Investigadora y bibliotecaria, esta incansable viajera documentó innumerables subidas al Himalaya y una montaña lleva su nombre
Miss Hawley, conocida como “la notaria del Himalaya”, fue una mujer de fuerte carácter que dejó una huella imborrable en Nepal. Nacida en Chicago en 1923, Elizabeth Ann Hawley decidió desde muy joven que no sería la secretaria de nadie y forjó su propio destino. Tras trabajar como investigadora y documentalista para la revista Fortune en Nueva York, se aburrió de la rutina y decidió partir hacia lo desconocido. En 1957 inició un extenso viaje por el mundo que finalmente la llevó al entonces misterioso país de Nepal para cubrir sus primeras elecciones. Llegó a Katmandú en 1960 como corresponsal de Time y Reuters, con la idea inicial de quedarse en el país asiático solo un par de años. Sin embargo, se enamoró de las majestuosas montañas y de la gente hospitalaria, convirtiendo la capital nepalí en su hogar y refugio definitivo.
Elizabeth, eso sí, nunca ascendió una cima, pero se convirtió en la autoridad máxima sobre cada escalada realizada en las grandes cordilleras de la Tierra. Su vida se transformó en un registro viviente de la historia del alpinismo moderno, marcando una era dorada para esta disciplina tan exigente. Su formación académica fue la base sobre la que construyó su rigor documental, habiendo obtenido una maestría en la prestigiosa Universidad de Michigan. Antes de su gran aventura asiática, trabajó como bibliotecaria e investigadora por naturaleza, habilidades que luego aplicaría a sus crónicas de montaña. La vida en la metrópolis de Nueva York le proporcionó las herramientas necesarias para gestionar archivos complejos e información sumamente detallada.
No obstante, la llamada de lo desconocido fue mucho más fuerte que la comodidad de un trabajo estable en las oficinas de los Estados Unidos. Atravesó Europa del Este y Oriente Medio, acumulando contactos y experiencias valiosas que le servirían de base en todos sus proyectos futuros. Al llegar a Nepal durante una época de gran agitación política, comprendió rápidamente que el periodismo y las montañas serían su verdadera vocación. Su austeridad y disciplina personal le permitieron vivir de forma sencilla mientras construía una red de gran influencia entre la élite local. Se instaló en un apartamento en la zona de Dilli Bazaar, donde comenzó a tejer con paciencia la historia de una nación fascinante.
El punto de inflexión definitivo en su carrera profesional ocurrió en 1963, cuando cubrió la primera expedición estadounidense con éxito al monte Everest. Esa cobertura informativa le hizo comprender que las noticias sobre el complejo mundo del montañismo serían una parte fundamental de su labor periodística. Comenzó a registrar meticulosamente cada pequeño detalle de las expediciones que llegaban a Katmandú para desafiar los picos más altos del planeta. Aunque nunca puso un pie en un campo base por elección propia, su conocimiento teórico sobre la topografía y las rutas no tenía igual. Gestionaba todas sus operaciones desde su residencia, donde guardaba registros en papel de cada una de las hazañas alpinas realizadas en la región.
Llegó un momento en el que los montañeros sabían que su éxito no era oficial hasta que pasaban por el estricto y minucioso escrutinio de esta mujer tan extraordinaria. Ella certificaba las cimas más altas y desmontaba con rigor las mentiras de quienes intentaban adjudicarse méritos que no les pertenecían en absoluto. Elizabeth Hawley fue descrita a menudo como un “polígrafo humano” debido a su aguda intuición y su gran capacidad para detectar cualquier contradicción. Su metodología de investigación era sencilla pero extremadamente efectiva: entrevistaba a los líderes de cada expedición antes de partir y al regresar. Hacía preguntas muy específicas sobre la forma de la cumbre, las condiciones climáticas del momento y la cronología exacta de todos los eventos.
