La fiebre de la IA dispara la demanda eléctrica y convierte el estiércol de vaca en una alternativa energética

El funcionamiento continuo de sistemas digitales obliga a mantener servidores activos día y noche, lo que dispara el uso de electricidad y equipos de alto rendimiento. Usar inteligencia artificial exige esa misma lógica de consumo constante, porque cada modelo necesita procesar grandes volúmenes de datos y realizar cálculos complejos de forma ininterrumpida. Esa exigencia no se limita al momento de uso, ya que el entrenamiento de los modelos multiplica el gasto durante días o semanas.

Todo ello obliga a destinar cada vez más energía, infraestructura y sistemas de refrigeración para mantener estos equipos en funcionamiento. Aunque resulta difícil establecer una cifra media aceptada sobre el consumo de la inteligencia artificial, sí existen estimaciones que permiten hacerse una idea de la dimensión de esta demanda.

Una granja de Nueva York alimenta equipos informáticos con residuos ganaderos

El aumento de esa demanda ya tiene cifras claras cuando se analiza el conjunto de los centros de datos, donde se ejecuta buena parte de la inteligencia artificial. La International Energy Agency (IEA) estima que el consumo eléctrico de estas instalaciones superará los 945 teravatios hora anuales en 2030, una cifra que duplica los niveles actuales y que equivale a todo el consumo eléctrico de Japón.

El organismo identifica el papel de la inteligencia artificial como motor principal de ese crecimiento y lo resume así: “La inteligencia artificial es el principal motor del crecimiento de la demanda de electricidad de los centros de datos”. Ese ritmo obliga a buscar fuentes de energía capaces de sostener un suministro continuo sin interrupciones.

En el estado de Nueva York, una granja lechera puso en marcha un sistema que convierte el estiércol de más de 4.000 vacas en energía capaz de alimentar equipos de computación instalados en el propio terreno. Grist informó de que Lent Hill Dairy Farm trabaja con Ag-Grid Energy para producir biogás a partir de residuos orgánicos y destinarlo directamente a procesos informáticos.

La iniciativa se plantea como un modelo replicable en explotaciones medianas, con la idea de llevar capacidad de cálculo a zonas rurales mediante conexiones de fibra. Rashi Akki, directora ejecutiva de la empresa, defiende esa posibilidad como una forma de acercar infraestructura tecnológica a territorios alejados de los grandes centros urbanos.

El metano pasa a convertirse en gas natural renovable

El proceso que permite esa transformación parte de un fenómeno natural que ocurre cuando el estiércol se descompone y libera metano. Ese gas queda atrapado en digestores anaeróbicos, donde microorganismos lo procesan sin oxígeno hasta generar biogás.

Después se somete a un tratamiento que elimina impurezas hasta alcanzar una concentración superior al 90% de metano, momento en el que pasa a considerarse gas natural renovable. El Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) sitúa el potencial de calentamiento del metano muy por encima del dióxido de carbono, con una capacidad de atrapar calor 28 veces mayor a 100 años. Capturarlo antes de que llegue a la atmósfera reduce parte de ese efecto.

Ese gas tratado puede integrarse en la red energética sin cambios profundos, lo que facilita su uso en instalaciones ya existentes. La U.S. Environmental Protection Agency (EPA) explica que su composición es prácticamente igual a la del gas convencional, lo que permite transportarlo por tuberías y emplearlo en centrales eléctricas estándar.

Esa continuidad resulta útil para los centros de datos, que necesitan un suministro estable durante las 24 horas y no pueden depender de variaciones climáticas. A diferencia de otras fuentes, el gas permite generar electricidad bajo demanda, lo que encaja con el funcionamiento continuo de los sistemas de inteligencia artificial.

Estados Unidos amplía los proyectos de gas natural renovable

El uso de biogás en Estados Unidos ha crecido en los últimos años a medida que aumenta la presión sobre la red eléctrica. La EPA recoge que el número de proyectos de gas natural renovable pasó de 41 en 2015 a 102 en 2023, con un peso creciente de los residuos ganaderos como materia prima.

Según datos citados por Grist, los centros de datos ya consumen el 4,9% de la electricidad del país y podrían duplicar esa cifra antes de 2030. Ese crecimiento hace que se acelere la búsqueda de soluciones que puedan ponerse en marcha sin esperar a nuevas infraestructuras.

El desarrollo de estos sistemas depende en gran parte de incentivos económicos y del interés de las empresas tecnológicas por asegurar su suministro energético. Programas públicos en varios estados financian la instalación de digestores y facilitan la rentabilidad de los proyectos.

Patrick Serfass, director ejecutivo del American Biogas Council, sitúa ahí el potencial de expansión al señalar que el país solo ha desarrollado entre el 10% y el 15% de su capacidad. Según su previsión, la demanda de los centros de datos absorberá gran parte de la producción disponible: “Los centros de datos van a estar tan hambrientos de energía que podrían absorber prácticamente toda la oferta que la industria pueda crear”.

Ese crecimiento también genera críticas por sus efectos sobre el entorno rural y el modelo ganadero. Sarah D’Onofrio, investigadora centrada en el impacto ambiental, advierte que el gas renovable puede incorporarse al sistema energético sin sustituir por completo a los combustibles fósiles, lo que permite presentar el suministro como sostenible sin cambios demasiado importantes.

Brent Kim, investigador del Johns Hopkins Center for a Liveable Future, añade que el uso de digestores puede reducir el metano en el corto plazo, aunque también aumenta otros contaminantes. Para él, el problema aparece cuando el estiércol pasa a tener más valor económico que la producción agrícola, lo que altera la lógica de estas explotaciones y empuja a ampliar su tamaño.