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Han matado a Maricarmen 

Protesta tras el fallecimiento de Maricarmen, frente al Congreso de los Diputados.
8 de octubre de 2026 00:07 h

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Maricarmen ha muerto después de haber sufrido tres intentos de desalojo y un desahucio. Hace dos semanas toda España vio cómo este país era capaz de expulsarla de su casa, pese a las peticiones de su abogada y de muchísima gente que acudió a las puertas de su vivienda para intentar evitar una injusticia.

El pasado 24 de junio estaba previsto el tercer intento de desahucio de Maricarmen. Días antes, la expulsión fue aplazada y consiguió una prórroga de dos meses. Sí, todo lo que las instituciones hicieron fue decirle a una mujer de 87 años que en septiembre tenía que irse. Imaginen su verano. Entre junio y septiembre la salud de Maricarmen se deterioró notablemente.

Durante esas semanas los gobiernos central, autonómico y municipal tuvieron tiempo para barajar opciones, buscar alternativas y encontrar un modo de que Maricarmen pudiera quedarse en la casa en la que vivió 71 años. No lo hicieron. No quisieron. Con su inacción y complicidad contribuyeron a este resultado.

He seguido muchos casos de hombres y mujeres desahuciados. Cuando a una persona mayor le arrancan del hogar donde ha pasado la mayor parte de su vida no solo le quitan una casa. La dejan sin protección, sin entorno, sin referencias. El barrio es la familia de mucha gente. Es nuestra red. Como bien decía esta semana una mujer que habló en la manifestación de Málaga: “No soporto que en mi barrio construyan infraviviendas y que quiten mis tiendas, la tienda del barrio que sabe que si Manuela no baja en tres días es porque le pasa algo, cojones”.

El negocio depredador de la vivienda arroja a la calle a gente trabajadora y machaca el tejido que conforma la base de este país, el que nos hace sociables, mediterráneos, comunitarios; el que cuida a las abuelas que viven solas, el que mantiene cerca a las vecinas, el que echa un vistazo a los críos en las plazas, el que nos fía la compra cuando no llevamos dinero y el que se activa cuando Manolita no ha pasado por la tienda en tres días.

No somos seres individuales encapsulados: vivimos en comunidad y lo que les pasa a nuestras vecinas nos afecta y nos condiciona. Necesitamos a los otros para vivir, para sentirnos seguras, para no hablar solo con las paredes o con la tele. A Maricarmen le arrebataron su casa, su barrio, su entorno seguro.

La pena, el desamparo, el miedo o el desconcierto pueden terminar de matar a un ser humano. No es la primera vez que la salud de una persona mayor empeora rápidamente tras sufrir un desahucio. Lo saben bien las activistas de las asambleas y los sindicatos por el derecho a la vivienda, que llevan muchos años sosteniendo la red para agarrar a las Maricármenes cuando este sistema despiadado las arroja al vacío. “Te tenemos, Maricarmen, te sujetamos, no estás sola. No te vas a caer, porque no estás sola”.

La violencia de un desahucio es estremecedora. El colonialismo segregador del ladrillo utiliza la vivienda como si fuera un activo financiero en vez de un derecho, agrietando nuestro entorno y nuestro vecindario. Cada vez más espacios son de repente extraños, porque ya no funcionan como parte de la comunidad, sino contra ella. Los de siempre estorban. Los especuladores quieren nuestras viviendas, nuestros edificios y nuestros barrios, porque podrían convertirse en más metros para su negocio.

Si no existiéramos, los fondos y los grandes tenedores podrían conseguir aún más millones de euros. Si Maricarmen no hubiera estado allí, sus desahuciadores podrían haber hecho negocio antes. El turbocapitalismo devora barrios y familias. Lo engulle todo.

Necesitamos un planeta para respirar, una vivienda para vivir y una comunidad para ser. Pero hay una deshumanización normalizada y promocionada en prime time, para que algunos que jamás podrán disponer de cinco casas piensen y voten como si tuvieran cien.

Maricarmen no ha muerto en su casa, como debería haber sido, sino en una cama de hospital, adonde la llevaron en camilla cuando la echaron de su vivienda. Quiso luchar por sus derechos y por los de todos. “Luchad, seguid luchando por lo que es vuestro”, dijo el día de su desahucio. Sin lucha podemos sobrevivir y existir (no siempre), pero no ser. No somos seres plenos si aceptamos la negación de nuestros derechos.

Si miles de personas han tomado las calles dispuestas a combatir esta violencia institucional ha sido en parte gracias a Maricarmen. “Ella ha sido y será símbolo y ejemplo para seguir organizándonos”, han escrito desde la acampada de la Puerta del Sol de Madrid. “Con cada burofax de expulsión, con cada subida de alquiler, se llevan por delante nuestra salud y nuestra vida”, han señalado desde el Sindicato de Inquilinas. 

Maricarmen será recordada en las manifestaciones por el derecho a la vivienda, en la huelga del próximo 11 de noviembre y en cada desahucio parado. Te tenemos, Maricarmen, no estás sola. Nos tienes, Maricarmen, en esta digna movilización por un mundo más justo, más humano, menos despiadado.

Puede que dentro de muchos años alguien lea esta noticia y se estremezca pensando en la crueldad del mundo de entonces, que es el nuestro de hoy: Una mujer de 87 años del distrito Retiro de Madrid ha muerto días después de ser expulsada de la casa en la que vivió 71 años de su vida. 

A Maricarmen la han terminado de matar el rentismo, la violencia institucional, la hipocresía y la inacción de todos aquellos que pudieron evitar su desahucio, pero miraron hacia otro lado. Vamos de la mano contigo, Maricarmen. Tú nos llevas. Por ti, por nuestros hijos, por nosotras, por nuestros barrios, por nuestra tribu, por nuestra sociedad. Por nuestro futuro. 

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