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El lujo de decidir

LA MIRADA DE ANDERSSON / IR A VER A LA UD LAS PALMAS, UNA CEREMONIA

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16 de febrero de 1986. Aquel día la UD Las Palmas, con Ruiz Caballero como entrenador y con goles de Narciso, Koke Contreras y Santis, bailó en el Estadio Insular al FC Barcelona (3-0). A todo un señor Barça, que de la mano de Terry Venables pocos meses después perdió la final de la Copa de Europa en Sevilla ante el Steaua de Bucarest, en una tanda de penaltis maldita para el club azulgrana (ningún jugador fue capaz de batir Duckadam, portero del equipo rumano).

Yo (con apenas 7 años de edad) me perdí aquel partido. Me perdí una noche mágica en el Estadio Insular, cuyos efectos fascinantes perduraron durante muchos días por Las Palmas de Gran Canaria. Por aquel entonces, y con la tragedia de Heysel aún reciente (murieron 39 personas antes de la final de la Copa de Europa que disputaron Juventus y Liverpool en ese estadio belga), los campos de fútbol no parecían ser lugares seguros, según interpretación de buena parte de las madres, para la seguridad de sus hijos. Entre ese grupo de madres recelosas se incluía mi madre, que a pesar del ofrecimiento de un amigo de la familia para llevarme a la Grada Curva, optó por dejarme en casa ese día.

Así que esa noche, acompañado por una perreta tremenda, sólo me quedó una opción para tratar de vivir aquel partido: coger un viejo transistor que había por mi casa, buscar por las ondas y sintonizar a Segundo Almeida.

Segundo Almeida era mi lazarillo. Él, con una narración impecable y elegante (lo siento por todos sus detractores, pero nadie ha vuelto a contar los partidos de la UD Las Palmas como el señor Almeida), me guiaba por el Estadio Insular. Él narraba y yo ponía el resto: la fantasía de un pibe de mi edad. Segundo Almeida decía que Narciso regateaba y yo me lo imaginaba haciendo la vida imposible a Migueli. Segundo Almeida advertía del peligro del Barça y yo sufría temiendo por alguna cabalgada por la banda del Lobo Carrasco.

Y de fondo, el ambiente. Murmuraba el Estadio Insular y a mí me parecía ver a Fernando 'el bandera' de cabezilla de la afición amarilla desde la Grada Curva. Incluso hasta me parecía percibir el olor a jareas en plena ruta desde las Alcaravaneras al campo y la fragancia que soltaba el césped (por aquel entonces el Estadio Insular era el único espacio con hierba de toda la ciudad). Hasta calculaba el número de hogueras que arderían al término del encuentro en el cemento de la Naciente.

Cayeron los goles de Narciso, Koke Contreras (qué lanzamiento de falta el suyo, que se coló por la escuadra de Urruti) y Santis. La victoria dejó en mí una sensación agridulce: euforia por el triunfo y rabia por no haber obtenido el permiso para gozar de ese ritual, que era ir hasta Ciudad Jardín para animar a la UD Las Palmas, y ver como la Unión Deportiva ganaba al Barça.

Sé que la situación actual no se puede comparar con aquel momento. Sé que el próximo rival es el Hércules, no un Barça campeón de Liga. Sé que ahora, en las filas del equipo, no hay un futbolista de la clase de Koke Contreras. Sé que la UD Las Palmas es colista de Segunda división. Sé que el ambiente del Estadio de Gran Canaria es ridículo comparado con el que se vivía en el Estadio Insular. Sé que nada es igual. Incluso sé que ahora no es mejor que entonces.

Pero ir al fútbol, ir a ver a tu equipo, ir a ver a la Unión Deportiva Las Palmas es una ceremonia de un valor enorme. Y eso no se puede perder. Ni debe quedar en el olvido. Ni puede diluirse como un mero recuerdo.

La UD Las Palmas tiene ante si un reto magnífico. No a nivel deportivo, que simplemente es no caer a Segunda B. El verdadero desafío de este club es volver a transmitir. Es volver a convertir sus partidos en una celebración, en un acto de interés común para miles de personas. Es volver a ser un sentimiento de todos.

Y para eso hay que ir y acompañar al equipo. Y animar. Y protestar cuando corresponda. Y pedir cuentas a quien se empeñe en llevar por el mal camino a esta entidad.

Ahora, 21 años después de aquella victoria de la Unión Deportiva sobre el Barça, los campos de fútbol son mucho más seguros que en 1986. Así que recomiendo a todos los aficionados de la UD Las Palmas que vayan este sábado al Estadio de Gran Canaria. Que todos los que tienen la oportunidad de ir, que acudan a Seite Palmas y animen al equipo para superar al Hércules. Que si quieren recuperar los buenos tiempos, ese es el camino: estando con la UD Las Palmas y junto a la UD Las Palmas.

Ojalá hubiera tenido la opción de ir aquel 16 de febrero al Estadio Insular. Ojalá hubiera tenido la oportunidad de elegir entre ir al fútbol o quedarme en casa. Menudo lujo.

PD- Este artículo se lo dedico a Segundo Almeida. Porque me hizo soñar y vibrar con la UD Las Palmas. Porque es un grande del periodismo. Con todas sus virtudes y algunos defectos. Y porque sí.

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