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Los dioses de la naturaleza: Javier Rodríguez en el Club Náutico

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La pintura de Javier Rodríguez nos remite al principio de los tiempos, al origen de la vida y a la felicidad, nos remite a la memoria, al misterio, a la mítica de las Hespérides.

A una realidad nueva, a una tierra que se defiende del viento, de la humedad sobre las aguas, de esas olas arrolladoras que recorren los océanos. Recrea nuestro artista la arena, las rocas, las conchas marinas, el musgo y las algas. Las criaturas marinas. Y todo eso lo consigue a través de la espontaneidad y efusividad de los tonos y el color.

Y nos muestra una serie de paisajes imaginarios, desde donde asoman bajeles vegetales, cielos con nubes navegantes, arenas de playas luminosas y mareas que se sumergen. El alba que brota de la espuma. Todo tan rico en detalles que convierte sus obras en una tempestad de color y de tonos, de estallidos y de silencios. De latidos envueltos como el aire, de olas que simulan velos preciosos en las profundidades marinas...

Porque él trata con un gusto delicioso y refinado sus colores, explora los registros sonoros del pigmento, los fusiona y los expande por el lienzo con unas combinaciones tan sutiles que consigue que lo real y lo sobrenatural se confunda.

Pinta Javier amaneceres y atardeceres: apacibles y cálidos. Recoge esos momentos previos al ocaso en el que el sol cambia la tonalidad de la atmósfera. Momentos, tan ardorosos, que tienen la capacidad de envolver nuestros sentidos, de expandir energía, de traspasar los límites del marco, de extenderse por toda la sala y crear una atmósfera auténticamente poética.

Algunos mañanas Javier Rodríguez se sitúa con su caballete en la playa de su niñez, en ese escenario de tantas vidas, en Las Canteras, y pinta escenas desde La Puntilla al Confital. Homenajea su infancia y nos muestra La Peña de La Vieja, la Peña de la Galleta, la del Burro. Los Lisos y todas las demás rocas fortificadas por La Barra. Pinta el silencio y murmura sus nombres y observa como se balacean las sebas y las aguavivas, como se convierten en figuras extrañas que merodean cerca de la arena. Y contempla el reposo de las olas, la nostalgia flotando bajo los charcos, el aliento de los surtidores al colarse entre las rocas. El alma del cielo.

Y nos muestra también el mar confiado, el bullicio de la noche de San Juan, donde brotan hogueras como manantiales de acuarelas.

Porque nuestro artista igual que los impresionistas prefiere mostrar los momentos soñados de la vida, desempolvar su álbum de fotografías, pensar a través de su pintura y dar rienda suelta a sus emociones. Transformar la realidad, lo desconocido que procede de su subconsciente.

Y refleja la cultura del mar y pinta sus tatuajes en color, donde predominan las distintas tonalidades de azules y turquesas contrarrestadas con la calidez de los tonos rosáceos, siena y empolvados, o blancos con guiños del violeta de la amatista. Y todos los verdes o amarillos imaginables que aplica con plenitud, aumentando así la sensación de irrealidad.

Percibimos el cromatismo de su paleta en las nubes deshilachadas, en sus oquedades, en las cuevas pedregosas o en las costas batidas por las olas.

Y nos cuenta que cruza los pasadizos de la luz, y en la oscuridad su pintura prende como una lumbre, como cánticos acariciantes del que brotan destellos, chispas que se envuelven en un halo de rojos encendidos. Del color que tanto en Oriente como en Occidente utilizan para alejar la maldad, del color de las ceremonias hindúes.

En la pintura de Javier Rodríguez hay poética, texturas que viajan más allá de la expresividad, una poesía que se distancia de lo cotidiano y de lo visible y que utiliza lo real para incluir el sueño, lo mistérico, las emociones, la sensualidad, lo irreal. La explosión de las nebulosas como semilleros estelares.

Percibimos también el cromatismo de su paleta en los fondos marinos empapados de un animalario fantástico, de jardines que florecen repleto de algas, de peces que culebrean o que ágiles saltan por el aire, de lirios de mar, de mariposas que desfilan como fugaces relámpagos anaranjados.

Refleja nuestro artista con pincelada corta y segura un mundo lleno de formas, de figuras míticas captadas con sensibilidad y movimiento, figuras que chapotean con ninfas frágiles y sensuales. Hadas que marcan una atmósfera realmente mágica. Hondonadas a modo de tobogán que se adentran en el mar en busca de todos los tesoros.

Javier ha paseado su pintura por Alemania, Inglaterra, Holanda, Tenerife? Ha realizado murales para hoteles de las islas y para restaurantes eróticos en donde podemos contemplar unos angelitos sensuales, rojizos entre fuegos derretidos. Es un experto pintor que sigue colgando su obra con gran éxito y que ahora con la cercanía de una musa como su compañera Pino Vallejo ha potenciado sus anhelos y sus fantasías.

La pintura de Javier me cautiva porque se sustenta en la capacidad para transmitir en el lenguaje plástico la trascendencia de lo imaginario. Un lenguaje repleto de sentimientos y emociones.

Me identifico con nuestro pintor en la presencia de los sueños y en las imágenes, en la magia y los colores que trata con un gusto delicioso, bello y armonioso. Me identifico con Javier Rodríguez quizás porque estoy unida por los mismos sueños o protegida por los mismos espíritus.

Rosario Valcárcel

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