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Semana de pasión

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Y ya en domingo, los misterios dolorosos de un triunfo histórico pero amargado por la insuficiencia que pudo ser mayor, por cierto, de haber aprobado el anteproyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado. Con razón de interés partidista, en un acto de irresponsabilidad que no tiene precedentes y por el que tendrá que abonar factura política, aguantó y retuvo el Gobierno las cuentas públicas: aquella pretendida mayoría para producir el gran vuelco en territorio andaluz y extender la mancha azul del control de las autonomías, vendida la piel del oso antes de ser cazado, no debía verse amenazada por la reducción de los fondos para financiar la Ley de Dependencia, por ejemplo, o por la amnistía para los submarinistas de las finanzas, otro ejemplo; así que, adelante con los faroles, a media luz que quedaron porque el retroceso en votos desde noviembre fue notable y porque en Asturias no hubo avance y el tercer puesto apenas dejó margen para la tensa espera del posibilismo negociador. Y para colmo, un escaño más de los socialistas.

No había forma de pasar a los misterios gozosos con tantos análisis convergentes en el rechazo a las medidas del Gobierno como causa del freno registrado y de la recuperación de las maltrechas fuerzas progresistas, cuando un par de frases desde la tribuna de oradores del Congreso pronunciadas por una diputada tinerfeña, Patricia Hernández, hacían tambalear la consideración que Ruiz Gallardón atesoraba entre muchos socialistas. El relieve que alcanzó en pocas horas, en medios y en redes sociales, es de los que se graba en la memoria para toda la vida.

Y en eso llegó la huelga, que no debe ser reducida al simplismo del éxito o el fracaso, sino a otra notable expresión de desaprobación que debería hacer reflexionar al ejecutivo por mucho que la ministra Báñez, con sus diez mil contratos de emprendedores, se empeñe en que la reforma laboral avanza imparable. Aguardemos a la próxima entrega de los registros de desempleo. Pero, sobre todo, a ver si se recupera, por el bien de todos, el diálogo social.

En plena digestión del paro general, con los tecnócratas y los mercados al acecho, para completar los primeros cien días de contradicciones, reformas y 'ejecútese', aparecen los Presupuestos Generales del Estado, con más reducciones para tranquilizar (?) a los europeos y para contribuir a la contención del déficit público mientras los desequilibrios se agrandan y la inversión pública se desfonda. Eso sí: con oportunidades de amnistía para los defraudadores y tramposos.

Terminaba así la anticipada semana de pasión del partido gubernamental.

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