanto a la cabaña ganadera, predominaban los bovinos, ovinos y caprinos, de los cuales obtenían carne, leche, lana y cuero para su vestimenta. 

La caza y la recolección seguían practicándose como actividades complementarias, aunque la domesticación de especies ya era el motor principal de su desarrollo social. Esta economía diversificada permitía a la población generar excedentes, lo que a su vez facilitaba el comercio con regiones lejanas. La integración de nuevas herramientas de hierro fue clave para la colonización agraria plena de todo el valle del río Pisuerga y sus alrededores.

Por otra parte, la organización social de El Soto de Medinilla revela una estructura jerárquica donde una élite local controlaba los recursos y las redes de intercambio. Estas clases dirigentes residían habitualmente en los asentamientos mejor protegidos y poseían objetos de gran prestigio, como joyas elaboradas y armamento finamente decorado. La evidencia arqueológica sugiere que estas familias influyentes habitaban las viviendas de mayor tamaño y mejor construcción dentro del recinto del poblado. 

Además de la élite, existía un grupo de artesanos especializados que dominaban la metalurgia del hierro y la producción de cerámicas realizadas totalmente a mano. Estos trabajadores ocupaban una posición intermedia, siendo fundamentales para la fabricación de herramientas eficientes y otros bienes de uso cotidiano. La cooperación comunitaria era esencial para el mantenimiento de infraestructuras comunes, como los grandes almacenes de grano y las áreas de trabajo colectivo. Esta complejidad social indica que no eran simples comunidades igualitarias, sino grupos bien estructurados con roles definidos. Las desigualdades sociales se hacían patentes tanto en la vida diaria como en el tratamiento recibido tras la muerte.

La seguridad del asentamiento era una prioridad absoluta para sus habitantes, quienes aprovecharon las defensas naturales del meandro y las reforzaron con ingenio. En su fase más antigua, el poblado contaba con una potente muralla de adobe que protegía el único acceso desde tierra firme al meandro. Este urbanismo incipiente muestra una planificación deliberada con espacios destinados a la circulación de personas y áreas de trabajo comunitario intenso. La ubicación estratégica permitía no solo la defensa, sino también el control efectivo sobre el territorio circundante y las importantes rutas fluviales del Duero. La disposición de las casas y los almacenes refleja una organización avanzada capaz de gestionar recursos y responder eficazmente a posibles amenazas externas. Esta preocupación constante por la fortificación es una característica distintiva que se repite en otros castros contemporáneos de la región meseteña. 

Creencias espirituales

Las prácticas funerarias halladas en el entorno ofrecen una visión profunda sobre las creencias espirituales de este grupo humano de la Edad del Hierro. El rito predominante era la inhumación en posición fetal, depositando a los difuntos en fosas que a menudo incluían ajuares variados según su rango. Las tumbas más ricas contenían objetos de lujo como cerámica fina y armas, lo que refuerza la existencia de una sociedad socialmente muy estratificada. Existe también constancia de enterramientos colectivos, lo que subraya la importancia de los vínculos familiares y las redes sociales dentro de la propia comunidad. Estas tradiciones no permanecieron estáticas, ya que el contacto con pueblos mediterráneos introdujo nuevas influencias culturales y tecnologías como el torno.

Al llegar el siglo IV a.C., la cultura del Soto comenzó a transformarse, cediendo el protagonismo a la etnia vaccea en la Segunda Edad del Hierro. Esta nueva etapa supuso una expansión del área de habitación hacia el exterior del meandro, aunque manteniendo el antiguo tell como el núcleo central. A pesar de los cambios políticos y sociales, muchos elementos de la etapa anterior persistieron en las nuevas formas de vida de la región. Hoy en día, el yacimiento está declarado Bien de Interés Cultural, protegiendo un legado que es clave para entender la etnogénesis de los pueblos prerromanos. El Soto de Medinilla no solo es un lugar arqueológico, sino la raíz fundamental desde la que surgieron culturas posteriores en toda la Meseta Norte, de ahí que su estudio siga siendo esencial para desentrañar la historia más antigua de las tierras de Valladolid y el gran Valle del Duero en general.