Un variante genética de los neandertales podría explicar por qué algunas personas desarrollan más músculo

Las armas de piedra obligaban a acercarse mucho a la presa y convertían la fuerza física en una ventaja durante la caza. Los antepasados humanos vivieron durante largos periodos con una exigencia corporal mayor que la habitual en muchas sociedades actuales, porque desplazarse, cargar, trepar, perseguir animales o defenderse requería músculos capaces de responder durante jornadas duras.

La fuerza variaba entre individuos y especies, y los neandertales muestran esqueletos especialmente robustos, con huesos gruesos y grandes zonas de inserción muscular. Frente a ese patrón, buena parte de la vida actual exige menos esfuerzo físico cotidiano, mientras el entrenamiento permite alcanzar niveles de fuerza muy altos. Una parte de aquella robustez pudo depender de diferencias biológicas que todavía pueden rastrearse.

Los neandertales desarrollaron una constitución especialmente robusta

Un estudio publicado en Current Biology ha encontrado una de esas diferencias en el receptor de la hormona del crecimiento, una proteína situada en la superficie de las células. El trabajo, dirigido por Hugo Zeberg, antropólogo evolutivo del Instituto Karolinska, y Philipp Kanis, investigador del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, identifica una variante heredada de los neandertales que responde con mayor intensidad a esa hormona.

La presencia de esa variante cambia mucho según la población examinada y alcanza sus mayores frecuencias en el sur de Asia. Los investigadores sitúan su entrada en Homo sapiens hace unos 47.000 años, durante los cruces con neandertales, y calculan que puede aparecer en torno al 20% o incluso al 24% de algunas poblaciones del sur asiático. En Europa resulta mucho menos habitual, con cifras próximas al 0,5%, mientras en Asia oriental ronda el 15%.

Para comprobar qué hacía el receptor, el equipo cultivó células con la versión actual más habitual y con la variante neandertal, y después las expuso a la misma cantidad de hormona del crecimiento. Tras cinco días, las células con la versión neandertal habían proliferado alrededor de un 39% más. Una sustitución de aminoácido denominada P561T explicaba buena parte de esa respuesta, y la vía de señalización STAT5 se activaba aproximadamente un 22% más.

Ese comportamiento también apareció al analizar datos de más de 1,13 millones de adultos procedentes de cinco grandes biobancos. Los portadores pesaban alrededor de 285 gramos más y medían unos 0,3 centímetros adicionales de media, pero casi todo ese aumento de peso correspondía a tejido muscular.

Kanis, al valorar de dónde procedía la diferencia, precisó que “cuando examinamos con detalle de dónde procedía ese aumento de peso vimos que correspondía a un incremento de la masa muscular magra”. El cálculo situó la ganancia media en unos 271 gramos de músculo por cada copia de la variante.

La edad modifica cuándo se aprecia ese efecto, porque en más de 6.000 niños del estudio británico Born in Bradford la relación surgía después de los 11 años. Los autores la relacionan con el aumento de hormona del crecimiento durante la pubertad y observaron también pequeñas variaciones en la mandíbula y las raíces dentales. Zeberg, al referirse a esas diferencias anatómicas, señaló que los portadores “presentan algunos rasgos ligeramente más próximos a los de los neandertales”.

El entrenamiento determina mucho más músculo que esta variante

El receptor estudiado contiene dos cambios en su secuencia respecto a la variante humana más habitual, y ambos aparecen en la inmensa mayoría de los genomas neandertales analizados. La hipófisis libera la hormona del crecimiento al torrente sanguíneo y el receptor transmite después esa señal hacia músculos, huesos y otros tejidos.

La variante antigua mantiene un reconocimiento parecido de la hormona y aumenta la respuesta posterior de la célula, lo que ayuda a explicar cómo una diferencia genética pequeña puede reflejarse en el cuerpo adulto.

Aquella herencia llegó a la población actual por los cruces entre Homo sapiens y neandertales, aunque su efecto muscular es reducido frente al conjunto de genes, alimentación y actividad física que determinan la musculatura. El hallazgo acerca una parte de la constitución neandertal a personas que viven decenas de miles de años después y también fija un límite importante, porque portar esa variante aporta de media unos cientos de gramos de músculo y el entrenamiento sigue siendo decisivo.