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Nadie debería tener que agradecer que no lo prejuzguen

Vecinos de Villamalea, en Albacete, con distintas creencias religiosas participando en un encuentro para conocerse

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A veces, una vivencia puramente personal y fortuita en el desempeño diario tiene la capacidad de abrirnos los ojos con mucha más fuerza y nitidez que cualquier estadística oficial o titular de prensa. Hace muy poco, por circunstancias personales, me encontré en la situación de mostrar un inmueble a unas personas a las que no conocía absolutamente de nada. Al finalizar el recorrido, sucedió algo que me hizo detenerme a pensar: se acercaron para darme las gracias por el simple hecho de haberlas tratado con absoluta naturalidad, sin proyectar sobre ellas prejuicios de antemano.

Aquel gesto espontáneo dio paso a una conversación honesta y profunda sobre lo que significa emigrar a nuestro país, un diálogo enriquecedor del que nacen las ideas y reflexiones que vertebran este texto. Para mí, aquella larga y sincera conversación fue una de las mayores lecciones sobre inmigración que he recibido, una de esas experiencias que te invitan a cuestionar tus propias percepciones y a mirar la realidad con otros ojos.

¿Qué experiencias ha tenido que vivir una persona para sentir la necesidad de dar las gracias porque alguien la haya tratado con normalidad? ¿Cuántas veces hay que sentirse observada, cuestionada o juzgada para que un gesto tan elemental como el respeto se convierta en algo digno de agradecer? A veces, lo más revelador de un encuentro no es únicamente lo que sucede durante él, sino todo aquello que intuimos que la otra persona ha tenido que vivir antes.

Escuchar su testimonio me permitió comprender el desgaste que produce la desconfianza previa con la que tropiezan casi a diario. Se presentaron abiertamente como lo que son: dos profesionales perfectamente cualificadas que habían tomado la decisión de venir a España a trabajar y construir un proyecto de vida digno, con empleos estables que les permiten sostenerse con holgura económica. Sin embargo, su propia experiencia les ha enseñado que una parte de la sociedad, al verlas por primera vez, les atribuye características y circunstancias basándose únicamente en su origen o su aspecto físico.

Durante aquella conversación tan sincera, que propicié a raíz de su llamativo agradecimiento, expresaron también su frustración ante la falsedad de mitos tan dañinos como el de las supuestas 'paguitas' o el supuesto trato de favor en las ayudas públicas

Durante aquella conversación tan sincera, que propicié a raíz de su llamativo agradecimiento, expresaron también su frustración ante la falsedad de mitos tan dañinos como el de las supuestas 'paguitas' o el supuesto trato de favor en las ayudas públicas. Bulos que, repetidos una y otra vez, terminan calando en el imaginario colectivo y distorsionando la realidad de quienes llegan para trabajar, cotizar y salir adelante por sus propios medios.

Entiendo que hay algo especialmente injusto en esa necesidad de tener que demostrar constantemente quiénes son. Ninguna de ellas debería necesitar explicar su cualificación profesional, su estabilidad económica o su capacidad para mantenerse por sí misma para merecer un trato digno. Sus circunstancias personales contribuyen a desmontar estereotipos, pero su dignidad no depende de su currículum, de su nómina ni de su capacidad para contribuir económicamente a la sociedad. Una persona no merece más respeto por tener un empleo estable ni menos por encontrarse en una situación de vulnerabilidad. Cuando exigimos a alguien que demuestre primero que es honrado, trabajador y solvente antes de concederle la confianza que ofrecemos espontáneamente a otros, quizá el problema no esté en esa persona, sino en los prejuicios desde los que hemos aprendido a mirarla.

La mirada que prejuzga tiene esa capacidad: construir una historia sobre alguien antes de conocerlo. Interpretamos su aspecto, su acento o su procedencia y creemos saber quién tenemos delante. Sin embargo, esa historia habla mucho más de nuestros propios esquemas mentales que de la persona observada. No siempre hacen falta un insulto o una manifestación explícita de rechazo para discriminar.

A veces basta una sospecha injustificada, una oportunidad que nunca llega a ofrecerse o una puerta que se cierra antes incluso de escuchar quién llama. Son gestos que, considerados de manera aislada, pueden parecer insignificantes, pero que, acumulados, terminan convirtiendo la vida cotidiana en un examen permanente en el que algunas personas sienten que deben justificar su presencia una y otra vez. Fueron ellas quienes insistieron en cómo este sesgo automático invisibiliza la inmensa diversidad existente dentro del colectivo migrante. Aunque reconocían que perfiles profesionales cualificados como el suyo son cada vez más frecuentes y visibles en los núcleos urbanos e industriales de Castilla-La Mancha, recordaron que buena parte de la realidad migratoria de nuestra región transcurre por otros cauces, igualmente indispensables, pero mucho menos reconocidos.

