Lovebirds aren't real
Tuve un novio que sospechaba de pactos con Baal. Era propenso a creer que los aviones fumigan el cielo y, si pudiera, formaría parte de la élite de Eyes Wide Shut que decide nuestro destino mientras nosotros pensamos en cuándo podremos comer ese aguacate tan verde que acabamos de comprar.
Las personas que confían su vida a la conspiranoia han dado por fin con la ansiada sensación de pertenencia a una comunidad, y, según Marc Amorós –que impartió hace unos días una conferencia en Zaraoza–, son cuatro los pilares que fundamentan estas teorías.
La identidad es a la hipótesis lo que la piedra filosofal a la alquimia, y se basa en la identificación con el relato. La unión, por otro lado, evoca un sentimiento de comunidad fundamental para designar un enemigo común y amparar a tus iguales. El poder se sustenta en la misma premisa con la que los incels argumentan su misoginia: “Todas mienten”. El silogismo justificado “si todos mienten excepto nosotros, entonces somos los elegidos” funciona como darle atún rojo del Pacífico a Thomas O’Malley.
Por último, las denominadas cámaras de eco sirven como cuando tu amiga perjura que no se acostará nunca más con el tío del pelo sucio que la dejó plantada en varias ocasiones en las que ella ya tenía el eyeliner hecho. Qué sencillo es hallar placer en la creencia de nuestras propias mentiras.
Este eje misceláneo deriva en una amenaza revestida de felicidad que resulta la fuerza motora para entrar en un mundo fake, pues da con la clave que confirma lo que nos gustaría que ratificara nuestra gnosis. “No tengo pruebas, pero tampoco dudas”, resumiendo este supuesto en forma de tuit. Lo falso funciona porque es la fábrica de imágenes de nuestros deseos. Exactamente igual que cuando nos gusta alguien e imaginamos como un banquete lo que se nos da en forma de migas de pan.
La desinformación que conforma una especie de capa de los embustes es la inventora de un nuevo lenguaje, forma parte de nuestro día a día e, igual que nuestras relaciones, es emocional: su intención de generar histeria y difundir revelaciones hilarantes se convierte en la ruta que configura nuestro pensamiento crítico.
No habrá ya a quien le sorprenda despertarse un martes a las ocho y ver una foto de Donald Trump con Netanyahu, como dos veinteañeras en los Hamptons, bronceándose en tumbonas estratégicamente photoshopeadas en una arena inventada sobre un territorio devastado por la guerra. Porque lo que circula como información ya no trata de convencernos, sino de contagiarnos apelando a nuestro impulso y no a nuestra razón. Como el mecanismo de reconciliación después de una discusión.
En estos premios escondidos tras las teorías se encuentra un paralelismo con las relaciones de pareja: “Tú me entiendes como nadie”, “lo nuestro es diferente”... son algunas frases que seguro también dijo Peter McIndoe cuando quería convencer a todo el mundo de que los pájaros eran drones del gobierno en su conocido Birds Aren't Real. Es fácil reconocerse en el relato; es difícil renunciar a eso. Admitir que somos ordinarios es algo que el ego no perdona.
“Cambiar las palabras es cambiar los marcos mentales; las nuevas palabras dan sentidos alternativos a la realidad y unen a quienes las decodifican en comunidades que se creen selectas”, dice Amorós. No tengo ninguna amiga que no haya ideado una especie de glosario con su compañero del momento.
A los pocos días de que este novio me lo contara todo sobre los pueblos del Antiguo Oriente Próximo y los Illuminati, nos encontrábamos haciendo autodefinidos mientras volábamos de regreso a casa. Cuál fue nuestra sorpresa cuando, casualmente, dos de las preguntas de la primera página eran 'Baal' y 'avión'. Las premoniciones de Destino final se quedaban cortas al lado de lo que por mi cabeza pasó en ese instante. Me bastó con una imagen para que todo tuviera sentido, y esta vez era yo: no tenía pruebas, pero tampoco dudas.