“Esta es mi casa y no me voy”: la lucha del guardián de una subestación eléctrica de Huelva que vive por 18 céntimos al mes
Leandro Navarro, un trabajador de Endesa que ha estado vinculado a una subestación de Huelva capital desde 1983, desarrolla una batalla legal contra la empresa con el fin de seguir viviendo en la casa que ha ocupado siempre bajo el amparo de su trabajo. El problema es que Endesa le comunicó cuando estaba cerca su jubilación que tenía que dejar la vivienda cuando llegase a los 65 años (hace casi dos).
Leandro se niega. Una de las razones que le hace aferrarse a la casa es que por ella paga un alquiler más que simbólico de 18 céntimos de euros al mes. Una cifra que tiene su historia, dentro de una historia que no es la de un desahucio al uso.
Cuando la empresa se fundó en 1944, levantó centrales en zonas aisladas, y para atraer y retener a los obreros construyó una serie de viviendas que tuvieran un doble fin: retener la mano de obra que necesitaba y que vivieran físicamente cerca de las centrales para actuar rápido en caso de necesidad.
Como algunos de esos trabajadores solo pasaban unos días en la central para hacer determinados trabajos, la empresa estableció un alquiler por temporadas, estableciendo el pago de una peseta por día. Puede parecer poco, pero en la España de mediados de los 40 se podía comprar por ese dinero una barra de pan, un abono para el tranvía o el autobús urbano, o una caja de cerillas.
De esta manera, se estableció una renta mensual de 30 pesetas si el trabajador decidía pasar un mes entero, sin fecha tope de fin de contrato, de modo que si pasaba en la empresa 40 años, habría vivido todo ese tiempo en la casa por 14.400 pesetas, menos de 90 euros. Y ahí viene el problema de Leandro.
“No es una cuestión de dinero”
Para empezar, asegura a elDiario.es Andalucía que su caso no es el de una persona desahuciada que se queda sin recursos. Afirma que tiene dinero para alquilar o comprar una vivienda, pero que no es cuestión de eso. “Llevo aquí toda mi vida, aquí han crecido mis hijos y están mis recuerdos, y Endesa solo quiere la casa para tirarla. Para eso, me quedo dentro y sigo pagando el alquiler”.
Los primeros avisos de que el asunto no iba a ser fácil comenzó a recibirlos en 2017, en proceso de prejubilación. “Endesa contrató un gabinete para controlar las viviendas de la empresa, ya que algunas incluso se usaban como segunda vivienda por algunos trabajadores”, y en esa lista de gente a la que había que avisar de que se tenía que ir estaba él.
Leandro quiere separar su caso del de Maricarmen y muchas personas como ella. Pero sí señala que Endesa, a la hora de negociar “no es un fondo buitre, pero es tajante, sin empatía, y te sientes mal por el trato después de tantos años”.
Y, a todo esto, ha cumplido 66 años el pasado febrero. En 2015 se acogió a un plan de salida de la empresa que suponía perder en nómina el 20%. Para él, era razonable, pero salir de su casa no lo fue en ningún momento, sin que tampoco se le ofreciese actualizar su contrato de régimen antiguo.
Entre otras cosas, esgrime que llegó a Huelva en 1983 procedente de Córdoba. Ocupó la casa que tenía otro trabajador en La Ribera, un núcleo de viviendas perteneciente a Huelva capital donde estaba (y sigue estando) la subestación eléctrica de la zona, cerca del cementerio. Al vivir allí, estaba a mano por si hiciera falta algo urgente pagando un alquiler simbólico. Cuando llegó el euro, se actualizó solo el cambio a la moneda única europea, no a la inflación de la época con respecto a 1983, y se estableció que pagase 18 céntimos al mes, que puntualmente le han sido retirados de su nómina mensual, igual que hasta entonces se le retiraban 30 pesetas mensuales.
En 1992, Endesa le comunicó que tenía que dejar la casa porque cerraba la subestación, pero entonces abrió otra central junto al monumento a Colón en la Punta del Sebo onubense, y siguió trabajando. Recuerda que el entonces jefe de la planta vivía en las mismas condiciones que él, y que mantuvo su vivienda una vez jubilado. Solo la ha recuperado la empresa a su muerte. “¿Por qué él pudo tener su casa y yo no?, ¿porque era el jefe?”, se pregunta.
Leandro cree, además, que ha hecho mucho más que trabajar para la empresa, ya que ha sido “y sigo siendo” el guardián de la subestación, y a día de hoy “es como si siguiese trabajando”, porque le siguen consultando los camioneros y técnicos que llegan para saber por dónde se tienen que ubicar o qué tienen que hacer.
Afirma también que todas las reparaciones en la casa las ha pagado él, reformas y pinturas incluidas. Pero, sobre todo, es tajante: “He ahorrado dinero y no me voy a ir debajo de un puente, pero me quieren echar de la casa para derribarla, no tiene sentido, y me quiero quedar aquí”. Hace años compró un piso por si se tenía que mudar, pero al divorciarse el piso pasó a su ahora exmujer. Con todo, irse de la casa en la que vive no pasa por sus planes.
“Se intenta negociar con él, pero se llegará a juicio”
Desde Endesa se explica a este periódico que se está intentando negociar con Leandro desde el año 2017, sin resultado, y que todo parece indicar que el caso llegará a juicio.
Recuerda la compañía que este tipo de viviendas están vinculadas al puesto de trabajo y se encuentran en un entorno industrial, que en este caso es el centro de transformación. Se trata de viviendas con un contrato de asociación-vínculo al puesto de trabajo, que, una vez jubilado el trabajador, se extingue.
La empresa, por último, admite que quiere derribar la vivienda, pero argumenta que es necesario ampliar el centro de transformación y el inmueble lo impide por su ubicación.
Leandro y Endesa no han llegado a un acuerdo, así que el caso está en manos de la sección de lo Social del Tribunal de Instancia de Huelva, plaza número 4, que acogerá el juicio, salvo cambios en la negociación, el 26 de abril de 2027.