Muchas personas migrantes, especialmente mujeres, asumen el cuidado de nuestros niños y mayores y la atención del hogar en una comunidad marcada por el envejecimiento demográfico. Una labor insustituible que permite a miles de familias conciliar su vida laboral y personal. Asimismo, este colectivo sostiene sectores de enorme exigencia física, como la agricultura, la ganadería, la hostelería o la construcción, pilares de la economía regional cuya actividad contribuye a mantener el tejido productivo, dinamizar el consumo local y fijar población en nuestros municipios.

Necesitamos a quienes cuidan de nuestros mayores, atienden a nuestros hijos, trabajan nuestros campos y sostienen buena parte de los servicios de los que dependemos. Sin embargo, esa necesidad no siempre se traduce en reconocimiento, respeto o igualdad de oportunidades

Precisamente aquí es, a mi juicio, donde aparece una de las contradicciones más incómodas de nuestra sociedad. Necesitamos a quienes cuidan de nuestros mayores, atienden a nuestros hijos, trabajan nuestros campos y sostienen buena parte de los servicios de los que dependemos. Sin embargo, esa necesidad no siempre se traduce en reconocimiento, respeto o igualdad de oportunidades.

Podemos valorar el trabajo de una persona y, al mismo tiempo, desconfiar de ella cuando busca una vivienda, cuando intenta acceder a determinadas oportunidades o cuando su presencia deja de ser una contribución abstracta a la economía y se convierte en la de una vecina o un vecino con los mismos derechos y aspiraciones que cualquier otra persona. ¿Qué dice de nosotros una sociedad que acepta el trabajo de alguien, pero no siempre está dispuesta a reconocerlo como un igual?

Tal vez debamos preguntarnos si aceptamos mejor a las personas migrantes por lo que hacen por nosotros que por lo que son en sí mismas. Reconocer su aportación es necesario, pero no suficiente. La convivencia no puede construirse sobre una aceptación condicionada a la utilidad económica de las personas, como si su derecho a formar parte de la comunidad dependiera de cuánto producen, cuánto cotizan o cuánto contribuyen a nuestro bienestar. Una sociedad verdaderamente justa no solo reconoce el valor del trabajo ajeno: reconoce también la dignidad de quien lo realiza.

En una tierra como Castilla-La Mancha, donde el envejecimiento y la despoblación plantean importantes desafíos, la integración adquiere un significado que va mucho más allá del empleo. Integrarse también es poder alquilar una vivienda sin que el origen se convierta en un obstáculo, participar en la vida del pueblo, llevar a los hijos al colegio, establecer relaciones de vecindad y sentir que el lugar en el que uno vive puede llegar a ser su hogar. No basta con que las personas migrantes estén presentes en nuestros municipios: es necesario que puedan formar parte de ellos, construir vínculos y desarrollar un proyecto de vida con las mismas oportunidades que los demás. Porque vivir en un lugar y sentirse parte de él no siempre son la misma cosa, especialmente cuando las barreras no son visibles, pero condicionan las posibilidades de empezar de nuevo.

La integración requiere disposición por ambas partes: de quien llega, para conocer y participar en la sociedad que lo acoge, y de quienes ya estamos aquí, para abrir espacios de encuentro sin convertir las diferencias en fronteras

En nuestra charla, el idioma ocupó también un lugar central. Ambas hablaban un castellano impecable y señalaron cómo dominar la lengua desde el primer momento facilita una comunicación fluida, cercana y transparente. En una tierra tan vinculada a la historia y la difusión de nuestra lengua, compartir el idioma constituye una herramienta fundamental para desenvolverse con autonomía, acceder al mercado laboral en condiciones justas, defender los propios derechos y tejer redes de vecindad y afecto. Pero aprender una lengua no debería entenderse únicamente como una responsabilidad individual de quien llega, sino también como una oportunidad colectiva para encontrarse, comprenderse y convivir. Conocer el idioma facilita la integración, pero el respeto no puede depender del nivel de dominio que alguien tenga de él. La integración requiere disposición por ambas partes: de quien llega, para conocer y participar en la sociedad que lo acoge, y de quienes ya estamos aquí, para abrir espacios de encuentro sin convertir las diferencias en fronteras.

