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Y ahora Evo

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Suelen culpar los peperos de esta mala percepción exterior a las manifestaciones y concentraciones de los eternos descontentos contra la política del Gobierno. No sé si incluyen las organizadas por ellos con los obispos por delante. Podría replicarse, si de discusiones bizantina se trata, que desprestigia más a los españoles no reaccionar contra la derechona empeñada en empobrecernos, en despojarnos de derechos y en destruir lo que habíamos avanzado hacia el Estado de bienestar.

El PP, hagamos memoria, inició el descrédito exterior cuando el ex presidente Aznar comenzó en 2004 a utilizar foros internacionales para desaconsejar a los inversores meter dinero en España. Desde entonces hemos asistido a la feroz campaña de la derechona, de sus medios de comunicación y de sus obispos contra la política antiterrorista de Zapatero y cualquier iniciativa de ampliación de los derechos ciudadanos. No le importó al PP dañar gravemente a las instituciones del Estado; en especial a la Justicia malparada, además, por la incidencia de la derechona en instancias del Supremo y ahí tienen a Garzón que lo diga. Manda huevos que sean los tribunales argentinos, precisamente, la esperanza que les queda a las víctimas del franquismo. Y ya que evoco a Federico Trillo, tampoco contribuyó mucho a mejorar imagen el episodio chungo de la "reconquista" del islote de Perejil tomado por un comando de cabras marroquinas. Algo que no se le hubiera ocurrido al mismísimo Gila.

La política pepera de obstrucción a Zapatero continuó en la segunda legislatura psocialista reforzada por la crisis económica de la que responsabilizaron sobre la marcha, cómo no, a Zapatero. Es verdad que el presidente psocialista lo hizo de pena, pero no es menos cierto que, entusiasmado de tener algo contundente con que golpear, perdió el PP el sentido de la medida. Dijeron no a cuantas propuestas hizo Zapatero por temor a que en una de esas acertara; mientras, prometían, con grandes gestos y sonoros palabros, que ellos nunca tocarían los salarios, ni la educación, ni la sanidad; y que no subirían jamás el IVA para lo que llegó el PP a organizar una recogida de firmas en contra y desgranó por todas las esquinas los tremendos males que acarrearía tocar el impuesto. Rajoy, recuerden, se mostró angustiado porque la subida del IVA encarecería las "chuches"; se lució Montoro en epítetos y avisos de las calamidades que sobrevendrían; y no les digo de Cospedal. Engañaron a sus votantes de buena fe y ahora, cuando ya han hecho lo que prometieron no hacer, culpan, cómo no, al legado psocialista. Todo con una falta de seso que más parece el Gobierno del PP oposición; no a Rubalcaba, sino al fantasma de Zapatero al que vimos muy relajado en Lanzarote.

Parecen los peperos la oposición porque no saben qué hacer como Gobierno. Su objetivo era acabar con Zapatero dando por descontado que, una vez en La Moncloa, les bastaría obedecer a Merkel para cambiar el modelo social en beneficio del capitalismo hispano de toda la vida, poco emprendedor pero que cuenta con el BOE. Confiaba Rajoy que eso bastaría para calmar los "mercados", la otra cantinela y ahora resulta que sus "inevitables" medidas no lo son tanto y que la canciller alemana da señales de reconsiderar la tal "inevitabilidad"; por si Hollande resulta contagioso. Puede quedar otra vez con los glúteos al aire.

La estrategia pepera me parecía antes de la crisis dirigida a debilitar las instituciones del Estado para golpear a la democracia; o al menos desvirtuarla. Con la crisis, la reacción de Rajoy ante las protestas es significativa: presume de que con la mayoría absoluta hará lo que le dé la gana y advierte que, en virtud de ella, todos los viernes y hasta el final de la legislatura habrá "reformas"; recortes, o sea. Una amenaza que encaja en el contexto de ascenso de la ultraderecha europea. Algo que dejo para otro día: me interesa subrayar aquí que la presidenta Fernández Kirchner y Evo Morales han tomado a Rajoy por el pito del sereno para sus maniobras populistas. No lo respetan, por eso.

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