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Cómplices y verdugos

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Cada 25 de noviembre se organizan multitud de actos para decir “No a la violencia de género” e informar sobre el apoyo que las instituciones y la sociedad prestan a las mujeres que son víctimas. Sin embargo, a menudo, nos olvidamos de que estos casos se siguen dando en el día a día, en la vida cotidiana y todos somos responsables de lo que ocurre, puesto que el silencio nos hace cómplices.

Pongamos sólo algunos ejemplos: los chistes que ponen en ridículo a la mujer; la publicidad sexista en la que es un objeto de consumo; las películas para niños y adolescentes en las que la chica solo es feliz al lado de su príncipe azul; canciones sexistas; la moda que, en ocasiones, esclaviza a las mujeres con prendas insufribles; o los cánones de belleza que subyugar la autoestima de las mujeres si no son alcanzados, entre otros... Todo ello, sin olvidar el sometimiento a su pareja que algunas padecen, cuestiones que se convierten en el germen de la violencia de género.

Todos estos ejemplos forman parte de nuestra vida cotidiana y, por eso, decimos que el “silencio nos hace cómplices”. Somos cómplices cuando conocemos en nuestro entorno un caso de violencia de género y no denunciamos, o lo toleramos tácitamente por entender que es un asunto de pareja. Somos cómplices cuando vemos comportamientos sospechosos en nuestro entorno y callamos. La violencia de género, desde el primer insulto, es un asunto social y tolerarlo es ser cómplice.

Desde el año 2000, han sido asesinadas en Canarias 79 mujeres y dos niños por violencia de género. Desde el Parlamento de Canarias, hemos aprobado iniciativas para facilitar a las víctimas y a las personas de su entorno que denuncien.

Vivimos en una sociedad heterosexista y patriarcal, y la consecuencia de este modelo es que somos una sociedad machista y “violenta”. El machismo no siempre es agresivo. Existe también el “machismo benévolo” que bajo la excusa de alabar o proteger a la mujer, la sitúa como un ser inferior. Esto hace que la mujer que decide no ser sumisa sufra una presión social que, en muchos casos, lleva aparejada la aparición del sentimiento de culpabilidad.

En el amor tiene que valer la alegría, no la pena, y este es el primer paso para el empoderamiento de la mujer ante el primer signo de violencia de género que perciba. Por tanto, recordemos una vez más que la violencia de género:

  • Nunca empieza por un tortazo sino por un “no me gusta el traje que llevas puesto”.
  • Nunca empieza por un insulto sino con un “para qué dijiste esa bobería en la cena”.
  • Nunca empieza por un “no te dejo salir” sino “prefieres estar con tus amigas que conmigo”.
  • Nunca empieza por un “no trabajes” sino por un “no tienes necesidad pues con mi sueldo vas a vivir bien” o “para lo que pagas en la guardería, te quedas en casa y nos lo ahorramos”.

Todos estos ejemplos hacen que la mujer se aísle socialmente de forma inconsciente hasta el punto de que, cuando reacciona, suele ser demasiado tarde.

NO PODEMOS SEGUIR SIENDO CÓMPLCES. NO A LA VIOLENCIA DE GÉNERO.

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