Loscos ya no es un pueblo
Loscos ya no es un pueblo. Loscos es un polígono industrial. Es un enclave situado en medio de aerogeneradores eléctricos, carreteras, camiones circulando y cables de energía. Cuando tomas la curva de salida del alto de Plenas y comienzas a divisar los molinos gigantes que se han apoderado de lo que antes era su paisaje, a muchos nos entra una mezcla de rabia y tristeza. Desolación. Y no es, por supuesto, el único: son incontables los pueblos de Aragón en los que se han instalado decenas de molinos en sus campos y muy próximos a sus casas.
No hay que ser muy inteligente para darse cuenta, desde el primer instante, de que todos esos “generadores” no generan ni energía ni riqueza para los propios municipios, sino para otras personas y lugares muy lejos de allí; son las empresas que los venden y los instalan los que recibirán sus beneficios. ¿Nadie se ha preguntado por qué no se ve prácticamente ninguno en todo el sur de Francia, en la Costa Brava o en el País Vasco, por ejemplo? Porque las empresas que los venden buscan territorios pobres y despoblados para sembrar su negocio. Y convencen a los ayuntamientos y a la opinión pública amparándose en lo de siempre: la creación de puestos de trabajo —la mayor excusa del capitalismo desde sus inicios— y una transición energética que les viene de perlas para llenarse la boca con un ecologismo que no es sino la tapadera perfecta. Allí, en Loscos, solo les quedarán las migajas y un paisaje asesinado por los siglos de los siglos. Los seres humanos somos débiles y podemos llegar a vender nuestro lugar en la Tierra por un puñado de euros; por eso deben de ser los gobiernos los que acoten y legislen, es decir, impidan y prohíban que se lleven a cabo situaciones que vulneren el bien común.
Y yo me pregunto ¿dónde está el dinero prometido a cambio de esos molinos?, ¿por qué se sigue pagando, por ejemplo, la entrada a las piscinas del pueblo?, ¿por qué se paga más cada año por el precio de los bonos de fiestas?, ¿por qué se sigue pagando la luz en el municipio?, ¿dónde está todo el dinero del que se hablaba?. Las gentes de ese pueblo —y de todo Aragón— nunca demandaron tener la luz gratis, ni las fiestas, ni absolutamente nada; sin embargo sí demandan ahora recuperar su antaño maravilloso paisaje, su idiosincrasia y su paz. Esas tres cosas son el activo más importante que puede tener un territorio y también un ser humano. Y poco ha podido hacer Loscos para impedir convertirse en uno de los pueblos que más molinos y más próximos tiene de toda la región, para impedir que violasen sus montes y caminos, sus fuentes, sus parajes, sus estancas. Y esa violación constituye un delito contra el sentido común y contra lo único que hacía atractiva a esa zona.
Estoy convencido de que llegará —si no existe ya ya—una generación de habitantes que querrán quitarlos, desmantelarlos, borrarlos del entorno. Pues habrán entendido que el progreso y la evolución que nos venden en base a la implantación de estos “parques” eólicos es una falacia, y que ambos solamente podrán venir desde el interior de cada individuo, desde una conciencia educada en una cultura y un ecologismo reales, diarios, comprometidos, solidarios, anti consumistas. Ese será el verdadero cambio que podrá salvar a este planeta de su degradación definitiva. No la instalación de dos mil molinos en Loscos, las faldas del Cabezo de Herrera o el Moncayo. Eso sólo tiene un nombre: negocio.