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Pinganillos y pinganazos

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Ahora mismo les ha entrado una perreta con el dispendio que supone hablar en todas las lenguas cooficiales de España en el Senado, la cámara territorial por antonomasia. Quizá la oposición debería cuestionar primero el Senado antes de meterse con el estipendio de los traductores y los pinganillos.

La traducción simultánea se puede rechazar de mil maneras, una de ellas aduciendo el sentido común. ¿Tiene sentido hablar en distintas lenguas si todos se pueden comunicar en una? Podría argumentarse que la eclosión de idiomas en un parlamento es innecesaria. O no. Rajoy no recuerda que fue su Gobierno el que votó a favor del uso de lenguas en el Senado y que la propia Esperanza Aguirre habló en catalán, euskera y gallego (y no en la intimidad) cuando presidió la cámara baja.

Sin embargo, el PP ha rechazado el invento con un argumento baladí: el coste de 350.000 euros anuales, 10.000 menos que lo que nos salió la bandera capitidisminuida de Soria en la Fuente Luminosa. Si aquello fue para ellos el chocolate del loro en la isla, lo del Senado no llega a la categoría de sucedáneo del cacao. Todo esto sin hablar del gran gasto en publicidad y autobombo del susodicho en su etapa en la Presidencia del Cabildo y la Consejería de Economía y Hacienda.

En esto los conservadores suelen tener bastante desmemoria. Rajoy, en vista de algunos rechazos a la ley anti tabaco, manifestó en una entrevista que el PP se había abstenido cuando lo cierto es que votó a favor. En su última convención eufórica de Sevilla rechazaron los privilegios de los parlamentarios cuando ellos fueron los primeros que los aprobaron.

Me parece cojonudo acabar con el privilegio de los políticos, pero a un partido que aspira a volver a gobernar hay que exigirle un mínimo de coherencia, aunque sea pedir peras al manzano de Ana Botella, que a veces está medio llena y otras medio vacía.

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