Los límites de la deshumanización
Mari Carmen Abascal ha muerto y se ha convertido en un icono de la lucha por una vivienda digna. Sin embargo, en varios medios de comunicación y, principalmente, en las redes sociales, se ha intentado desacreditar su figura mezclando conceptos que nada tienen que ver con el fondo del problema. Dicen : Maricarmen era binguera, tenía mal carácter, le molestaban los ruidos. Estos son algunos de los detalles que se destacan de su vida para enturbiar el debate. Cuesta comprender cómo, ante un sufrimiento real, ante la angustia de la precariedad y el desamparo, haya gente que prefiera agarrarse a este tipo de anécdotas antes que mirar a la cara a la injusticia. ¿Cómo se puede ser tan insensible para anteponer las aficiones o el carácter de una persona a su derecho inalienable a vivir en unas condiciones dignas?
Hay un mecanismo muy humano, también muy peligroso, detrás de esta actitud: resulta mucho más fácil buscarle imperfecciones a la víctima que admitir la fragilidad del sistema que nos rodea. Si convencemos al público de que Mari Carmen era una persona 'difícil', nos ahorramos la empatía. Si juzgamos su forma de vida, tranquilizamos nuestra conciencia pensando que a nosotros nunca nos pasará algo parecido. Deshumanizar al otro es la vía rápida para no tener que indignarse, para no tener que mirar de frente una realidad que incomoda y para poder convencernos de que el sufrimiento ajeno siempre tiene alguna explicación que lo hace menos injusto.
Pero los hechos son los hechos; si una persona denuncia la falta de calefacción, la amenaza de un desahucio o la falta de servicios básicos, lo correcto es contrastar los datos y comprobar si tiene razón. Se puede investigar, se puede cuestionar una versión y se pueden exigir pruebas. Lo que no deberíamos hacer jamás es utilizar su vida privada para quitarle legitimidad. Porque una cosa es analizar los hechos y otra muy distinta es construir un personaje alrededor de una persona para que resulte menos digna de nuestra empatía.
Los derechos no son un concurso de simpatía: No hace falta ser agradable ni llevar una vida que la mayoría apruebe; no hace falta ser una persona perfecta. Los derechos son universales precisamente porque pertenecen también a quien no nos cae bien, a quien nos incomoda, a quien tiene un carácter difícil y a quien toma decisiones o mantiene costumbres que nosotros jamás elegiríamos para nuestra propia vida. Si los derechos dependieran de que la persona que los reclama nos pareciera suficientemente buena, simpática o respetable, entonces dejarían de ser derechos.
Cuando dejamos de preguntarnos si lo que una persona dice es cierto y empezamos a evaluar si es lo suficientemente 'digna' para ser escuchada, cruzamos una línea peligrosísima. Hoy es una mujer mayor a la que presentan como alguien antipático, con costumbres que algunos juzgan con condescendencia; mañana podemos ser cualquiera de nosotros. Porque nadie sabe cuándo puede encontrarse en una situación de vulnerabilidad, cuándo puede necesitar que otros defiendan sus derechos o cuándo puede convertirse, de repente, en esa persona a la que una parte de la sociedad considera demasiado incómoda, imperfecta o poco simpática como para merecer su solidaridad.
Esto interpela directamente al periodismo y a la conversación pública. Informar no es fabricar un personaje para amputar la empatía de los demás. Informar es contar la realidad, contrastar los hechos, analizar las causas y respetar la dignidad humana. Las costumbres, la edad, el carácter o el apellido de una persona no deberían convertirse en herramientas para desviar la atención de aquello que realmente importa. Cuando para restar importancia a una injusticia necesitamos resaltar que alguien jugaba al bingo, tenía mal genio o le molestaban los ruidos, deberíamos hacernos una pregunta incómoda: ¿estamos aportando información relevante o estamos preparando al lector para que acepte que esa persona merecía sufrir?
"Esto interpela directamente al periodismo y a la conversación pública. Informar no es fabricar un personaje para amputar la empatía de los demás. Informar es contar la realidad, contrastar los hechos, analizar las causas y respetar la dignidad humana"
La dignidad de un ser humano no puede depender de que nos guste su forma de vivir. Y sus derechos tampoco. Mari Carmen no debería tener que haber sido una mujer perfecta para que pudiéramos reconocer la injusticia de aquello que estaba viviendo. No debería haber necesitado nuestra aprobación, nuestra simpatía ni nuestra admiración para merecer unas condiciones de vida dignas. Y quizá eso sea precisamente lo que más deberíamos recordar ahora que ya no está: que detrás de cada caso hay una persona, con sus virtudes, sus defectos, sus manías, sus errores y su manera de vivir, pero también con una dignidad que nadie tiene derecho a quitarle.
Hay muchas Maricármenes. Muchas personas que, lejos de los focos y de los titulares, siguen luchando por una vivienda digna, por unos servicios básicos, por ser escuchadas y por no ser tratadas como si su vida tuviera menos valor que la de los demás. Y mientras existan esas personas, mientras haya quienes tengan que luchar por derechos que deberían estar garantizados, no podemos permitir que la deshumanización se convierta en una herramienta para mirar hacia otro lado. Hay que seguir hablando, señalando la injusticia y luchando hasta el final.
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