También las palabras que elegimos importan. Las etiquetas con las que nombramos a los demás, los comentarios que normalizamos y las ideas que repetimos sin contrastar pueden levantar barreras invisibles que terminan condicionando la convivencia. Por eso, combatir la discriminación exige algo más que condenar los comportamientos abiertamente racistas. Exige revisar nuestras reacciones espontáneas, cuestionar las ideas que damos por ciertas y distinguir entre los hechos y los bulos, entre las conductas individuales y las generalizaciones injustas sobre colectivos enteros.

No se trata de negar los problemas sociales ni de impedir el debate sobre las políticas públicas, sino de evitar que las preocupaciones legítimas se conviertan en prejuicios que atribuyen responsabilidades a personas por el simple hecho de compartir un origen. Podemos discrepar sobre las medidas que deben adoptarse, debatir sobre los recursos públicos o exigir soluciones a los problemas que afectan a nuestros municipios sin convertir a quienes vienen de fuera en responsables colectivos de aquello que nos preocupa.

Las historias vitales de quienes llegan a nuestra tierra no pueden quedar a merced de la suerte o de un gesto empático puntual en el ámbito privado. Es necesario articular políticas de acogida e integración que agilicen los trámites administrativos para la obtención de permisos de residencia y trabajo, evitando que la burocracia sumerja a las personas en la incertidumbre. Del mismo modo, agilizar los procesos de homologación de títulos para aprovechar el talento que llega y garantizar un acceso justo a la vivienda, sin discriminaciones, son medidas fundamentales para que cualquier persona pueda desarrollar su vida en Castilla-La Mancha con plena dignidad.

De poco sirve que una persona tenga formación, experiencia y voluntad de trabajar si encuentra obstáculos que le impiden ejercer su profesión o acceder a una vivienda en condiciones justas. La integración también se juega en esas dificultades cotidianas que, acumuladas, pueden marcar la diferencia entre echar raíces o vivir permanentemente con la sensación de estar de paso.

Las instituciones deben garantizar derechos y eliminar obstáculos; las empresas, ofrecer oportunidades en condiciones justas; y cada uno de nosotros, examinar la manera en que miramos y tratamos a quienes comparten nuestro entorno

Pero ninguna política pública, por necesaria que sea, puede sustituir por completo la responsabilidad que asumimos en nuestras relaciones cotidianas. Las instituciones deben garantizar derechos y eliminar obstáculos; las empresas, ofrecer oportunidades en condiciones justas; y cada uno de nosotros, examinar la manera en que miramos y tratamos a quienes comparten nuestro entorno. La empatía individual puede abrir una puerta, pero no basta para garantizar la igualdad. Esta no puede depender de la fortuna de encontrarse con alguien dispuesto a mirar sin prejuicios: debe ser una garantía, no una excepción.

Por eso sigo pensando en aquel encuentro y en el agradecimiento de aquellas dos mujeres. No porque crea que hice algo extraordinario, sino precisamente porque no hice nada que debiera considerarse extraordinario. Me limité a tratarlas con naturalidad, sin atribuirles una historia antes de conocerlas. Y que ese gesto les resultara digno de agradecimiento me obligó a detenerme ante una pregunta incómoda: ¿en qué momento hemos llegado a normalizar que alguien tenga que agradecer que no lo juzguen? No conozco todas las experiencias que han vivido ni puedo saber hasta qué punto aquel agradecimiento resumía situaciones anteriores, pero sí sé que aquella conversación me hizo mirar de otra manera algo que, hasta entonces, quizá había dado por sentado.

Espero que llegue el día en el que nadie sienta esa necesidad; en que buscar una vivienda, acceder a un empleo o iniciar una conversación no implique superar una sospecha previa. El día en que dejemos de exigir a determinadas personas que demuestren que merecen estar aquí, como si la dignidad fuera un privilegio que alguien pudiera conceder o retirar a voluntad. Porque una sociedad no se define únicamente por la manera en que trata a quienes conoce, a quienes se parecen a ella o a quienes considera parte de los suyos. También se define por la forma en que recibe a quien todavía es un desconocido. Y posiblemente el verdadero cambio comience cuando dejemos de felicitarnos por no prejuzgar y empecemos a comprender que nadie debería tener que agradecernos que lo tratemos como a una persona.

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