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Donde faltan libros, sobran consignas

Feria del Libro de Toledo, en 2022

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Hay momentos en los que una idea que parecía escrita para cualquier tiempo adquiere, de repente, una actualidad especial. Creo que este es uno de ellos. Llevamos años diciendo a nuestros jóvenes que tienen que leer, que leer es importante, que los libros son necesarios, pero quizá no nos detenemos lo suficiente en explicar por qué. Leer no es solamente una actividad académica, ni una obligación escolar, ni una forma de entretenerse cuando no hay nada mejor que hacer. Leer es una forma de libertad. Y precisamente ahora, cuando vivimos rodeados de mensajes inmediatos, titulares, vídeos que duran unos segundos, opiniones lanzadas como verdades y consignas que se repiten hasta parecer ciertas, necesitamos más que nunca esa libertad que nos permite detenernos, comprender, hacernos preguntas y decidir por nosotros mismos. 

Quien lee descubre otras ideas, otras experiencias y otras maneras de comprender el mundo; la lectura abre ventanas que nadie puede cerrar. Y cuando se conocen otras posibilidades, se puede elegir y cuando se elige, se toman las riendas de la propia vida. Por eso leer tiene mucho más que ver con la libertad de lo que a veces pensamos. Una persona que lee no tiene por qué estar de acuerdo con lo que encuentra en un libro, ni siquiera tiene por qué aceptar sus ideas, pero ha tenido la oportunidad de conocerlas, compararlas y discutirlas consigo misma. Y ahí comienza el pensamiento crítico. No consiste en desconfiar de todo ni en llevar la contraria por sistema, sino en no aceptar como verdad aquello que simplemente se repite muchas veces o aquello que confirma lo que ya queríamos creer.

Posiblemente por eso todo lo que está sucediendo estos días alrededor de las movilizaciones por el derecho a la vivienda resulta también una buena oportunidad para recordar la importancia de leer, contrastar y pensar. Las reivindicaciones han salido a las calles de Castilla-La Mancha y de muchas otras ciudades españolas. Detrás de esas concentraciones hay una realidad que merece ser escuchada: la dificultad de acceder a una vivienda, el precio de los alquileres, la falta de vivienda pública y los obstáculos que encuentran muchas familias y jóvenes para desarrollar un proyecto de vida con normalidad. Podemos estar de acuerdo o no con determinadas propuestas, discutir las soluciones e incluso discrepar de las actuaciones, pero ninguna de esas diferencias debería impedirnos mirar los hechos y hablar de ellos con rigor.

Y es precisamente ahí donde el pensamiento crítico se vuelve imprescindible. En torno a cualquier movilización aparecen imágenes, vídeos, titulares y mensajes que circulan a una velocidad enorme y que buscan provocar una reacción antes de que tengamos tiempo para comprobar qué estamos viendo. Algunas informaciones son ciertas, otras están manipuladas, otras están sacadas de contexto y otras, sencillamente, son falsas. Ocurre cuando se utiliza la desinformación para desacreditar protestas sociales legítimas, pero también cuando se difunden bulos o relatos simplificados para alimentar el descontento o desacreditarlo. Hemos visto afirmaciones sobre lo que sucedía en las calles que después han necesitado ser matizadas, imágenes utilizadas fuera de su contexto y contenidos difundidos para generar miedo o rechazo antes incluso de conocer los hechos. Y también hemos visto algo que debería hacernos reflexionar: que cuando una protesta nos gusta o coincide con nuestras ideas, tendemos a creer con facilidad aquello que la favorece, y cuando nos disgusta, hacemos exactamente lo contrario. Ahí es donde leer, comprobar y contrastar vuelve a ser una forma de libertad.

No hace falta ser neutral para defender el pensamiento crítico. Yo no lo soy. Tengo mis ideas, mis convicciones y mi manera de mirar la realidad, como las tiene cualquier persona. Pero precisamente por eso creo que no debemos pedir a nadie que piense como nosotros, sino que piense por sí mismo. La verdad no debería depender de quién sostiene una pancarta, de quién gobierna o de quién protesta. Si una información es falsa, lo será aunque nos beneficie a nosotros; y si un hecho es cierto, seguirá siéndolo aunque perjudique nuestras propias posiciones. Esa debería ser una regla sencilla, pero en tiempos de tanta polarización parece haberse convertido en algo extraordinariamente difícil. Compartir un vídeo que confirma lo que queremos creer requiere un segundo. Comprobarlo requiere detenerse, buscar, comparar y leer.

