Manual para que la izquierda no se ponga de acuerdo
Cuando abandoné la primera línea de la política, hace ahora tres años, me propusieron escribir un libro en el que describiera mi experiencia durante lo que había sido una de las décadas políticas más intensas en España. En mi caso, desde las movilizaciones del 15-M hasta el gobierno de España. Muchos compañeros míos que me habían precedido en la salida, e incluso todavía muchos que están en activo, se habían adentrado en esta literatura política con un producto parecido. Sin embargo, en la mayoría de los casos se trataba no solo de una narración personal de lo acontecido, con sus legítimos sesgos y puntos de vista particulares, sino también un descarnado ajuste de cuentas. Y esa perspectiva a mí me disgusta porque considero que ni al país, ni a la izquierda ni a la clase trabajadora serviría de algo un conocimiento más preciso de lo que comúnmente se llaman “trapos sucios”. Por esa razón decliné tal proyecto.
Viene esto al caso de que creo que entiendo por qué a la izquierda le está costando tanto ponerse de acuerdo en un momento tan crucial como este. En teoría, la cosa no debería ser tan complicada. La mayoría de los partidos que forman la izquierda comparten el 90% del programa político, de modo que si, como decía Julio Anguita, nos atenemos a tal criterio, el acuerdo debería ser relativamente fácil. Y si esto en la práctica no es así es porque intervienen otros factores; factores que hacen mucho más complejo lo aparentemente fácil.
El principal factor de distorsión, aunque parezca una perogrullada, es que la política la hacen las personas. Y todas las personas somos presas tanto de nuestras virtudes como de nuestros vicios, donde encontramos necesidades como las de reconocimiento, identidad y respeto, sustento material, relaciones sociales… En suma, los seres humanos somos unos bichos complicados. E incluso cuando nos juntamos como gente que, como nosotros, quiere cambiar el mundo, e incluso cuando compartimos casi toda la cosmovisión y los planes de futuro, de un modo u otro al final acaban emergiendo diferencias aparentemente insalvables.
El mundo de la política que yo he experimentado está lleno de episodios que, en rigor, son completamente absurdos. Personas que, de tan afines ideológicamente acaban siendo parejas y formando familias para, al paso del tiempo, separarse y discrepar políticamente hasta en el color de las puertas. Personas que, con una asertividad envidiable dicen una cosa hoy que mañana se convierte en la contraria; y pasado mañana, si eso, se vuelve a cambiar. Personas que se posicionan después de que el debate haya terminado, siempre bajo la pregunta “¿quiénes hemos ganado?”. Personas que en principio fueron amigos amén de compañeros, pero que en ciertos devenires se convierten en las personas que niegan hasta haberte saludado en alguna ocasión. En fin, situaciones de divergencias políticas que podrían caber bajo las etiquetas de cinismo e hipocresía, pero que en el fondo expresan algo más profundo: inercias sociales de seres humanos complejos.
La política realmente existente es una trituradora de personas, así que tampoco es de extrañar que gente con conocimiento de cómo es la cuestión se niegue a asumir nuevas responsabilidades. Otros son más valientes, o inconscientes, y asumen retos imposibles aun sabiendo que hay costes elevados. Nunca fue fácil, y en otro tiempo hacer política implicaba cosas bastante más graves como la tortura o el asesinato, pero no podemos negar que los últimos quince años han sido una centrifugadora de seres humanos. Tan rápido como la política se convirtió en un atractivo y una esperanza para decenas de miles de personas, y atrajo a la primera línea a muchas de las mejores mentes de este país, pronto se convirtió también en una máquina de moler humanos que fue malogrando y expulsando a toda esa materia prima y su frescura original.
Cuando entré en política institucional en el año 2011, y como persona educada en la tradición republicana y socialista, tenía una gran desconfianza en los liderazgos; “ni en dioses, reyes ni tribunos está el supremo salvador” dice uno de los textos más influyentes de la historia política. Pero, a la hora de la verdad, me temo que se necesita que alguien ponga algo de cordura, serenidad y calma en el caótico mundo de los humanos de carne y hueso. Alguien que, quizás por su carisma o por su inteligencia, sepa separar el grano de la paja y centrar el foco en lo realmente importante. Alguien que tenga la inteligencia emocional y política suficiente para abstraerse de las miserias humanas al tiempo que promueve sus virtudes. Esa es para mí la función principal de un líder; y la izquierda tiene la suerte de contar con muchos perfiles que reúnen esas características. El problema es que casi nadie quiere desperdiciar tiempo de su vida en una tarea tan tóxica e ingrata.
