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A. Compagnon: “El político de hoy solo lee lo que le subrayan en el coche, camino de su discurso”

¿Tiene algo que decir Michel de Montaigne hoy? ¿Hay alguien dispuesto a escucharlo? Antoine Compagnon (Bruselas, 1950) debió de hacerse en algún momento estas preguntas, y el resultado fue un proyecto tan osado como irresistible: dedicar cuarenta breves espacios radiofónicos para comentar el pensamiento, el estilo y la vigencia del autor de los Ensayos. Reunidos en un volumen bajo el título Un verano con Montaigne, que acaba de ser editado en España por Paidós, estos guiones se han revelado como un insólito best-seller, con 150.000 ejemplares vendidos en el mercado francófono.

Catedrático de literatura francesa en la Sorbona de París y en la Columbia University de Nueva York, Compagnon, de quien en España ya conocíamos títulos como Gato encerrado, Los antimodernos o ¿Para qué sirve la literatura?, se revela como un comentarista ideal para unos Ensayos siempre apasionantes, pero no siempre unívocos ni accesibles para los profanos. Al visitar el Institut Français de Madrid para la presentación de Un verano con Montaigne, accedió a atender a M’Sur por teléfono y analizar, siquiera someramente, los tiempos escépticos que vivimos. Los lectores de Montaigne se preguntan siempre qué pensaría este autor de los asuntos de actualidad. Por ejemplo, de la victoria de la ultraderecha francesa en las europeas… Montaigne era un moderado, y además un modelo de moderado que se hallaba en medio de una guerra civil, odiando fuertemente los extremos. Vivió siempre atrapado en la lucha entre protestantes y católicos, pero siempre apostó por la negociación, por la mediación.

Sabemos que odiaba a los fanáticos de cualquier signo, por tanto podemos suponer que en las circunstancias actuales sería un centrista, probablemente un europeísta. Por desgracia, la política conserva hoy muchos de los defectos que Montaigne criticaba, por ejemplo la dificultad para separar el cargo de la persona. ¿Cómo defendía él esta separación? Sí, sí, él desempeñó un papel político, e insistió mucho en distinguir al hombre público del político. ¿Cómo? Tratando siempre de conservar un margen, una distancia con el cargo. Para él la política entraña, de algún modo, una cierta capacidad de reflexionar. Por eso seguramente se sentiría decepcionado con el político de hoy, que ya no tienen capacidad para leer. Solo sabe leer lo que le subrayan en el coche, camino de su discurso. Es justo lo contrario que el autor de losEnsayos defendía. Otra de las cosas que sorprenden en él es aquella afirmación: “Escribo para las mujeres”. ¿Podemos sugerir que fue un precursor del feminismo?

¿Un precursor del ateísmo?

Efectivamente, Montaigne asegura que escribió su libro en francés, y no en latín, para que lo leyeran las mujeres, mientras que la cultura latina era eminentemente masculina. Él asimila el latín como idioma materno, su padre siempre le habla en latín… Pero él quería escribir para ellas. Al final de su vida, tuvo amistad con una mujer… Marie de Gournay… …era una lectora devota de él, y fue la que hizo la edición póstuma de los ensayos. Precisamente una mujer. Y es verdad que tiene un ensayo muy famoso, inspirado en un verso de Virgilio, en el que defiende la igualdad entre hombres y mujeres.

Seguramente le sorprendería lo que queda todavía por hacer al respecto. Y el peso que siguen teniendo, por ejemplo, las religiones, de las que desconfiaba, ¿no? Algunos ven a Montaigne como un precursor del ateísmo. Lo seguro es que daba un papel considerable a la razón humana, aunque también se preguntara por cuestiones como la inmortalidad del alma. Y al mismo tiempo, hacía notar su fe católica, en la que moriría. Cuando publicó la primera entrega de los Ensayos, fue a Roma para someterla a la valoración del Papa… Se cuenta aquella anécdota de que, al agacharse a besar los pies del pontífice, recibió un puntapié como quien no quiere la cosa… Quién sabe si ocurrió así, no estoy al tanto [risas]. Lo seguro es que, a la vez que Montaigne es católico, como sabemos, es un gran defensor de la libertad. Considera fundamental, al margen de la fe que cada cual abrace, el hecho de que se pueda decir todo, de que se pueda pensar todo. Eso en él es irrenunciable.

