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Desaparecidos

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A uno le apetece ser optimista sobre el desenlace de este suceso, que tiene toda la pinta de un secuestro. Lo que pasa es que experiencias pasadas y recientes no lo permiten. Ojalá esta vez sea distinto y Yeremi aparezca, fresco, lozano, y saludable en su domicilio después de haber vivido quién sabe qué aventuras. Pero, no sé. Resulta difícil, complicado hablar y escribir de estos asuntos porque todos tenemos en mente sospechas desagradables, pálpitos y barruntos que nos reconcomen y que, acaso, sea prudente silenciar. Sí resulta admirable la abnegada labor de policías, guardias, voluntarios y de todo el personal dispuesto a colaborar en la búsqueda de ese niño que parece haberse volatizado. Las áreas de investigación se van extendiendo paulatinamente en la geografía grancanaria, se peina el terreno, como suele decirse, pero cuando ya pasan algunos días de la desaparición, tal vez fuese conveniente ampliar el rastreo a otras islas o a la Península, quién sabe. Uno, que tiende por lo común a manejar el humor y la intrascendencia en estas columnillas cotidianas, se ve, en ocasiones, comprometido a rozar aunque sea mínímamente, por lo delicado del tema, historias que a todos nos inquietan, historias de nuestro entorno que nos enfrentan a la posible presencia del Mal, así con mayúscula, entre nosotros. Un Mal que, en ocasiones, se ubica muy cerca del bien y de la inocencia. ¿Quién pudiera ayudar?... ¿Quién pudiera disponer de una pista? O, mejor, aún, de una esperanza. ¿Quién estuviera con condiciones de contribuir, de algún modo a que la peripecia de Yeremi haya sido eso solamente, un juego, una escapada, una travesura…? Sería estupendo que así fuera y que los nubarrones de negros pensamientos y oscuros presentimientos de disipasen muy pronto con la sonrisa –que parece encantadora- del niño desaparecido recién retornado a casa.

José H. Chela

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