13.560 kilómetros sin parar ni comer: esta ave atravesó el Pacífico en un vuelo que desafía los límites de la resistencia
El Sol, las estrellas y el campo magnético terrestre pueden ofrecer referencias a un ave que cruza el Pacífico, porque mantener el rumbo durante miles de kilómetros exige orientarse sin tierra cercana. En el caso del joven aguja colipinta B6, de unos cinco meses, el seguimiento confirmó que llegó a tierra.
Aun así, no permitió saber qué señales empleó en cada tramo ni si durmió mientras volaba. Estudios con fragatas han probado que algunas aves pueden dormir en vuelo, pero estas dependen mucho del planeo, mientras los agujas colipintas vuelan principalmente mediante batido continuado.
Un transmisor siguió la travesía completa sobre el océano
B6 protagonizó en octubre de 2022 el vuelo migratorio sin escalas más largo documentado en un ave, con 13.560 kilómetros entre Alaska y Tasmania recorridos en unos 11 días y una hora. El ejemplar salió el 13 de octubre y alcanzó Anson’s Bay, en el noreste de Tasmania, el 24 de octubre, tras superar en unos 500 kilómetros el registro de otro aguja colipinta que había volado de Alaska a Nueva Zelanda en 2021. Guinness World Records reconoce la travesía como récord.
Un transmisor por satélite alimentado con energía solar y de apenas cinco gramos permitió seguir un trayecto que comenzó en el delta del Yukon-Kuskokwim, en el oeste de Alaska. B6 avanzó hacia las islas Aleutianas, cruzó el Pacífico al oeste de Hawái, pasó por la zona de Vanuatu y Nueva Caledonia y acabó entrando en el mar de Tasmania, sin que se registrara ningún aterrizaje.
Eric Woehler, investigador de la organización de conservación BirdLife Tasmania, señaló que todavía se desconoce si el desvío hacia Tasmania respondió a un extravío o forma parte del comportamiento migratorio de la especie.
El organismo transforma sus reservas antes de emprender el viaje
La preparación física para una travesía semejante empieza antes del despegue y altera profundamente la distribución interna del cuerpo del aguja colipinta. Un estudio con juveniles halló que los ejemplares alimentándose tenían una masa media de unos 379 gramos y los que entraban en migración rondaban los 367, pero la grasa pasaba de cerca del 17% de la masa corporal a casi el 55%.
Al mismo tiempo se reducían órganos como el hígado, los riñones, el estómago y los intestinos, tejidos con poca utilidad cuando no existe posibilidad de alimentarse sobre el océano.
La grasa aporta mucha energía por gramo y también genera agua metabólica al degradarse, dos ventajas decisivas para un vuelo prolongado sin acceso a comida ni bebida. El organismo también consume proteínas y otros tejidos, mientras el corazón y los músculos de vuelo cambian en relación con la masa corporal libre de grasa. Los investigadores todavía desconocen el equilibrio exacto entre energía, agua y consumo de tejidos que permite mantener una travesía de esta duración.
La desaparición de humedales amenaza la recuperación de la especie
El aterrizaje tampoco elimina el coste de una migración extrema, ya que Woehler calculó que un aguja colipinta puede perder alrededor de la mitad de su peso durante un vuelo diurno y nocturno de esta clase. Posarse en el océano tampoco ofrece una salida, puesto que la especie carece de patas palmeadas y tendría grandes dificultades para volver a despegar desde el agua. Esa dependencia convierte los humedales de llegada en lugares esenciales para recuperar reservas tras la travesía.
La disponibilidad de esos humedales se ha reducido mientras la población mundial del aguja colipinta también ha descendido, un problema que condiciona la continuidad de viajes como el de B6. Un informe de Naciones Unidas señala que desde 1970 se ha perdido el 35% de los humedales del planeta, y la UICN clasifica a la especie como Casi Amenazada. Las estimaciones citadas sitúan su población global alrededor de 1,1 millones de ejemplares y apuntan a una caída superior a la mitad en cinco décadas.
Los vientos favorables prolongan las reservas durante el viaje
Los vientos favorables pueden reducir el gasto energético de cada kilómetro y ampliar el alcance de unas reservas que, una vez iniciado el cruce oceánico, tienen un límite evidente. Los estudios por satélite indican que estos animales seleccionan condiciones favorables en distintos sectores de sus rutas y ajustan el recorrido ante cambios y vientos laterales.
En un vuelo sin posibilidad de repostar ni descansar en el agua, esa elección del tiempo atmosférico forma parte de la capacidad que permite llegar a tierra antes de agotar el combustible acumulado en el propio cuerpo.