Por eso me preocupa especialmente que en una sociedad con más acceso a la información que nunca confundamos información con conocimiento. Tener miles de mensajes al alcance de la mano no significa comprender mejor lo que sucede. Podemos estar permanentemente informados y, al mismo tiempo, ser incapaces de distinguir un argumento de una consigna, un dato de una opinión o una noticia de un bulo. Y cuando dejamos de hacernos preguntas, cuando dejamos de contrastar, cuando aceptamos que otros decidan qué debemos pensar, quién tiene la culpa de nuestros problemas o contra quién debemos dirigir nuestra indignación, estamos renunciando a una parte esencial de nuestra libertad.

Por eso las bibliotecas públicas tienen una importancia que va mucho más allá de los libros que contienen. En nuestros pueblos y ciudades de Castilla-La Mancha, las bibliotecas son auténticos corazones culturales de las comunidades. Son lugares donde se encuentran generaciones distintas, donde una niña descubre por primera vez una historia que quizá le cambie la manera de mirar el mundo, donde una persona adulta puede aprender, investigar o simplemente encontrar un espacio de silencio, y donde la cultura puede estar al alcance de todos con independencia de la situación económica de cada uno. Son también lugares de memoria, de encuentro y de igualdad. Cuidarlas, dotarlas de recursos y defenderlas no es un lujo ni un gasto secundario. Es apostar por una ciudadanía más libre, más formada y con mayor capacidad para decidir.

Porque una sociedad que deja de leer no se queda solamente sin lectores. Pierde poco a poco la capacidad de hacerse preguntas, de recordar, de comparar y de imaginar otras posibilidades. Y cuando desaparece esa capacidad, resulta mucho más sencillo que alguien venga a manipularnos, a decirnos qué tenemos que pensar, qué tenemos que temer, a quién debemos admirar o contra quién debemos enfadarnos. No necesitamos que nadie nos prohíba pensar ni que piense por nosotros. Leer tampoco significa vivir de espaldas a la realidad. Al contrario. A veces necesitamos alejarnos durante unas páginas de lo que sucede a nuestro alrededor para poder regresar después y mirarlo con otros ojos. Un libro puede llevarnos a otro tiempo, a otro lugar, a otra vida, y precisamente por eso puede ayudarnos a comprender mejor la nuestra. Puede enseñarnos que existen otras formas de vivir, de pensar, de amar, de luchar o de equivocarse. Puede hacernos cambiar de opinión. Y cambiar de opinión después de haber pensado no es una debilidad: es una de las formas más honestas de inteligencia.

La cultura no nos hace superiores. Nos hace más libres. Y quizá ese debería ser uno de los motivos fundamentales para seguir insistiendo en que nuestros hijos, nuestros jóvenes y también nosotros mismos leamos. No para que todos pensemos igual, sino precisamente para que podamos pensar diferente con argumentos. No para aceptar lo que dice un libro, sino para aprender a hacernos preguntas. No para aislarnos de lo que ocurre en nuestras calles, sino para comprenderlo mejor y participar en ellas con criterio.

Porque al final, cuando alguien nos diga qué debemos pensar, qué debemos creer o contra quién debemos dirigir nuestro enfado, siempre tendremos una herramienta sencilla y poderosa: parar, leer, preguntar y contrastar y después decidir. Esa capacidad es demasiado importante como para dejarla en manos de quienes gritan más fuerte o de quienes consiguen que una mentira circule más rápido que una verdad.

Por eso sigo creyendo en una frase que resume, para mí, todo lo que significa leer: «Lee y conducirás tu vida. No leas y serás conducido, sin saber a dónde ni el porqué».

Lee. Pregunta. Contrasta. Piensa. Decide... ¡Y conduce tú tu vida!

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