En alguno de sus escritos habla del “error católico”. ¿A qué se refería? Al fanatismo. Denuncia, como todos los fanatismos, los excesos de la fe católica. Abomina del trato a las brujas, a los herejes. De todo lo que es violencia y crueldad. El escritor anunció la nueva cultura de la letra impresa. ¿Podemos decir que, tantos siglos después, comienza a estar de veras en crisis, o cree que será una transformación más? Montaigne es contemporáneo de la imprenta. En Burdeos, a su alrededor, presumía de tener todo el corpus del saber de la Antigüedad: vivía en un mundo en el que todo lo que uno podía saber, cabía en su librería. Vivió, pues, el cambio de una cultura manuscrita a la cultura impresa.

La cuestión es que ahora estamos también en un momento de transición, pero hacia una cultura numérica, digital. Y al mismo tiempo, percibimos una continuidad. Cuando Montaigne lee a Plutarco, como cuando lo leemos nosotros en formato digital, sigue siendo el mismo Plutarco. Por otro lado, el pensador se apropia de frases enteras de otros autores, sin citarlos. Eso lo hace, de alguna forma, un precursor del copy + paste…

La cultura del corta-pega

Pues sí, estamos volviendo, tras una especie de paréntesis, a la cultura del corta-pega. Podemos pensar que hay un cierto parecido entre las prácticas de Montaigne y las nuestras… Tal vez no seamos tan lúcidos, tal vez no escojamos tan bien los textos originales… Eso me temo [risas]. Pero no seamos pesimistas: también puede ser que haya gente haciendo cosas con calidad. Vivir en paz en tiempos de guerra: ese fue un objetivo de Montaigne. ¿Dejó alguna receta que podamos aplicar hoy?

En efecto, Montaigne vivió en guerra gran parte de su vida. Pero él explicaba que en la guerra también hay momentos de calma, no ocupa las 24 horas del día y los siete días de la semana. Y eso le lleva a hablar de otro sentido del tiempo, de otra experiencia del tiempo. En su vida, las nociones de tiempo vienen marcadas por los conflictos. En un momento dado, dice: “Nos vamos de casa sin saber si la volveremos a ver”. Y si llega alguien de fuera, no sabe si es amigo o enemigo… Se acostumbra a vivir en esa gran incertidumbre, que está asociada a la conciencia del peligro. “No hago nada sin placer”, dejó dicho. Ahora que se nos bombardea con términos como esfuerzo o sacrificio, ¿se impone volver a ese placer militante?

Creo que a pesar de todo nunca lo hemos abandonado, porque también estamos inmersos en una cultura del hedonismo, que Montaigne definió al final de los Ensayos. Nunca se ha hablado tanto del placer como ahora. Lo que si podríamos adoptar de Montaigne es su pensamiento del presente, como el de Horacio: no pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, ni que mañana vendrá la muerte. ¿No cree que, en el fondo, vivimos un tiempo estupendo para el escepticismo?

Este tiempo, sí, nos lleva con toda garantía al escepticismo. Descreemos del progreso, descreemos de la Historia… Pero en Montaigne sucede algo: no hay escepticismo hacia los demás, no descree de las relaciones sociales. En él siempre hay un respeto por el otro. Eso sí, insiste en la franqueza en esas relaciones, para él es un fundamento de la sociedad. Incluso cuando se aparta a su torre, afirma que lo hace “para volver mejor a los demás”, ¿no? Así es, siempre se retira para volver al otro. Su experiencia de conocimiento pasa por retirarse, por tomar distancia un poco de todo. Pero nunca fue un solitario.

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