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Crónica de un desempleo anunciado

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La primera pieza caída de la crisis fue la financiera, pero ésta ha hecho caer la ficha de la economía real, de la producción de bienes y servicios, y así una tras otra hasta provocar el derrumbe más doloroso e injusto, el del empleo.

Son ya millones las personas que han perdido sus puestos de trabajo y la cifra aumentará hasta sumar, según la OIT, decenas de millones.

¿Cómo sobrevivirán esos millones de personas y sus familias?

Desde luego que en un mundo tan dispar, desde el punto de vista de las estructuras económicas y políticas, la casuística es muy variada. Las posibilidades de acudir en socorro de sus ciudadanos más desfavorecidos es infinitamente superior en los países enriquecidos que en los empobrecidos. Pero, sin duda, en todos ellos es un deber primordial del Estado, que de un modo tan solícito acudió al rescate de sus incalificables entidades financieras o bancarias. Sería inconcebible, éticamente inaceptable que el Estado, los Estados, permanecieran impasibles ante la generalización y ampliación del fenómeno de la pobreza.

¿Qué hacer, entonces?

Es evidente que en un plazo no muy lejano se agotará el derecho a la percepción del seguro de desempleo en la mayoría de los países. Hay que estar preparados y anticiparse a ese momento. ¿ Cómo? Tiene que abrirse paso la idea del derecho universal a una renta básica de ciudadanía que, al menos, cubra las necesidades más elementales de la población. De lo contrario el hambre, la pobreza, la exclusión, la marginación y la violencia crecerán de un modo exponencial. Pero la cuestión, lógicamente, es de donde saldrá el dinero que permita financiar esa renta básica de ciudadanía. Hay que decir, por supuesto, que estamos hablando de una solución provisional, incompleta, que habrá de combinarse con la recuperación de una actividad económica que no podrá transitar por los caminos trillados de un crecimiento ilimitado y ciego a los requerimientos de la naturaleza. Los tiempos del consumismo desaforado acabaron y resucitarlos es la mayor de las irresponsabilidades. Luego, la situación de emergencia exige medidas de emergencia. Tiene que funcionar la justicia y la solidaridad mundial. Se imponen las soluciones de justicia fiscal global, con impuestos internacionales y nacionales progresivos, con actuaciones decididas y contundentes contra el fraude fiscal y contra el fraude de todos los fraudes, la existencia de los consentidos paraísos fiscales.

Estas medidas, asociadas a la iniciativa pública y privada, respaldadas por bancas públicas sin ánimo de lucro, a modelos de economía ecológica sostenible y a un nuevo orden económico internacional más justo y solidario son, en mi opinión, las vías más rápidas y seguras para superar la incapacidad más evidente del capitalismo neoliberal, ofrecer una vida minimamente digna a la población del planeta.

Solo me resta reconocer que ninguna de estas ideas se barajará seriamente en la reunión londinense del G-20. El capitalismo se agota en un ir y venir de Smith a Keynes y de Keynes a Smith, pero lo que haría falta es tener el valor de proponer y aventurar nuevas ideas y plantearlas en el único foro legitimado para discernir y resolver, la Asamblea General de las Naciones Unidas, embrión de un futuro parlamento mundial.

Francisco Morote Costa

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