Su objetivo primordial era siempre buscar la verdad absoluta, sin importar la fama o el ego de los escaladores que tuviera frente a ella. Muchas leyendas del alpinismo temían su lengua afilada y su escepticismo inicial, pero todos respetaban profundamente su inquebrantable compromiso con la precisión histórica. Destapó casos de fraude internacionalmente famosos, como el de la surcoreana Oh Eun-Sun, quien afirmaba haber escalado todos los ochomiles del mundo. Para Hawley, una cumbre solo se consideraba alcanzada si las pruebas físicas eran sólidas y el testimonio del escalador se mantenía siempre coherente. Su rigor documental la convirtió en la jueza no oficial más respetada de todo el Himalaya durante más de cinco décadas de incansable trabajo.
La transición de sus extensos archivos en papel a un sistema digital moderno fue una tarea monumental que aseguró que su legado perdurara. En 1992 se asoció con el experto programador Richard Salisbury para crear lo que hoy conocemos como la famosa Himalayan Database. Este ambicioso proyecto requirió miles de horas de entrada de datos manual para digitalizar registros que se remontaban hasta principios del siglo XX. Actualmente, esta base de datos contiene información muy detallada sobre más de 20.000 ascensiones en aproximadamente 460 picos nepalíes de gran altura. Se ha consolidado como la fuente de documentación más reputada tanto para los montañeros profesionales como para los apasionados de las expediciones.
Aunque ella siempre se consideró una cronista antes que una historiadora, su trabajo proporcionó la columna vertebral histórica de todo el alpinismo himaláyico. La base de datos completa sigue siendo accesible para todo el mundo de forma totalmente gratuita en internet, cumpliendo así su voluntad. Este legado tecnológico permite que investigadores de diversos países consulten con facilidad la veracidad de las expediciones históricas realizadas en la cordillera.
Pese a su merecida reputación de ser una mujer severa, Elizabeth forjó amistades profundas y duraderas con las figuras más icónicas del alpinismo mundial. Fue una amiga íntima de Sir Edmund Hillary y apoyó activamente su labor humanitaria a través de la reconocida organización Himalayan Trust. También sentía una gran estima por el italiano Reinhold Messner, a quien consideraba el alpinista más importante que conoció en toda su vida. Su estilo de vida independiente en un mundo tradicionalmente dominado por hombres generó diversos rumores y mitos fascinantes sobre su vida privada. Algunos afirmaban erróneamente que era una espía de la CIA, mientras que otros especulaban sobre supuestas relaciones románticas con escaladores muy famosos.
Un pico con su nombre
Elizabeth vivió como una mujer moderna, libre y totalmente independiente, labrándose un espacio único en una sociedad nepalí profundamente tradicional. Su presencia era constante en los eventos sociales más importantes de Katmandú, siempre acompañada por su inseparable coche azul y su chófer. En el año 2014, el gobierno de Nepal le concedió el mayor honor posible al 'bautizar' un pico de la cordillera con su nombre. El Peak Hawley, con sus 6.182 metros de altura, se alza hoy como un tributo permanente a su inmensa contribución al registro del alpinismo. Fiel a su estilo directo, recibió la noticia con su habitual ironía, afirmando que las montañas no deberían llevar nunca nombres de personas.
Nunca tuvo la menor intención de escalar su propia montaña, bromeando a menudo sobre ser demasiado “perezosa” para realizar semejante esfuerzo físico. Para ella, la comodidad de una cama caliente y un menú variado en la ciudad siempre fueron preferibles al aire fino de las cimas. Sin embargo, el nombramiento del pico simbolizó el profundo respeto que tanto la nación nepalí como los sherpas sentían por su figura. Fue una extranjera que se volvió más nepalí que muchos otros residentes, dedicando su vida entera a documentar esa tierra escarpada y majestuosa. A pesar de declararse atea, su conexión con la cultura local y sus tradiciones budistas fue extremadamente profunda y siempre recíproca. Elizabeth Hawley falleció finalmente en enero de 2018 a la edad de 94 años, dejando un vacío inmenso que será imposible de llenar. Su funeral siguió estrictamente los rituales budistas tradicionales, reflejando su fuerte vínculo espiritual con el pueblo sherpa que tanto la estimaba. Incluso en sus últimos años de vida, se mantuvo muy activa gestionando los registros de las expediciones y su incansable labor humanitaria. Elizabeth afirmó una vez que nunca decidió quedarse en Nepal, simplemente nunca encontró una razón de peso para irse de aquel lugar.