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Siete cruceros

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En una nave y en un viaje se sabe que llegará a su fin, los pasajeros tienen aventuras, amoríos, deudas de juego discusiones acaloradas? Pueden hasta cometerse crímenes impunes. Pero, al llegar a puerto, cada cual toma su camino, los porvenires de cada cual se ramifican, en la seguridad, casi garantizada, de que nunca de van a encontrar de nuevo con el acreedor, el traicionado o el traidor, el ofendido? En estos siete cruceros sin muelle definitivo al que poner rumbo sabemos que vamos a tropezarnos una y mil veces con aquel a quien debemos o nos debe, aquel que nos engañó o aquella a la que pusimos cuernos? etcétera. Eso marca, en fin, no sólo nuestro comportamiento, sino nuestro carácter.

Y la ausencia de crítica, diría uno. Aquí ni se ejerce la crítica y ni siquiera es habitual que existan críticos reconocidos en alguna materia. Qué necesidad de incordiar a un personaje mimado por el poder y que, finalmente, puede ser ensalzado por alguien de fuera, con más autoridad que la nuestra a niveles nacionales o internacionales. Así, todo lo que se escribe, se rueda, se pinta o se monta aquí es maravilloso?, porque es isleño: forma parte de la decoración y sustancia del propio barco en el que nos desplazamos hacia ninguna parte. Hasta las batallas políticas son ficticias: todos vamos a terminar pactando alguna vez, tarde o temprano, siglas y presuntas ideologías aparte. Willy García ?un suponer- era un pasajero más a quien ahora han asignado un camarote de lujo en la flota. Saludémosle educadamente si nos tropezamos con él en cubierta. Si miramos hacia otra parte, además de demostrar nuestra malcriadez, desafiaremos las reglas del juego y nunca se nos asignará un programa en la tele. Coño.

José H. Chela

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