Los 'hobbits' podrían no haber sido tan ingeniosos: su supervivencia quizá dependía de los dragones de Komodo

Caminar descalzo por una colina tranquila mientras se cuida un huerto y se evita cualquier conflicto dibuja la imagen más reconocible de los hobbits. En El señor de los anillos, estos personajes aparecen como seres pequeños que viven en comunidad, valoran la comida, rehúyen la guerra y prefieren la estabilidad de su hogar antes que la aventura.

Esa imagen apacible, sin embargo, esconde una gran capacidad para sobreponerse cuando la situación lo exige. Aunque nadie espera grandes hazañas de ellos, algunos terminan desempeñando un papel decisivo en acontecimientos que van mucho más allá de los límites de su tierra.

Durante años, esa idea de seres pequeños capaces de afrontar tareas complejas también acompañó al Homo floresiensis, descubierto en 2003 en la cueva de Liang Bua, en Indonesia, y conocido popularmente como el hobbit por su parecido con los personajes creados por J. R. R. Tolkien.

Un estudio cuestionó que aquellos homínidos abatieran grandes animales

Según recoge National Geographic, la presencia de herramientas de piedra junto a huesos de grandes animales llevó a pensar que estos homínidos cazaban y utilizaban fuego, lo que sugería un comportamiento avanzado pese a su reducido tamaño cerebral. Sin embargo, un estudio publicado en Science Advances y recogido también por CNN plantea una lectura distinta de esos restos.

El nuevo análisis parte de una revisión de los huesos hallados junto a estos homínidos, con el objetivo de comprobar si realmente cazaban presas grandes. Elizabeth Grace Veatch, paleoantropóloga de la Universidad de Tübingen, centró el trabajo en comprobar una idea que se había dado por válida durante décadas. Al revisar los datos, el equipo encontró indicios que cuestionan esa imagen de cazadores activos.

Para entender cómo se formaban las marcas en los huesos, los investigadores observaron a un dragón de Komodo alimentarse de un cadáver en un zoológico de Atlanta y registraron con escáner 3D las señales que dejaban sus dientes. Ese patrón se comparó después con más de 3.100 fragmentos de huesos de Stegodon, un pariente extinto de los elefantes, hallados en la cueva. Las marcas coincidían en forma y distribución, sobre todo en las zonas con más carne, lo que apunta a que estos reptiles accedían primero a las presas.

El reparto de esas marcas en los huesos añade un detalle que cambia la interpretación de lo que ocurría allí. Mientras los dientes del dragón aparecían en partes como caderas y hombros, las herramientas de piedra del Homo floresiensis dejaban cortes en zonas con menos carne, como pies o costillas.

El propio equipo lo resume así en el estudio: “Los dragones de Komodo probablemente tuvieron acceso primario a estos restos, dejando solo elementos de bajo valor para que H. floresiensis los aprovechara”. Esa diferencia indica que estos homínidos llegaban después y aprovechaban lo que quedaba.

El análisis del fuego reforzó una visión distinta de la especie

La revisión del uso del fuego refuerza esa idea de un comportamiento distinto al que se había imaginado al principio. Los investigadores analizaron miles de huesos de roedores acumulados en la cueva durante generaciones y no encontraron señales de combustión en los niveles asociados a Homo floresiensis. En cambio, sí aparecieron restos quemados en capas posteriores, que corresponden a la presencia de Homo sapiens. El estudio señala ese contraste con claridad: “No hay signos de uso intencional del fuego en las unidades estratigráficas asociadas con H. floresiensis.

Aun así, otros especialistas piden cautela antes de cerrar el debate. Kay Behrensmeyer, paleoecóloga del Smithsonian que no participó en la investigación, advierte que distinguir entre caza y carroñeo a partir de huesos resulta complicado, aunque reconoce que la identificación de marcas es sólida. En la misma línea, Michael Petraglia, profesor de orígenes humanos en la Griffith University, considera que el trabajo presenta argumentos convincentes a favor de una estrategia basada en aprovechar restos más que en abatir presas.

Las excavaciones en Liang Bua también han obligado a revisar otras interpretaciones iniciales, incluidas las relacionadas con las herramientas y la ocupación del yacimiento. Thomas Sutikna, arqueólogo y director de las excavaciones, explica que el paso del tiempo ha permitido corregir errores en la lectura de las capas del suelo. Esa revisión ha reducido la idea de una conducta compleja asociada a esta especie.

El Homo floresiensis sobrevivió durante miles de años sin esas capacidades

El conjunto de estos datos abre preguntas sobre el lugar que ocupa Homo floresiensis en la evolución humana. Algunos investigadores plantean que su comportamiento podría encajar mejor con especies más antiguas y de menor desarrollo tecnológico, en lugar de con linajes como Homo erectus. Esa posibilidad sigue abierta, ya que no hay consenso sobre su origen exacto.

A pesar de ese cambio de perspectiva, los datos también muestran que estos homínidos lograron sobrevivir durante largos periodos en un entorno aislado y con recursos limitados. Veatch subraya que resistieron hasta hace unos 50.000 años sin necesidad de cazar grandes animales ni controlar el fuego. Esa capacidad de adaptación apuntala una idea distinta de éxito evolutivo, más ligada a resistir en condiciones difíciles que a desarrollar conductas complejas.