Se señala a menudo que los dirigentes y los partidos tienen la culpa de todo esto. Pero reconozcamos que el problema no está solamente en los dirigentes. Está también en nosotros, porque todos participamos, de una manera u otra, en los incentivos que hacen invivible el ambiente. Con nuestras miserias no dejamos que crezca la hierba. Desde los comentarios en estos artículos hasta los que se suceden en las redes sociales, completamente vampirizadas por el odio y la brutalidad, el ambiente tóxico empieza desde abajo. Yo, como cualquier otro dirigente, llegué a ser candidato siendo odiado ya por una parte considerable del electorado e incluso de mi propia gente, aunque todavía no había ni abierto la boca. Y todavía no existían las redes sociales en su configuración actual, es decir, como altavoces de las pasiones más oscuras. Y si eso pasa sólo por llegar, no hace falta profundizar en lo que ocurre cuando, como todos los seres humanos, nos equivocamos. Sea como sea, en la izquierda, y quizás igual que en otros sitios, nos despedazamos primero y luego, si acaso, reflexionamos sobre los motivos.
En estos días en los que circulan muchos rumores sobre cómo articular una candidatura del Frente Amplio, no es fácil encontrar a alguien con una idea genial pero sí es sencillísimo encontrar a miles de personas con críticas destructivas ante cualquier posibilidad: ese o esa sería el peor candidato del mundo y no votaré si tal cosa se aprueba; aquel dijo tal cosa hace cien años y para mí eso es una línea roja; ese otro es aún peor porque es un pusilánime o, peor, un traidor porque no insultó lo suficiente a los malos; pero este de aquí es casi peor, porque no es de mi partido; etc.
No solo reciben los que están en activo y dando la cara. Mi último “flame” en redes sociales —léase: linchamiento público— ha llegado por parte de militantes y dirigentes de Adelante Andalucía, a los que no les gustó que yo recordara que la ley electoral penaliza la fragmentación. Aunque yo haya sido compañero suyo hasta hace unos años, y hayamos participado juntas en muchas campañas y además nunca haya tenido mala palabra para ellas, no importa: la reacción en contra ha sido tan pasional como desproporcionada. Como la que cualquiera tendría con un enemigo a batir. Quizás incluso más.
Sería estúpido pensar que todo esto es solo psicología primaria. La izquierda quiere transformar las estructuras sociales, pero a menudo se niega a reconocer que sus propias organizaciones están atravesadas por las mismas relaciones de poder, incentivos materiales e identidades que pretende transformar. Por ejemplo, las personas tenemos que llegar a fin de mes, y aunque parezca mentira también las de izquierdas, y las afinidades ideológicas están entrelazadas a nuestra fuente de sustento. Si mi partido ha dicho que está lloviendo, y aunque yo vea por la ventana un cielo completamente despejado, quizás es inconveniente reconocer tal contradicción y, por mi bien, sea más oportuno sobreactuar y asegurar que, de hecho, está a punto de llegar la tormenta. Nosotros llamábamos “semáforos” a esas personas que se ponen en “ámbar” cuando todavía no se sabe quién gana —donde eso significa elegir a quién podrá seguir teniendo ingresos—, y que tienen el olfato político tan desarrollado que cuando se ponen en verde —apoyando a alguien o algo—, ya sabes que no hay mejor encuesta que esa. Eso lleva a la continuidad de perfiles y a la reproducción de prácticas que distorsionan cualquier debate honesto. Y otro día, si se tercia, hablamos de los incentivos que tiene la gente de dentro que, por lo demás, ha consumido sus biografías en una actividad socialmente penalizada —porque en tu currículum pone que eres el siguiente sujeto subversivo de la empresa—, para salir de la política y, qué capricho, seguir teniendo ingresos.
Las conexiones materiales no son las únicas que se establecen entre los partidos y sus dirigentes o militantes. También está la conexión emocional o simbólica, que como toda identidad despierta tanta pasión —o más— que la confraternización de pareja. Se puede entender que el militante de toda la vida, que ha dedicado décadas de su tiempo a una causa encarnada en un logo o sigla, tenga un afecto más allá de lo racional con su partido y sus símbolos. Pero también vemos lo mismo en gente que acaba de llegar al partido o en partidos que todavía están en la cuna. El patriotismo de partido no exige demasiado tiempo para asentarse, pero introduce dinámicas que nada tienen que ver con la racionalidad pulcra del programa del que hablaba Julio Anguita. Tienen más que ver, obvio, con la pulsión irracional que despierta todo nacionalismo, aunque esté disfrazado bajo la retórica de partido. Y, sobra decir, todo esto es un obstáculo de primer orden cuando se trata de poner de acuerdo a gentes diferentes, que traen de casa identidades, vivencias y relaciones muy distintas.
Sea como sea, incluso si todo lo anterior estuviera abordado y resuelto, y estamos realmente lejos de eso, todavía quedaría el debate sustantivo: qué hacer cuando tus cartas son tan escasas y los bárbaros están a las puertas. Yo he llegado a una conclusión práctica después de tanto tiempo: lo que decida Frente Amplio será lo que yo apoye. Mis comentarios del mundo insider me los seguiré guardando, y contribuiré humildemente a apoyar a esa gente que está ahí, que es la que ha sido lo suficientemente valiente como para dar la cara por todas nosotras en un tiempo tan difícil. Eso es mucho más importante para el país que leer o escuchar al militante de izquierdas que todo lo sabe y que, sobre todo, tiene una idea mágica y un problema para cada solución.
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